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Desde San Lázaro. Rentabilidad política del dolor de los migrantes. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

15 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Rentabilidad política del dolor de los migrantes. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

La muerte de 17 mexicanos en Estados Unidos durante operativos o bajo custodia de autoridades migratorias constituye una tragedia que obliga a replantear la política de protección consular del Estado mexicano. Detrás de cada cifra existe una familia destrozada y un connacional que abandonó su país en busca de oportunidades que aquí no encontró. El caso más reciente, el de Lorenzo Salgado Araujo, ha vuelto a exhibir la vulnerabilidad de miles de mexicanos frente al endurecimiento de la política migratoria impulsada por el presidente Donald Trump.

Más allá de lo que determinen las investigaciones sobre este caso, la obligación del gobierno mexicano es actuar con firmeza, rapidez y eficacia. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que México promoverá acciones legales ante tribunales estadounidenses para exigir justicia. La decisión es correcta, pero llega tarde. Cuando la vida de un connacional está de por medio, la diplomacia no puede caminar al ritmo de la burocracia ni esperar a que la indignación pública obligue a reaccionar.

También conviene recordar por qué miles de mexicanos siguen cruzando la frontera. No abandonan su tierra por gusto. Lo hacen porque buscan seguridad, mejores salarios, oportunidades de desarrollo y un futuro que muchas veces su propio país no pudo ofrecerles. Mientras esas condiciones no cambien, el fenómeno migratorio continuará independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.

Por ello, la responsabilidad del Estado mexicano va mucho más allá de protestar por los excesos de las autoridades estadounidenses. También debe asumir que la migración masiva refleja problemas estructurales que siguen sin resolverse en México.

El verdadero problema no es únicamente la presentación de demandas judiciales. El fondo del asunto radica en la capacidad de respuesta de la red consular mexicana. Los consulados suelen aparecer cuando el daño ya está hecho. Muchas familias denuncian que la asistencia jurídica llega tarde, que la comunicación con las autoridades migratorias es insuficiente y que el acompañamiento institucional resulta limitado frente a la dimensión de los casos.

México presume tener una de las redes consulares más amplias del mundo. Si ello es cierto, entonces debería convertirse en la primera línea de defensa de los migrantes. Cada detención, cada proceso de deportación y cada presunta violación de derechos humanos tendría que activar protocolos inmediatos de asistencia legal, apoyo psicológico, contacto con familiares y supervisión permanente. Esa es la verdadera protección consular, no la simple expedición de documentos o la realización de trámites administrativos o de querer tapar el pozo cuando ya se ahogó algún migrante.

En este contexto, el llamado presidencial para que todos los partidos políticos cierren filas en defensa de los migrantes merece una reflexión. Defender a los mexicanos en el exterior debe ser una causa nacional y no existe fuerza política que pueda oponerse a ello. Sin embargo, la convocatoria pierde credibilidad cuando proviene de un gobierno que durante años ha privilegiado la confrontación sobre el diálogo.

Resulta contradictorio pedir unidad nacional después de construir un discurso político basado en la división entre pueblo y adversarios, conservadores y transformadores, patriotas y enemigos del cambio, chairos y fifís.  La cohesión social no puede invocarse únicamente cuando se pretende mostrar músculo ante Donald Trump. Se construye todos los días gobernando para todos, respetando la pluralidad y entendiendo que la crítica no convierte a nadie en enemigo de la nación.

Los gobiernos populistas, tanto de izquierda como de derecha, suelen recurrir a la polarización para fortalecer su base política. México no ha sido ajeno a esa dinámica. El resultado ha sido una sociedad cada vez más confrontada y menos dispuesta a construir acuerdos. En ese escenario, envolver al gobierno en la bandera nacional para descalificar cualquier cuestionamiento termina debilitando la causa que se pretende defender.

La prioridad no debería ser obtener rentabilidad política del conflicto con Washington, sino garantizar que ningún mexicano enfrente solo un proceso migratorio o una posible violación de sus derechos fundamentales. La defensa de los connacionales exige menos propaganda y mucho más trabajo jurídico, diplomático y consular.

El caso de Lorenzo Salgado debe convertirse en un punto de inflexión. Su familia merece verdad, justicia y acompañamiento institucional. Los demás mexicanos detenidos por ICE requieren defensa legal efectiva y seguimiento permanente hasta la conclusión de sus procesos. Esa es la obligación constitucional del Estado mexicano.

La relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más complejos. Precisamente por ello se necesita una diplomacia inteligente, proactiva y profesional, capaz de defender a los connacionales sin convertir cada diferendo en un espectáculo político.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.