Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. La realidad tumba las cifras alegres. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

27 Jul 2026
116 veces
Desde San Lázaro. La realidad tumba las cifras alegres. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

Hay dos Méxicos que conviven todos los días, pero que parecen habitar universos distintos. El primero es el que presentan cada semana las autoridades federales en las conferencias de prensa: un país donde los homicidios dolosos disminuyen, la estrategia de seguridad avanza y la recuperación de la paz marcha por buen camino. El segundo es el que viven millones de mexicanos: periodistas asesinados, alcaldes ejecutados, comunidades desplazadas por el crimen organizado, miles de familias buscando a sus desaparecidos y regiones enteras donde la autoridad constitucional ha sido sustituida por el poder de las organizaciones criminales.

Entre uno y otro existe un abismo.

La presidenta Claudia Sheinbaum y el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, insisten en destacar las cifras que consideran alentadoras sobre la reducción de algunos delitos de alto impacto. Nadie puede objetar que una disminución en los homicidios sea una buena noticia. El problema comienza cuando esas estadísticas pretenden convertirse en la explicación absoluta de la realidad nacional.

Porque la realidad es mucho más compleja.

Mientras el gobierno presume avances en materia de seguridad, México continúa siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. En lo que va del año, varios comunicadores han sido asesinados, una parte importante de ellos en Veracruz, entidad que vuelve a colocarse como uno de los focos rojos para la libertad de expresión.

Presidentes municipales, funcionarios locales, policías y líderes sociales siguen siendo blanco de ataques del crimen organizado. Gobernar un municipio en diversas regiones del país se ha convertido en una actividad de alto riesgo, donde la autoridad legal disputa diariamente el territorio con poderes criminales que han construido estructuras económicas, políticas y militares de enorme capacidad.

A ello se suma otra tragedia que difícilmente puede ocultarse detrás de una gráfica estadística: la crisis de personas desaparecidas.

México acumula desde hace años una de las peores crisis humanitarias de su historia reciente. A las familias que buscan a sus hijos, esposos, padres o hermanos poco les dice una conferencia de prensa donde se anuncian reducciones porcentuales en determinados delitos. Para ellas, la realidad tiene nombre, rostro y una ausencia que ningún informe oficial puede borrar.

Lo mismo ocurre con miles de mexicanos que han tenido que abandonar sus comunidades por la violencia.

Los desplazamientos forzados continúan afectando a estados como Chiapas, Michoacán, Guerrero, Zacatecas, Sinaloa y otras entidades donde grupos criminales disputan territorios completos. Son mexicanos que perdieron su patrimonio, su tranquilidad y, en muchos casos, hasta su identidad comunitaria.

Frente a ese panorama, resulta inevitable preguntar si las llamadas "cifras alegres" reflejan realmente el estado que guarda la seguridad pública o si únicamente muestran una parte del problema.

El gobierno tiene derecho a presentar los resultados que considere relevantes. Lo que no puede hacer es ignorar el contexto completo.

Porque la percepción ciudadana no se construye únicamente con estadísticas, se construye con la experiencia cotidiana. Y esa experiencia sigue marcada por el miedo.

A ello se suma otro elemento que complica aún más el escenario político.

La presión proveniente de Estados Unidos para combatir simultáneamente a las organizaciones criminales y a sus presuntas redes de protección política. Washington ha endurecido su discurso y mantiene abiertas investigaciones relacionadas con posibles vínculos entre funcionarios públicos y grupos delictivos.

En ese contexto, diversos sectores de la oposición sostienen que el gobierno federal busca modificar la conversación pública mediante investigaciones contra personajes opositores de alto perfil, como Ernesto Ruffo. Esa es una interpretación política que forma parte del debate nacional y que corresponde a las autoridades sustentar jurídicamente en cada caso.

Lo que parece evidente es que el diferendo con Estados Unidos no se resolverá únicamente presentando balances optimistas sobre la evolución de algunos indicadores delictivos.

Si Washington considera que existen investigaciones pendientes sobre corrupción, lavado de dinero o presuntos vínculos entre servidores públicos y organizaciones criminales, difícilmente cambiará su posición por una conferencia de prensa o por un informe estadístico.

Se exige instituciones fuertes, investigaciones sólidas, transparencia y la aplicación de la ley sin distingos partidistas.

México necesita recuperar el Estado de derecho, no únicamente mejorar indicadores.

Porque mientras existan periodistas asesinados, alcaldes ejecutados, comunidades desplazadas y miles de familias buscando a sus desaparecidos, cualquier triunfo estadístico será insuficiente para convencer a una sociedad que vive todos los días una realidad distinta.

Es una batalla descomunal entre el Estado, la corrupción e impunidad y los criminales. Por el momento van ganando los malosos, esperemos que no sea por mucho tiempo más.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.