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Desde San Lázaro. La UNAM no es un gasto, es la mejor inversión. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

03 Jul 2026
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Desde San Lázaro. La UNAM no es un gasto, es la mejor inversión. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Mx_Diputados

En tiempos en que el gobierno federal enfrenta crecientes presiones sobre las finanzas públicas, resulta indispensable establecer prioridades. Y si existe una inversión que no admite regateos es la educación superior. Por ello, la solicitud del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Leonardo Lomelí Vanegas, para que el presupuesto de la institución aumente al menos un punto porcentual por encima de la inflación en 2027 debe entenderse no como una exigencia extraordinaria, sino como una necesidad impostergable.

Durante la entrega del Informe Anual 2025 ante la Cámara de Diputados, el rector fue claro: la UNAM requiere mayores recursos para actualizar el equipamiento de sus planteles, fortalecer su infraestructura académica y garantizar la operación cotidiana de la máxima casa de estudios. No se trata de construir elefantes blancos ni de incrementar el gasto burocrático; se trata de mantener vigente una institución que representa el principal motor de movilidad social y generación de conocimiento en México.

Los números respaldan esa petición.

Actualmente la UNAM atiende a más de 266 mil estudiantes, de los cuales cerca de 34 mil cursan estudios de posgrado. Su oferta académica comprende 133 licenciaturas y 42 programas de posgrado, distribuidos en facultades, escuelas, institutos y centros de investigación que forman profesionales en prácticamente todas las áreas del conocimiento.

No existe otra institución pública en México con semejante capacidad académica.

Leonardo Lomelí recordó que la docencia continúa siendo la prioridad central de la Universidad, particularmente porque atiende a jóvenes provenientes de contextos sociales profundamente desiguales. Para miles de estudiantes, ingresar a la UNAM representa la única posibilidad real de acceder a educación superior de excelencia y transformar sus condiciones de vida.

Ese es quizá el mayor valor de la Universidad Nacional.

La UNAM no solo forma médicos, ingenieros, abogados, científicos, economistas o artistas. Forma ciudadanos. Es un espacio donde convergen la pluralidad, la libertad de pensamiento, la investigación científica y el debate de las ideas, elementos indispensables para cualquier democracia moderna.

Además, su prestigio trasciende las fronteras nacionales. Año con año aparece entre las mejores universidades de América Latina y figura dentro de los principales rankings universitarios del mundo, consolidándose como una de las instituciones académicas más reconocidas del ámbito iberoamericano.

Ese liderazgo no se sostiene por generación espontánea.

Los laboratorios requieren equipamiento moderno. Los centros de investigación necesitan tecnología de punta. Las bibliotecas demandan actualización permanente. Los sistemas digitales, la conectividad y los programas de innovación evolucionan a un ritmo acelerado que obliga a realizar inversiones constantes.

Congelar presupuestos en términos reales equivale, en los hechos, a reducir capacidades.

Por ello, el incremento solicitado —apenas un punto porcentual por encima de la inflación— luce razonable frente a la dimensión de los retos que enfrenta la Universidad y frente a la enorme contribución que realiza al desarrollo nacional.

La discusión también debe ubicarse en un contexto más amplio.

El gobierno de la Cuarta Transformación ha sostenido que la educación pública constituye un derecho fundamental y un instrumento para combatir la desigualdad. Si esa convicción es genuina, el respaldo presupuestal a la UNAM debe reflejarse en el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación.

No basta con discursos en favor de la educación.

Se requiere dotar de recursos suficientes a las instituciones que hacen posible ese derecho constitucional.

Invertir en la UNAM significa invertir en investigación científica, innovación tecnológica, desarrollo económico, cultura, salud pública y competitividad internacional. Significa fortalecer la formación de los profesionales que mañana dirigirán hospitales, empresas, tribunales, centros de investigación y dependencias gubernamentales.

Cada peso destinado a la Universidad Nacional genera beneficios que trascienden generaciones.

En San Lázaro tendrán la responsabilidad de discutir el presupuesto federal de 2027. Sería un grave error que las restricciones financieras terminaran afectando precisamente a una de las instituciones que mayores beneficios produce para el país.

La UNAM no representa una carga para las finanzas públicas.

Representa la mejor inversión que México puede hacer para construir un futuro con mayor igualdad, más oportunidades y un desarrollo basado en el conocimiento.

Se debe considerar, desde el punto de vista del legado que deja un gobernante, el apoyo que da a la educación pública durante su gestión y ello necesariamente pasa por mejorar las condiciones de desarrollo e inclusión de la población, en este sentido, la presidenta Sheinbaum, aún más como egresada de la UNAM, tiene la obligación institucional y moral para apoyar a su alma mater y a las actuales y futuras generaciones que solo tienen como opción académica y profesional, la educación pública de calidad.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.