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Desde San Lázaro. Impresentables en el oficialismo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

01 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Impresentables en el oficialismo. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

Uno de los mayores desafíos que enfrenta hoy la política mexicana es la creciente pérdida de credibilidad de la clase gobernante. Morena llegó al poder con la promesa de erradicar la corrupción, desterrar los privilegios y ofrecer un estándar ético superior al de los gobiernos del pasado. Sin embargo, a casi ocho años de su llegada al poder, la realidad muestra un panorama muy distinto.

Las filas del oficialismo están integradas por una larga lista de personajes cuestionados por presuntos actos de corrupción, conflictos de interés, violencia, nepotismo y un incesante reciclaje de políticos provenientes de prácticamente todos los partidos. Aquella promesa de que "no somos iguales" se ha ido desdibujando conforme avanzan los años.

El caso más reciente es el del exdirector de Pemex, Víctor Rodríguez, cuya permanencia en el servicio público quedó severamente cuestionada tras difundirse un video que documenta un episodio de violencia familiar. Más allá de las responsabilidades legales que correspondan a las autoridades determinar, resulta inaceptable que servidores públicos señalados por conductas de esta naturaleza continúen representando a un gobierno que se ha definido como defensor de los derechos de las mujeres.

No fue la única polémica que marcó su gestión.

Durante su paso por Petróleos Mexicanos también enfrentó cuestionamientos por el manejo del derrame de hidrocarburos en el Golfo de México. El propio funcionario reconoció públicamente que había recibido información incorrecta de sus colaboradores respecto a la magnitud del incidente, un episodio que provocó afectaciones ambientales y económicas para comunidades pesqueras de la región.

La responsabilidad política no puede diluirse bajo el argumento de una mala comunicación interna. Quien dirige la empresa más importante del país responde por las decisiones y por las omisiones.

A ello se suma un fenómeno que Morena prometió combatir y terminó adoptando como estrategia política: el reciclaje de cuadros provenientes del PRI, PAN, PRD y otros partidos. Muchos de los personajes que durante años fueron severamente criticados por el hoy oficialismo terminaron recibiendo candidaturas, cargos públicos o posiciones de poder bajo las siglas guinda.

La lógica fue sencilla: mientras aportaran votos o estructuras territoriales, sus antecedentes quedaron en segundo plano.

Por ello resulta llamativo que la nueva dirigencia nacional de Morena, encabezada por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, anuncie ahora mecanismos para impedir que "se cuelen por la puerta de atrás" personajes impresentables.

La intención parece correcta, pero llega tarde.

La verdadera prueba no consiste en impedir nuevos ingresos, sino en revisar quiénes ya ocupan cargos de elección popular o posiciones estratégicas dentro del movimiento y si cumplen con los estándares éticos que Morena prometió a los ciudadanos.

Los datos hablan por sí solos. Morena gobierna actualmente la mayoría de las entidades del país, cuenta con mayoría en ambas cámaras del Congreso y controla buena parte de los congresos locales. Nunca antes un partido había concentrado tanto poder político en tan poco tiempo. Esa hegemonía exige mayores controles internos, más transparencia y una rendición de cuentas mucho más estricta.

La ciudadanía no votó para sustituir una élite cuestionada por otra.

La lucha contra la corrupción, la impunidad y los abusos no puede limitarse al discurso de las conferencias matutinas ni convertirse en un instrumento para señalar únicamente a los adversarios políticos. Debe comenzar por la propia casa.

Si Morena aspira a conservar la confianza ciudadana, tendrá que demostrar que los principios de honestidad y ética pública no son simples consignas de campaña, sino reglas que se aplican sin excepciones.

Porque la mayor amenaza para cualquier movimiento político no proviene de la oposición.

Proviene de los impresentables que, protegidos por el poder, terminan erosionando la credibilidad de un proyecto que prometió ser diferente.

Las elecciones intermedias del próximo año será un referéndum del gobierno de Morena, tanto a nivel nacional, como estatal y municipal y como están las cosas, pues no se auguran buenos resultados para su causa.

No obstante que tienen el total control de los organismos electorales y de todo un andamiaje legaloide para impedir la alternancia en el poder, si la ciudadanía se vuelca en las urnas para votar por una opción diferente al oficialismo, pues no habrá poder tabasqueño para impedir la alternancia en el poder.

Se asoman nubes de tormenta en el horizonte para el partido en el poder, tanto por sus desatinos a la hora de gobernar, como su defensa a ultranza de políticos de sus filas implicados en hechos criminales.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.