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Desde San Lázaro. Sheinbaum; el árbitro de la verdad. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

30 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Sheinbaum; el árbitro de la verdad. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/claudiashein

Toda tentación autoritaria comienza con un argumento aparentemente noble.

En nombre de la seguridad se restringen libertades; en nombre del orden se fortalecen los controles del Estado; en nombre del combate a la desinformación se pretende regular la libertad de expresión.

Eso es exactamente lo que hoy comienza a discutirse en México bajo el concepto de la protección de los derechos de las audiencias.

En principio nadie podría oponerse a que los ciudadanos reciban información de calidad o que los medios actúen con responsabilidad profesional. El problema aparece cuando el Estado deja de ser garante de derechos para convertirse en juez de los contenidos periodísticos.

Ese es el verdadero riesgo.

La consulta pública sobre los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias abre un debate que rebasa por mucho a la radio y la televisión. El anteproyecto establece nuevas obligaciones para los concesionarios, crea procedimientos administrativos de queja y otorga a la Comisión Reguladora de Telecomunicaciones la facultad de imponer sanciones cuando considere que un medio incumple con esos derechos.

Sin embargo, la preocupación surge cuando aparecen conceptos cuya interpretación depende inevitablemente del criterio de la autoridad. ¿Qué debe entenderse por "información veraz"? ¿Quién determina cuándo una información está "descontextualizada"? ¿Qué autoridad decidirá cuándo un hecho histórico fue presentado incorrectamente como un acontecimiento actual?

La respuesta no puede ser un funcionario.

En una democracia, la verdad no se decreta desde una oficina pública.

La verdad se construye mediante el contraste de fuentes, el debate público, la investigación periodística, el derecho de réplica y la autoregulación de los mismos medios de comunicación. Precisamente ahí reside la esencia de la libertad de expresión.

La historia enseña que la censura rara vez aparece de manera frontal.

Generalmente comienza con medidas razonables, bien intencionadas y socialmente aceptables. Primero se regulan algunos contenidos. Después se amplían las facultades del regulador. Más adelante llegan las sanciones económicas y finalmente aparece el incentivo más peligroso para cualquier periodista o empresa informativa: la censura.

Más preocupante aún resulta que la propia presidenta Claudia Sheinbaum haya planteado la posibilidad de que una regulación semejante pueda discutirse más adelante para la prensa escrita y las plataformas digitales. Aunque aclaró que actualmente esa posibilidad no forma parte del proyecto, el solo hecho de colocar el tema sobre la mesa anticipa un debate que merece toda la atención de la sociedad mexicana.

El problema trasciende el ámbito jurídico.

Tiene profundas implicaciones políticas y transgresión de los derechos humanos como la libertad de expresión.

Durante los últimos años, desde el poder se ha construido una narrativa según la cual buena parte de la prensa crítica representa intereses económicos o políticos adversos al gobierno. En las conferencias matutinas se descalifica sistemáticamente a periodistas, analistas y medios de comunicación que cuestionan las decisiones oficiales. En ese contexto, cualquier ampliación de las facultades regulatorias inevitablemente genera sospechas.

Estamos ante la posibilidad que la mañanera tenga dientes para sancionar a los medios y periodistas incomodos con argumentos falaces y con toda la carga del Estado, en donde la misma presidenta de la República se encargar de llevar a la hoguera de la inquisición a los que piensan diferente a ella.

Se vislumbra un régimen autoritario y no una democracia.

Las democracias dependen de los límites constitucionales al ejercicio del poder.

Lo que pretende la 4T es entregar al Estado la facultad de decidir qué información puede difundirse y cuál merece una sanción.

La mejor respuesta frente a la desinformación nunca será la censura.

Será más periodismo, más transparencia, mayor competencia entre medios, más alfabetización digital y ciudadanos capaces de formar su propio juicio. Esa sigue siendo la defensa más eficaz de los derechos de las audiencias.

Porque la libertad de expresión no existe para proteger los discursos cómodos.

Existe precisamente para garantizar que las opiniones incómodas, críticas e incluso equivocadas puedan circular sin miedo a represalias del poder.

Cuando el Estado comienza a decidir qué puede decirse y qué no, la discusión deja de ser sobre los derechos de las audiencias.

Empieza a ser sobre los derechos del gobierno.

Y esa diferencia es la que separa a una democracia de un régimen donde el poder pretende convertirse en el árbitro de la verdad.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.