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Desde San Lázaro. Nada ni nadie contra la libertad de expresión. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

31 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Nada ni nadie contra la libertad de expresión. Por: Alejo Sánchez Cano https://x.com/claudiashein

Los gobiernos con vocación hegemónica tienen un rasgo en común: tarde o temprano intentan controlar el flujo de la información. No importa si el argumento es combatir las noticias falsas, proteger a las audiencias o garantizar una comunicación responsable. El objetivo termina siendo el mismo: ampliar la capacidad del Estado para influir en lo que la sociedad puede escuchar, leer o ver.

México parece transitar por esa ruta.

El gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha abierto la consulta pública sobre los nuevos Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias, un documento que, en apariencia, busca fortalecer los derechos de quienes consumen contenidos en radio y televisión. El propósito luce legítimo. Nadie puede oponerse a que los ciudadanos reciban información de calidad, que exista una clara separación entre noticias y opiniones o que se protejan los derechos de niñas, niños y adolescentes.

Lo que subyace en estos lineamientos es un enorme deseo de revancha, de resentimiento contra los medios críticos y la imposición, al precio que sea, de la verdad de la Santa Inquisición de la 4T al resto de la población.

El problema no está en el objetivo.

El problema aparece cuando el Estado se reserva la facultad de decidir qué información es "veraz", cuándo un contenido está "descontextualizado" o cuándo un medio incumple con sus obligaciones editoriales.

Ahí comienza el riesgo para la libertad de expresión.

El anteproyecto crea procedimientos de queja y faculta a la autoridad reguladora para imponer sanciones a los concesionarios. En una democracia consolidada, ese tipo de conceptos deberían interpretarse con enorme cautela, porque la verdad periodística no puede depender del criterio de un funcionario.

La libertad de expresión existe precisamente para proteger los discursos incómodos, las investigaciones críticas y las opiniones que incomodan al poder.

La historia demuestra que la censura rara vez aparece de manera frontal.

Generalmente comienza con normas bien intencionadas, con regulaciones aparentemente técnicas y con argumentos políticamente correctos. Después llegan las sanciones administrativas, los procedimientos burocráticos y, finalmente, la censura y la represión.

No hace falta cerrar una estación de radio o un periódico para limitar la libertad de expresión. 

Basta con generar un ambiente donde resulte demasiado costoso publicar determinada información.

Lo que resulta particularmente inquietante es que la propia Presidenta haya planteado la posibilidad de discutir, más adelante, si una regulación semejante podría extenderse a la prensa escrita y a las plataformas digitales. Hoy no forman parte del proyecto, se dice oficialmente, pero la puerta quedó abierta.

Y cuando el Estado abre una puerta para regular contenidos, la experiencia internacional demuestra que rara vez vuelve a cerrarla.

Por ello, la consulta pública que concluirá el próximo 21 de agosto adquiere una relevancia especial. Formalmente se trata de un ejercicio de participación ciudadana para recibir observaciones y propuestas. La gran incógnita será si las opiniones de especialistas, periodistas, concesionarios, académicos y organizaciones civiles realmente modificarán el contenido de los lineamientos o si el documento terminará aprobándose prácticamente en los mismos términos en que fue presentado.

Esa será la verdadera prueba de la apertura gubernamental.

Porque una consulta pública sólo fortalece la democracia cuando las aportaciones de la sociedad tienen capacidad real para influir en la decisión final. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una simulación para tontos.

No deja de llamar la atención que este debate surja en un contexto de creciente confrontación entre el poder y diversos medios de comunicación. Durante los últimos años, periodistas, analistas y empresas informativas han sido objeto de constantes descalificaciones desde el poder político. En ese ambiente, cualquier intento por ampliar las facultades regulatorias del Estado inevitablemente despierta sospechas.

Los regímenes autoritarios de América Latina -me estas oyendo Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro-  ofrecieron suficientes lecciones sobre los riesgos de concentrar el control de la información en manos del Estado. Cada país tiene su propia historia y su propio contexto, pero todos comparten una enseñanza: cuando el poder político comienza a decidir qué puede decirse y qué no, la libertad empieza a retroceder.

Al oficialismo quizá se le olvide una verdad elemental. El poder es transitorio.

Ningún gobierno es permanente, ninguna mayoría legislativa es eterna y ninguna administración conserva indefinidamente el respaldo popular.

Por eso las instituciones democráticas deben construirse pensando en el pueblo de hoy y del mañana y por supuesto, en el juicio de la historia.

Y será la historia, no los funcionarios en turno, la que termine juzgando si estos lineamientos fortalecieron los derechos de las audiencias o abrieron la puerta a una nueva etapa de control sobre la libertad de expresión.

Nada ni nadie que atente contra la libertad de expresión.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.