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Desde San Lázaro. Blindar la democracia. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

28 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Blindar la democracia. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/INEMexico

A once meses de las elecciones intermedias de 2027, el tema de la seguridad de quienes aspiran a un cargo de elección popular debería ocupar el primer lugar de la agenda nacional. Sin embargo, el gobierno federal y los partidos políticos parecen más concentrados en la disputa por las candidaturas que en impedir que el crimen organizado vuelva a meter las manos en los comicios.

La experiencia reciente demuestra que el riesgo es real. Durante el proceso electoral de 2024, considerado uno de los más violentos de la historia contemporánea del país, al menos 34 aspirantes o candidatos fueron asesinados en plena contienda, mientras decenas más sufrieron atentados, amenazas o secuestros. La violencia se concentró principalmente en las elecciones municipales, el nivel de gobierno más vulnerable a la infiltración criminal.

No se trata únicamente de proteger la integridad física de los candidatos. Está en juego la libertad del voto y la capacidad del Estado para impedir que organizaciones criminales capturen gobiernos municipales, congresos locales e incluso gubernaturas.

Los grupos delincuenciales han comprendido que resulta mucho más rentable influir en una elección que enfrentar permanentemente al Estado. Un alcalde, un diputado local o un gobernador sometido a sus intereses le garantiza acceso a información privilegiada, protección institucional, contratos públicos, control de policías municipales y libertad para operar sus negocios ilícitos.

Por eso la violencia política dejó de ser un fenómeno aislado para convertirse en una estrategia de control territorial.

Las cifras continúan siendo alarmantes. Tan sólo durante el actual sexenio han sido asesinados 14 presidentes municipales, mientras especialistas advierten que la violencia contra autoridades locales podría recrudecerse conforme se acerquen las elecciones de 2027. En los comicios de 2024 fueron asesinados 34 aspirantes a alcaldías, evidencia de que el ámbito municipal sigue siendo el principal objetivo del crimen organizado.

El problema no se resuelve únicamente asignando escoltas a unos cuantos candidatos durante las campañas. Se requiere una estrategia integral que involucre al gobierno federal, las entidades federativas, el INE, los organismos electorales locales, la Fiscalía General de la República, las fiscalías estatales y, desde luego, a los propios partidos políticos.

Resulta indispensable establecer protocolos nacionales de protección para aspirantes, candidatos y funcionarios municipales en zonas de alto riesgo; fortalecer los mecanismos de inteligencia para detectar financiamiento ilícito en campañas; auditar con mayor rigor el origen de los recursos utilizados por los partidos y, sobre todo, impedir que personajes vinculados con organizaciones criminales puedan competir por cargos públicos.

La prevención debe comenzar desde el registro de las candidaturas y no cuando ya ocurrieron los atentados.

Otro aspecto igualmente delicado consiste en revisar los mecanismos mediante los cuales los partidos seleccionan a sus candidatos. En numerosas regiones del país, las decisiones ya no dependen exclusivamente de las dirigencias partidistas o de los electores, sino de los intereses de grupos criminales que buscan colocar perfiles afines a sus actividades.

Cuando eso ocurre, la democracia deja de decidir quién gobierna y son las organizaciones delincuenciales las que terminan definiendo el rumbo político de comunidades enteras.

El caso de Sinaloa representa una advertencia que no puede ignorarse. Las acusaciones, investigaciones y testimonios que han rodeado al exgobernador Rubén Rocha Moya colocaron nuevamente sobre la mesa el debate acerca de la posible infiltración del crimen organizado en las estructuras del poder político. Independientemente de las responsabilidades legales que correspondan determinar a las autoridades competentes, el daño institucional ya está hecho: la sola sospecha erosiona la confianza ciudadana y debilita la legitimidad de las instituciones.

La violencia político-criminal no distingue colores partidistas. Morena, PAN, PRI, Movimiento Ciudadano, PVEM y partidos locales han perdido candidatos, alcaldes, dirigentes y militantes víctimas de atentados. Precisamente por ello, este no debería ser un asunto de confrontación política, sino un acuerdo de Estado.

De poco servirán las campañas, los debates o las promesas electorales si los ciudadanos llegan a las urnas bajo el temor impuesto por grupos armados.

Las elecciones de 2027 pondrán nuevamente a prueba la capacidad del Estado mexicano para garantizar condiciones mínimas de libertad y legalidad. Si no se actúa desde ahora, el país corre el riesgo de repetir la historia de procesos electorales marcados por la sangre, el miedo y la intimidación.

La democracia mexicana ya enfrenta suficientes desafíos como para permitir que el crimen organizado también decida quién puede competir, quién debe retirarse y, peor aún, quién debe morir para que otros lleguen al poder.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.