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Desde San Lázaro. Directo al precipicio. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

10 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Directo al precipicio. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

La relación entre México y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más complejos de las últimas décadas. Lo preocupante es que el deterioro no obedece únicamente a diferencias comerciales o diplomáticas, sino a la percepción, cada vez más extendida en Washington, de que el gobierno mexicano ha decidido cerrar filas para proteger a personajes señalados por presuntos vínculos con el crimen organizado.

Si el costo político de esa estrategia recayera exclusivamente sobre la presidenta Claudia Sheinbaum, el problema sería menor. Sin embargo, las consecuencias las paga el país entero. La incertidumbre bilateral comienza a reflejarse en las decisiones de inversión, en la cautela de los mercados y en la pérdida de competitividad de México frente a otras economías que buscan aprovechar el fenómeno del nearshoring.

El diferendo con la administración de Donald Trump ya dejó de ser un simple intercambio de declaraciones. La tensión alcanza asuntos estratégicos para ambas naciones: la revisión del T-MEC, la política arancelaria, la cooperación en materia de seguridad y el combate al tráfico de fentanilo. Cada episodio de confrontación incrementa el riesgo para la planta productiva nacional y para miles de empleos que dependen del mercado estadounidense.

No existe economía que prospere en un ambiente de incertidumbre permanente. Ningún inversionista compromete miles de millones de dólares cuando observa que la relación con el principal socio comercial de México atraviesa una escalada de tensiones políticas. Mientras otros países ofrecen certidumbre jurídica y reglas claras para atraer capitales, nuestro país proyecta la imagen de un gobierno enfrascado en una disputa que, lejos de resolver diferencias, profundiza la desconfianza.

Si esta tendencia continúa, el sexenio de Claudia Sheinbaum podría registrar el desempeño económico más débil de lo que va del siglo. La desaceleración de la inversión privada, la pérdida de confianza empresarial y el freno a nuevos proyectos industriales son síntomas que comienzan a aparecer antes de que concluya el primer tramo de la administración.

La estrategia del gobierno mexicano frente a los embates de Trump ha sido responder con una narrativa de confrontación. Sin embargo, esa ruta difícilmente modificará los objetivos de Washington. Por el contrario, fortalece el discurso de quienes sostienen que México ha sido incapaz de combatir eficazmente a las organizaciones criminales que producen y trafican drogas sintéticas hacia territorio estadounidense.

Además, no puede perderse de vista el contexto político. Las elecciones legislativas de noviembre representan una prueba decisiva para Donald Trump. Recuperar terreno electoral pasa necesariamente por ofrecer resultados visibles en materia de seguridad fronteriza, combate al narcotráfico y persecución de quienes abastecen de fentanilo al mercado estadounidense. Bajo esa lógica, es previsible que la presión sobre México aumente durante los próximos meses.

Cada nueva investigación del Departamento de Justicia, cada declaración de testigos protegidos y cada expediente abierto contra funcionarios o exfuncionarios mexicanos alimentarán esa narrativa. No se trata únicamente de una disputa diplomática; es también una estrategia de política interna que Trump aprovechará para fortalecer su posición frente al electorado estadounidense.

En México, en cambio, el oficialismo parece convencido de que la mejor respuesta consiste en denunciar intervencionismo extranjero y cerrar filas alrededor de personajes políticamente incómodos. Esa estrategia puede resultar rentable para cohesionar a su base electoral, pero tiene un elevado costo para los mexicanos.

El caso de Ismael "El Mayo" Zambada resulta ilustrativo. Más allá del debate sobre las circunstancias de su captura y traslado a Estados Unidos, permanece un hecho incontrovertible: fueron las autoridades estadounidenses las que lograron sentar en el banquillo a uno de los líderes históricos del Cártel de Sinaloa, algo que ningún gobierno mexicano consiguió durante décadas. Se podrá discutir la forma, pero no el resultado.

Ese precedente marca una ruta. Si Washington considera que existen elementos suficientes para proceder contra políticos mexicanos presuntamente vinculados con organizaciones criminales, difícilmente detendrá sus investigaciones por consideraciones diplomáticas o políticas.

En ese escenario está el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y el de varios de sus ex colaboradores, quienes han sido señalados en distintas investigaciones y testimonios judiciales. Aunque permanezcan escondidos o cuenten con protección del Estado, ello no significa que los expedientes hayan sido archivados. La experiencia demuestra que el Departamento de Justicia trabaja con paciencia y suele actuar cuando considera que ha integrado casos sólidos.

La pregunta ya no es si Washington mantendrá la presión sobre México. Todo indica que así será. La verdadera interrogante es hasta dónde está dispuesto a llegar el gobierno mexicano para defender a personajes cuya permanencia en la vida pública representa un costo cada vez mayor para la nación.

El oficialismo camina peligrosamente hacia el precipicio. Lo verdaderamente grave es que, en su empeño por defender a los impresentables, pretende arrastrar con él a todo un país. Ningún proyecto político vale el sacrificio del crecimiento económico, la estabilidad institucional y la relación estratégica más importante que tiene México.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.