Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:
Marzo 2026
Jueves, 09 Abril 2026 12:00

Aliento diario, jueves 9 de abril

Aliento diario, jueves 9 de abril
Los factores decisivos para la felicidad son la fortaleza espiritual para nunca dejarse vencer, la sabiduría para crear valor y la capacidad de cultivar un vasto mundo interior, pleno de alegría y esperanza.

Joyas del Corazón, jueves 9 de abril
No hay nada más valioso para el ser humano que la confianza; es, en sí misma, la mayor de las fortunas. Aquél que no es confiable termina en la más miserable soledad.
Publicado en Soka Gakkai
Fincan culpabilidad a tres trabajadores por accidente del Tren Interoceánico: Por el descarrilamiento del tren en el Corredor Interoceánico, a finales de diciembre pasado, la Fiscalía General de la República acreditó la culpabilidad del maquinista, el conductor y el jefe de despacho por los delitos de homicidio y lesiones culposas, en el accidente donde fallecieron 14 personas
Publicado en Estados
El riesgo de gobernar mediante narrativa es que la realidad termina imponiéndose. En salud pública, las expectativas incumplidas tienen consecuencias profundas
Publicado en Notas principales
Ya son menos de 70 los casos por día de sarampión: Reportes epidemiológicos confirman que actualmente ya son menos de 70 casos diarios de sarampión en el país, cuando en febrero se llegaron a contabilizar 220 infectados al día, informó la Secretaría de Salud
Publicado en Estados
Miércoles, 08 Abril 2026 12:30

Aliento diario, miércoles 8 de abril

Aliento diario, miércoles 8 de abril
Los tiempos venideros dependen, por entero, de lo que puedan lograr los jóvenes. Por eso es tan importante que se levanten como protagonistas del futuro y asuman intrépidamente los desafíos que los aguardan. Para ello, es preciso abrir, con audacia y orgullo, el grandioso camino de la creación de valor.

Joyas del Corazón, miércoles 8 de abril 
¿ Hemos de vivir según convicciones sólidamente enraizadas o pendientes del qué dirán ?... El criterio para regir nuestra existencia se encuentra en nosotros mismos, en nuestro corazón
Publicado en Soka Gakkai
La secretaria de Turismo de Sinaloa, Mireya Sosa Osuna, señala que este logro es resultado del trabajo coordinado
Publicado en Turismo
El problema no es que la ministra tenga convicciones políticas —todos los ministros las tienen— sino que esas convicciones parezcan operar como filtro previo a cualquier análisis jurídico
Publicado en Notas principales
La gobernadora Mara Lezama Espinosa encabezó la apertura del Museo Maqueta de Payo Obispo
Publicado en Notas principales
En esta primera semana de vacaciones nuestro estado registró una alta afluencia de turistas y visitantes en todas las regiones
Publicado en Notas principales

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.