Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Justicia energética a oscuras. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

14 Jul 2026
110 veces
Desde San Lázaro. Justicia energética a oscuras. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/EmiliaCallejaA

Presume la directora general de la Comisión Federal de Electricidad, Emilia Calleja, que México cuenta con una cobertura eléctrica de 99.85 por ciento a escala nacional y que el 0.15 por ciento restante se localiza en comunidades donde conectar una red convencional requiere “soluciones específicas”.

La cifra luce espectacular en una conferencia de prensa. Incluso permitiría afirmar que prácticamente todos los mexicanos tienen acceso a la electricidad. El problema es que una cosa es contabilizar viviendas conectadas a la red y otra muy distinta garantizarles un suministro continuo, suficiente, seguro y de calidad.

La propia meta oficial reconoce que todavía existen miles de hogares sin acceso. El gobierno pretende elevar la cobertura a 99.99 por ciento en 2028 mediante 45 mil 182 obras de electrificación. Pero, mientras se celebran porcentajes, en comunidades rurales, colonias irregulares y zonas periféricas de las grandes ciudades persisten familias que viven sin energía eléctrica o que dependen de conexiones improvisadas.

En la misma Ciudad de México, particularmente en asentamientos regulares ubicados en las faldas del Ajusco, vecinos denuncian que no cuentan con una red eléctrica formal. Ahí no aparece la llamada “justicia energética” que tanto pregona la Cuarta Transformación.

La paradoja es evidente: el gobierno habla de soberanía energética y acceso universal, mientras que familias de la capital del país todavía iluminan sus viviendas con lámparas, plantas pequeñas, baterías o conexiones precarias.

Además, la cobertura nacional refleja la fragilidad del Sistema Eléctrico Nacional.

Los apagones registrados en el sureste son la muestra más visible. En marzo de 2025, una interrupción masiva dejó sin servicio a diversas ciudades de Quintana Roo, Yucatán, Campeche y Tabasco, entre ellas Cancún, Playa del Carmen, Cozumel, Bacalar, Ciudad del Carmen y Villahermosa.

En septiembre del mismo año ocurrió un episodio todavía más grave: una falla sacó de operación nueve centrales eléctricas y dejó sin electricidad durante varias horas a alrededor de dos millones de usuarios de Yucatán, Campeche y Quintana Roo. El apagón provocó caos vial, suspensión de actividades comerciales y afectaciones a la industria turística.

El 14 de mayo de 2026, en plena ola de calor, volvieron a registrarse cortes en Yucatán, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas. La CFE confirmó que la interrupción se extendió cerca de una hora en distintas localidades.

La recurrencia de estas fallas demuestra que no se trata solamente de accidentes aislados, sino de una infraestructura que opera bajo presión, particularmente durante los meses de mayor consumo.

La Península de Yucatán continúa siendo una de las regiones más vulnerables porque su crecimiento demográfico, turístico e industrial no ha sido acompañado con la misma velocidad por nuevas centrales, líneas de transmisión, subestaciones y sistemas de respaldo.

El déficit no está únicamente en la generación. También se encuentra en la transmisión y en la distribución.

El gobierno calcula que entre 2025 y 2030 deberán invertirse alrededor de 124 mil 500 millones de pesos para fortalecer la Red Nacional de Transmisión. No se trata de una cifra menor: evidencia la magnitud del rezago acumulado y la urgencia de ampliar una red que debe transportar cada vez mayores volúmenes de electricidad.

El nuevo programa de desarrollo eléctrico estima que México necesitará incorporar entre 73 mil y 76 mil megawatts adicionales de capacidad hacia 2039 para atender el crecimiento de la demanda y conservar la confiabilidad del sistema.

En otras palabras, el país requiere prácticamente construir otro sistema eléctrico de grandes dimensiones durante los próximos años.

El problema es que la inversión no avanza al mismo ritmo que las necesidades.

La CFE informó que entre 2019 y 2024 impulsó 35 proyectos de generación que agregarán 9 mil 185 megawatts de capacidad propia. Aunque representa un avance, resulta insuficiente frente al incremento previsto de la demanda.

La insuficiencia de redes también frena proyectos de generación renovable. De poco sirve instalar parques solares o eólicos si no existen líneas capaces de llevar esa electricidad desde las zonas productoras hasta los grandes centros de consumo.

A ello se suma la contradicción ambiental de la política energética oficial.

Mientras el mundo acelera la transición hacia fuentes renovables, México continúa dependiendo ampliamente del gas natural, el combustóleo, el carbón y otras fuentes fósiles. En 2024, apenas 21.6 por ciento de la generación nacional provino de energías renovables; la energía solar y eólica juntas representaron alrededor de 11.8 por ciento.

El país incumplió en los hechos la meta legal de alcanzar 35 por ciento de generación limpia para 2024 y se encuentra lejos del compromiso de llegar a 43 por ciento en 2030.

Peor aún: México generó en 2024 aproximadamente 54 por ciento de su electricidad con gas importado de Estados Unidos. Esa dependencia exhibe la fragilidad del discurso de soberanía energética, pues buena parte de las centrales de ciclo combinado de la CFE depende de un combustible comprado en el extranjero.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.