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Desde San Lázaro. Ya no alcanza la cobija de la impunidad. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

17 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Ya no alcanza la cobija de la impunidad. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/MarinadelPilar

Las presuntas grabaciones atribuidas a la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila Olmeda, continúan ocupando un lugar central en la agenda política nacional. Más allá de la autenticidad o del eventual origen de los audios, el daño político ya está hecho. El contenido que se les atribuye, en el que supuestamente estaría dispuesta a proporcionar información privilegiada a autoridades estadounidenses a cambio de recuperar su visa y el acceso a cuentas bancarias, representa un auténtico torpedo en la línea de flotación del discurso oficial de la Cuarta Transformación.

El problema para Palacio Nacional ya no es únicamente el caso de una gobernadora cuestionada. Lo verdaderamente delicado es que el episodio vuelve a exhibir las contradicciones de un gobierno que, desde el primer momento, optó por cerrar filas y defender políticamente a una de sus figuras, mientras minimiza o desacredita cualquier señalamiento proveniente del extranjero.

La narrativa gubernamental insiste en presentar estos casos como parte de una conspiración política. Sin embargo, conforme aparecen nuevos elementos y aumentan las investigaciones de autoridades estadounidenses sobre funcionarios mexicanos, esa explicación comienza a perder fuerza incluso entre sectores que tradicionalmente respaldan al oficialismo.

La cobija de la impunidad ya no alcanza para cubrir a tantos servidores públicos vinculados, directa o indirectamente, con investigaciones, señalamientos o testimonios relacionados con el crimen organizado. Cuando no es el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya; aparece el senador Enrique Inzunza. Si no son ellos, resurgen los nombres de Alfonso Durazo, Américo Villarreal, Mario Delgado o Adán Augusto López, todos mencionados en distintos momentos dentro del debate político derivado de investigaciones que se siguen en Estados Unidos.

Independientemente de que existan o no responsabilidades penales acreditadas en México, el desgaste político resulta inocultable. Cada nuevo expediente, cada nueva filtración o cada nueva investigación fortalece la percepción de que el oficialismo enfrenta una crisis de credibilidad que difícilmente podrá resolverse únicamente mediante conferencias de prensa o descalificaciones contra la oposición.

El caso de Marina del Pilar reviste especial gravedad porque las acusaciones y la mea culpa ya no se limitan a presuntos vínculos con grupos criminales o a la cancelación de una visa estadounidense. Ahora la discusión gira en torno a la posibilidad de que una gobernadora mexicana hubiera negociado información considerada estratégica para proteger intereses personales.

Por esa razón, durante la sesión de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, instalada en el Senado de la República, la oposición elevó considerablemente el tono de sus críticas. Legisladores del PAN, PRI y Movimiento Ciudadano exigieron su inmediata separación del cargo y algunos incluso plantearon que, de comprobarse el contenido de las grabaciones, podrían configurarse delitos tan graves como traición a la patria.

La Comisión Permanente se convirtió nuevamente en un auténtico ring político. Oficialistas y opositores intercambiaron acusaciones, descalificaciones e insultos en una sesión que reflejó el nivel de polarización que vive el país. Mientras Morena defendía a la mandataria bajacaliforniana argumentando que todo forma parte de una campaña de desprestigio, la oposición insistía en que resulta insostenible seguir protegiendo a funcionarios señalados por autoridades extranjeras.

Lo preocupante es que la discusión dejó de centrarse exclusivamente en la situación jurídica de la gobernadora. El verdadero debate es si el régimen mantiene una política sistemática de protección hacia funcionarios cuestionados, aun cuando ello implique un enorme costo para la credibilidad institucional del Estado mexicano.

La defensa incondicional emprendida desde el oficialismo también tiene consecuencias internacionales. La relación bilateral con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados en materia de cooperación contra el crimen organizado y en lugar de mejorar, se complicará aún más.

Paradójicamente, la estrategia de cerrar filas podría terminar produciendo el efecto contrario al deseado. En lugar de contener la crisis, amplifica la sospecha pública de que existe algo más que una simple solidaridad partidista.

Mientras tanto, la oposición ha encontrado un filón político que difícilmente dejará escapar rumbo a los procesos electorales de 2027. Cada nuevo señalamiento fortalece su narrativa de que Morena gobierna bajo una permanente sombra de sospecha y que el combate a la corrupción terminó convertido en un discurso selectivo.

La pregunta de fondo ya no es si aparecerán nuevos nombres. La verdadera interrogante consiste en saber hasta dónde alcanzará la capacidad política del gobierno para seguir defendiendo a funcionarios cada vez más cuestionados.

Ese es hoy el mayor problema para la Cuarta Transformación. No únicamente las investigaciones que puedan desarrollarse en el extranjero, sino la creciente convicción de una parte importante de la opinión pública de que el gobierno protege a sus cuadros políticos aun cuando las dudas sobre su actuación sean cada vez más profundas. Y en política, como en la justicia, llega un momento en que el costo de sostener lo indefendible resulta mucho mayor que el de asumir responsabilidades.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.