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Desde San Lázaro. La ministra del pueblo o de sus prejuicios. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

08 Abr 2026
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Desde San Lázaro. La ministra del pueblo o de sus prejuicios. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/LeniaBatres

En la Suprema Corte de Justicia de la Nación debe imperar una regla básica: primero se estudia el expediente y después se toma una decisión. Pero en el caso de la autodenominada “ministra del pueblo”, Lenia Batres Guadarrama, todo indica que el orden se ha invertido: la decisión parece tomada desde antes, y el expediente apenas se vuelve un trámite.

A dos años de su llegada al máximo tribunal constitucional, el balance comienza a ser inquietante no por razones ideológicas —la Corte siempre ha convivido con distintas corrientes de pensamiento— sino por la evidencia de un comportamiento sistemático que desafía el principio elemental de imparcialidad judicial.

Los números no mienten. En este periodo ha participado en 1,165 asuntos como ponente y en 3,689 expedientes sometidos a votación. Una presencia constante, sí, pero acompañada de un dato que resulta imposible ignorar: no existe registro alguno de que haya votado a favor de una empresa privada en litigios frente al Estado.

Ni uno.

No se trata de una exageración retórica ni de una percepción política. Es un patrón verificable. Y cuando en miles de resoluciones no aparece una sola excepción, deja de hablarse de criterio jurídico para entrar en el terreno del prejuicio.

Porque la justicia constitucional no funciona por simpatías. Un ministro no puede asumir que el Estado siempre tiene razón y que la iniciativa privada, por definición, está equivocada. Esa lógica no pertenece al derecho; pertenece a una visión ideológica per se.

El problema no es que la ministra tenga convicciones políticas —todos los ministros las tienen— sino que esas convicciones parezcan operar como filtro previo a cualquier análisis jurídico. La Constitución deja entonces de ser el parámetro y se convierte en argumento accesorio.

Más grave aún es que esta postura no se limite al ámbito jurisdiccional. En intervenciones públicas y posicionamientos difundidos abiertamente, la ministra ha sostenido que los amparos no deberían concederse cuando impliquen afectaciones al erario. Dicho en términos simples: si defender un derecho cuesta dinero al gobierno, mejor negar el derecho.

Esa afirmación no solo es jurídicamente endeble; contradice la razón misma por la cual existe el juicio de amparo desde el siglo XIX: proteger a los gobernados frente a los abusos del poder público, incluso cuando hacerlo incomode al gobierno en turno.

Bajo esa lógica, ningún acto ilegal del Estado debería corregirse si su rectificación impacta las finanzas públicas. El constitucionalismo mexicano quedaría reducido a una contabilidad política.

La Corte es un reflejo de la polarización nacional. La llegada de perfiles abiertamente alineados con el discurso oficial ha transformado el debate jurídico en una extensión del debate ideológico. Y Lenia Batres se ha convertido en el ejemplo más visible de esa transición.

Su papel parece menos el de una árbitra constitucional y más el de una activista con toga.

El problema es estructural. Cuando un integrante del máximo tribunal adopta una posición sistemáticamente adversa contra un tipo específico de justiciable, envía un mensaje devastador: el resultado del juicio depende de quién eres, no de lo que dice la ley.

Eso destruye la certeza jurídica.

Y sin certeza jurídica no hay inversión, sin inversión no hay empleo y sin empleo no hay política social que alcance. Paradójicamente, la visión que pretende defender al Estado termina debilitando sus propias bases económicas.

La Corte no fue diseñada para corregir desigualdades mediante preferencias ideológicas, sino para garantizar reglas iguales para todos. El ministro constitucional no es representante popular, ni líder social, ni vocero político. Es juez. Y ser juez implica algo elemental: la capacidad de fallar incluso contra aquello en lo que personalmente se cree.

Ahí radica la duda central que hoy rodea a la ministra Batres: si en miles de casos nunca ha encontrado razón jurídica del lado empresarial, ¿estamos ante una coincidencia extraordinaria o ante una convicción previa que vuelve irrelevante cualquier argumento contrario?

Porque cuando un juez nunca duda, el problema no es la claridad moral; es la ausencia de imparcialidad.

A dos años de distancia, la llamada “ministra del pueblo” enfrenta una paradoja inevitable: en su intento por representar una causa política dentro de la Corte, corre el riesgo de erosionar la institución que juró defender.

Y una Corte debilitada no afecta a las empresas, ni a la oposición, ni siquiera a un gobierno específico.

Afecta al Estado de derecho, afecta al país y por supuesto también, a los sectores sociales más desprotegidos.

Porque la justicia constitucional deja de existir en el momento en que los fallos ya estaban decididos antes de abrir el expediente.

CONTINUARÁ

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.