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Desde San Lázaro. Con Noroña la degradación de la política. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

16 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Con Noroña la degradación de la política. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/fernandeznorona

La política mexicana atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. No solo por la creciente polarización o por la concentración del poder en una sola fuerza política, sino por la normalización de conductas que hace apenas unos años habrían sido suficientes para cancelar cualquier aspiración de ocupar un cargo de alta responsabilidad institucional.

El mejor ejemplo de ello es la pretensión del senador Gerardo Fernández Noroña de regresar a la presidencia de la Mesa Directiva del Senado de la República, una de las posiciones más importantes del Poder Legislativo. Su aspiración ha provocado resistencias incluso dentro de Morena, donde varios legisladores consideran que su rudimentario estilo y sus constantes polémicas no ayudan a fortalecer la imagen de la Cámara Alta.

La oposición no es exclusiva de los grupos parlamentarios adversarios. También en el oficialismo existen voces que consideran inconveniente su regreso. El coordinador de la bancada morenista en la Cámara Alta, Ignacio Mier, ha manifestado reservas sobre esa posibilidad, lo que derivó en un nuevo enfrentamiento público. Como ocurre con frecuencia, el debate político quedó desplazado por los descalificativos personales, al grado de que Noroña calificó a Mier de "faccioso" e "irresponsable", profundizando la confrontación interna.

Más allá del diferendo entre dos morenistas, el verdadero debate es otro: ¿en qué momento personajes cuya principal carta de presentación son el insulto permanente, la descalificación y el escándalo comenzaron a ocupar las más altas posiciones del Estado mexicano?

Quien ocupa la presidencia de la Mesa Directiva del Senado representa institucionalmente a la Cámara de Senadores, conduce las sesiones del pleno, garantiza el cumplimiento de la ley parlamentaria y se convierte en uno de los rostros del Poder Legislativo frente a la ciudadanía y la comunidad internacional.

Se trata de una responsabilidad que exige prudencia, equilibrio, imparcialidad y capacidad para construir consensos, cualidades difíciles de asociar con un político cuya trayectoria ha estado marcada por constantes confrontaciones, ataques personales y un lenguaje que, en múltiples ocasiones, ha rebasado los límites del debate democrático.

La preocupación no radica únicamente en el estilo personal del senador. También pesan las controversias públicas que han rodeado su desempeño y los cuestionamientos sobre la congruencia entre el discurso de austeridad que ha defendido durante años y diversos aspectos de su situación patrimonial, que han sido motivo de escrutinio público.

Precisamente por tratarse de un servidor público de alto nivel, cualquier duda sobre la evolución de su patrimonio debería disiparse mediante mecanismos transparentes de rendición de cuentas. En una democracia, el principio debe ser claro: quien ejerce poder público también debe estar dispuesto a explicar el origen y la evolución de sus bienes cuando existan cuestionamientos legítimos.

No se trata de condenar sin pruebas ni de sustituir a las autoridades competentes. Corresponde exclusivamente a las instituciones determinar si existe alguna responsabilidad administrativa o penal. Pero tampoco puede normalizarse que quienes ocupan posiciones de enorme relevancia política descalifiquen cualquier cuestionamiento en lugar de responder con información verificable.

Paradójicamente, Morena llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios, combatir la corrupción y dignificar el servicio público. Ocho años después, buena parte de sus dirigentes reproduce las mismas prácticas de confrontación, culto a la personalidad y defensa incondicional de figuras polémicas que tanto criticaban cuando eran oposición.

La discusión, por tanto, trasciende a Fernández Noroña. Lo verdaderamente preocupante es el mensaje que se envía a la sociedad cuando la principal credencial para aspirar a un cargo institucional parece ser la capacidad para generar escándalos mediáticos antes que construir acuerdos.

México enfrenta desafíos enormes: inseguridad, bajo crecimiento económico, incertidumbre jurídica, tensiones con Estados Unidos y una profunda crisis de confianza en las instituciones. En ese contexto, el Senado necesita liderazgos que fortalezcan la credibilidad del Poder Legislativo, no que alimenten diariamente la polarización.

La ciudadanía merece representantes que privilegien el debate de las ideas por encima del insulto; que respeten a quienes piensan distinto y que entiendan que los cargos públicos son temporales, pero las instituciones deben preservarse por encima de cualquier proyecto personal.

La pregunta que debería hacerse Morena antes de definir a su próximo presidente del Senado no es si Gerardo Fernández Noroña tiene derecho a buscar nuevamente esa posición. Desde luego que puede aspirar a ella. La verdadera interrogante es si un perfil permanentemente envuelto en polémicas fortalece o debilita la imagen de una institución que representa el pacto federal.

Porque el problema ya no es únicamente Fernández Noroña. El problema es que la política mexicana parece haber dejado de premiar la capacidad, la mesura y el prestigio institucional para recompensar el escándalo, la estridencia y la confrontación permanente. Esa es, quizá, una de las transformaciones más preocupantes de la vida pública nacional.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.