Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Pemex, el símbolo del fracaso estatista. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

13 Jul 2026
123 veces
Desde San Lázaro. Pemex, el símbolo del fracaso estatista. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Pemex

Petróleos Mexicanos vuelve a ocupar los titulares y, una vez más, no por un descubrimiento petrolero, un incremento en la producción o una mejora financiera, sino por otro indicador del profundo deterioro institucional que arrastra la empresa productiva del Estado desde que la llamada Cuarta Transformación tomó el control de sus destinos.

Una investigación periodística reveló que Pemex acumula 6 mil 858 expedientes de juicios laborales, el mayor volumen de litigios registrado en su estructura jurídica. De acuerdo con la Guía de Archivo Documental correspondiente al primer trimestre de 2026, la Gerencia Jurídica Contenciosa Laboral concentra miles de expedientes iniciados entre 2019 y 2025, precisamente durante el periodo en que la petrolera fue administrada por los gobiernos de Morena.

No se trata únicamente de una cifra burocrática. Detrás de cada expediente existe un trabajador despedido, una demanda por violaciones a los derechos laborales o un conflicto derivado de decisiones administrativas que, en muchos casos, pudieron evitarse.

Durante la gestión de Octavio Romero Oropeza, un ingeniero agrónomo, se privilegió la lealtad política sobre la capacidad técnica. Esa lógica provocó la salida de cientos de trabajadores con amplia experiencia para abrir espacios a perfiles sin el conocimiento especializado que exige una industria altamente compleja y estratégica.

La consecuencia era previsible. Cuando una empresa sustituye la experiencia por la improvisación, el resultado inevitable es una pérdida de eficiencia operativa, mayor número de accidentes, litigios laborales, disminución de la productividad y un deterioro acelerado de sus finanzas.

Luego de Octavio Romero llegó Víctor Rodríguez –golpeador de mujeres y presunto culpable de violencia vicaria-  cuya administración tampoco logró revertir el deterioro de la empresa. Ahora corresponde a Juan Carlos Carpio enfrentar quizá el mayor desafío en la historia moderna de Pemex: rescatar una compañía cuya deuda financiera continúa siendo la más elevada entre las petroleras del mundo, con una producción en descenso, refinerías que operan por debajo de su capacidad y con grandes pérdidas, crecientes adeudos con proveedores y un pasivo laboral que sigue aumentando.

Los casi siete mil juicios laborales constituyen apenas una muestra del enorme costo que ha tenido gobernar una empresa estratégica con criterios políticos antes que empresariales.

La realidad financiera tampoco admite maquillajes. Pemex continúa dependiendo del respaldo permanente del Gobierno Federal para cumplir sus obligaciones más elementales. Cada año recibe inyecciones de recursos públicos, reducciones fiscales, apoyos extraordinarios y reestructuraciones de deuda que terminan pagando todos los contribuyentes.

Paradójicamente, mientras México continúa siendo un importante productor de petróleo, los consumidores pagan por gasolinas de la más caras de las últimas décadas. El discurso oficial prometía alcanzar la soberanía energética y reducir los precios de los combustibles; ocurrió exactamente lo contrario.

La apuesta estatista impulsada por la Cuarta Transformación para fortalecer tanto a Pemex como a la Comisión Federal de Electricidad tampoco produjo los resultados esperados.

En el sector eléctrico persisten los problemas de generación y transmisión. Los apagones registrados durante los últimos meses, particularmente en estados del sureste, evidencian una infraestructura insuficiente para responder al crecimiento de la demanda y una inversión que no ha sido capaz de modernizar el sistema eléctrico nacional.

En materia petrolera, el panorama tampoco resulta alentador. La producción continúa lejos de las metas anunciadas, las refinerías mantienen bajos niveles de eficiencia, los costos de operación siguen creciendo y la rentabilidad permanece comprometida.

Las paradojas son evidentes. El precio internacional del petróleo se ha ubicado durante buena parte del año por encima de las estimaciones consideradas en el Presupuesto de Egresos de la Federación, circunstancia que debería fortalecer las finanzas públicas. Sin embargo, ese beneficio no se traduce en combustibles más baratos para los mexicanos ni en una recuperación sólida de Pemex.

Algo estructural sigue fallando.

La empresa que durante décadas simbolizó el orgullo nacional hoy representa uno de los mayores riesgos para las finanzas públicas. Su deuda, sus pasivos laborales, sus obligaciones con proveedores y sus necesidades permanentes de capital convierten a Pemex en una pesada carga para el Estado mexicano.

El nuevo director tiene poco margen de maniobra. Si pretende rescatar a la empresa deberá cambiar el modelo de negocios, privilegiar la capacidad técnica sobre las cuotas políticas, revisar miles de litigios laborales que podrían seguir creciendo y reconstruir la confianza tanto de los trabajadores como de los inversionistas y proveedores.

La reconstrucción de Pemex exige mucho más que discursos nacionalistas. Requiere disciplina financiera, transparencia, profesionalización de su plantilla, combate frontal a la corrupción y una estrategia energética basada en criterios técnicos y económicos, no ideológicos.

Porque, de mantenerse el mismo modelo de administración que ha prevalecido durante los últimos años, Juan Carlos Carpio corre el riesgo de pasar a la historia no como el director que rescató a Pemex, sino como quien encabezó el capítulo final del lento desmantelamiento de Petróleos Mexicanos.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.