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Desde San Lázaro ¿Nueva ASF o más de lo mismo? Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

02 Jul 2026
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Desde San Lázaro ¿Nueva ASF o más de lo mismo? Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ASF_Mexico

La primera entrega de la fiscalización de la Cuenta Pública 2025 por parte del nuevo Auditor Superior de la Federación dejó más preguntas que respuestas. Quienes esperaban conocer el destino de miles de millones de pesos ejercidos durante el primer año de la administración de Claudia Sheinbaum tendrán que esperar, por lo menos, hasta octubre.

La razón es sencilla. En esta primera entrega, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) concentró sus trabajos prácticamente en la revisión de las participaciones federales transferidas a estados y municipios, dejando para una segunda etapa las auditorías al gasto ejercido por las dependencias y entidades del gobierno federal, así como los programas sociales y los proyectos estratégicos de infraestructura.

El propio Auditor Superior, Aureliano Hernández Palacios, explicó que los informes correspondientes a las dependencias de la Administración Pública Federal, empresas productivas del Estado, organismos autónomos, universidades, fondos federales y proyectos prioritarios serán presentados en la siguiente entrega.

Traducido al lenguaje político, significa que continúan en el limbo las auditorías de las obras emblemáticas heredadas del sexenio de Andrés Manuel López Obrador y aquellas que siguen absorbiendo enormes cantidades de recursos públicos.

Todavía no conocemos con precisión los resultados de la revisión al Tren Maya, al Tren Interoceánico, a la Refinería Olmeca de Dos Bocas, al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles ni a los principales programas sociales que representan el mayor componente del gasto público federal.

Y no se trata de montos menores.

Tan sólo en el Presupuesto de Egresos de la Federación 2025, el gasto programable del gobierno federal supera los 7 billones de pesos, mientras que los programas sociales concentran varios cientos de miles de millones de pesos anuales. A ello deben agregarse los recursos destinados a las grandes obras de infraestructura que durante el sexenio pasado registraron ampliaciones presupuestales, modificaciones de contratos y ajustes en sus calendarios de ejecución.

Precisamente por ello resulta indispensable una fiscalización exhaustiva.

Durante años, diversas auditorías de la ASF documentaron observaciones por miles de millones de pesos en distintos órdenes de gobierno. Sin embargo, buena parte de esas observaciones terminaron solventadas administrativamente o derivaron en procedimientos que rara vez concluyeron con sanciones ejemplares para los responsables de mayor jerarquía.

El caso más emblemático sigue siendo Segalmex.

La propia Auditoría Superior llegó a documentar irregularidades que superaron los 15 mil millones de pesos, considerado uno de los mayores presuntos desfalcos al erario en la historia reciente del país. No obstante, el entonces director del organismo, Ignacio Ovalle Fernández, nunca enfrentó consecuencias jurídicas proporcionales a la magnitud del quebranto. Fue exonerado políticamente por el presidente López Obrador, quien sostuvo que había sido engañado por sus colaboradores.

Ese antecedente explica el escepticismo con el que hoy se observa el inicio de la nueva gestión en la ASF.

Es cierto que Aureliano Hernández Palacios aseguró que ya existen diversos funcionarios públicos señalados por presuntas desviaciones de recursos y otras irregularidades detectadas durante las auditorías. Sin embargo, evitó revelar nombres, cargos o dependencias involucradas.

La prudencia institucional puede ser comprensible mientras los procedimientos siguen abiertos. Lo que ya no sería aceptable es repetir el esquema del pasado: grandes anuncios, observaciones millonarias y, al final, sanciones únicamente para funcionarios de niveles medios o inferiores, mientras los responsables de las decisiones permanecen intocables.

La verdadera prueba para el nuevo Auditor Superior llegará en octubre.

Será entonces cuando presente los resultados de las auditorías practicadas al primer año completo del gobierno de Claudia Sheinbaum. Ahí se conocerá si realmente existe un cambio de fondo respecto a la gestión de David Colmenares o si únicamente cambió el titular, pero no la forma de fiscalizar el gasto público.

Porque la credibilidad de la Auditoría Superior no depende de la cantidad de auditorías practicadas, sino de la calidad de sus investigaciones, del sustento técnico de sus observaciones y, sobre todo, de su capacidad para señalar responsabilidades sin importar el nivel político de los involucrados.

México necesita una ASF verdaderamente autónoma, técnica e incómoda para el poder. Una institución que audite con el mismo rigor al gobierno federal, a los estados, a los municipios y a los organismos autónomos, sin distingos partidistas.

Los contribuyentes no esperan discursos, sino resultados.

El nuevo Auditor Superior tiene frente a sí una oportunidad histórica para recuperar la confianza en una institución cuya credibilidad quedó seriamente erosionada durante los últimos años. De él dependerá demostrar que la fiscalización superior dejó de ser un instrumento político para convertirse, nuevamente, en un verdadero mecanismo de rendición de cuentas.

Mientras no se demuestre lo contrario, diremos que la ASF, hasta ahora es un apéndice del Ejecutivo y no un órgano autónomo e independiente.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.