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Desde San Lázaro. Ganar las elecciones en tribunales, no en las urnas. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

25 May 2026
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Desde San Lázaro. Ganar las elecciones en tribunales, no en las urnas. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx

La presidenta de la República ha puesto en marcha una nueva ofensiva de reformas electorales y judiciales que, bajo el discurso de fortalecer la democracia y proteger la soberanía nacional, en realidad mantiene abierta la puerta a una peligrosa concentración de poder en manos del oficialismo.

La narrativa gubernamental sostiene que los cambios buscan impedir la injerencia extranjera en las elecciones, combatir el financiamiento ilegal y evitar la infiltración del crimen organizado en la política. Sobre el papel, suena impecable. El problema aparece cuando se revisa el alcance real de las propuestas y el contexto político en el que pretenden aplicarse.

Porque detrás de estos conceptos aparentemente incuestionables se esconden herramientas que serán utilizadas discrecionalmente para invalidar elecciones con resultados adversos y consolidar el dominio político de Morena.

Uno de los ejes centrales de la reforma plantea ampliar las causales de nulidad electoral por presunta intervención extranjera. El concepto es tan amplio que abarcaría desde propaganda financiada desde el exterior y recursos ilícitos, hasta supuestos actos de presión internacional o acciones que vulneren la soberanía y la integridad territorial del país.

El problema es la ambigüedad.

¿Quién determinará cuándo existe presión extranjera? ¿Qué parámetros definirán una “vulneración a la soberanía”? ¿Qué ocurrirá si organismos internacionales, gobiernos o medios extranjeros cuestionan un proceso electoral o denuncian irregularidades?

La redacción abre márgenes peligrosos de manipulación política.

Y ahí está el verdadero riesgo.

Porque en un país polarizado y con instituciones cada vez más debilitadas, estas causales podrían convertirse en instrumentos para desconocer resultados electorales adversos al oficialismo.

Bastaría construir una narrativa de injerencia externa o financiamiento irregular para judicializar una elección incómoda y abrir procesos de anulación.

En otras palabras, el gobierno estaría creando mecanismos que le permitan disputar en tribunales aquello que eventualmente no logre ganar en las urnas.

La preocupación aumenta cuando se analiza el componente judicial de la reforma.

Después de haber impulsado la elección popular de jueces y ministros, debilitando la autonomía del Poder Judicial mediante procesos marcados por los famosos “acordeones”, ahora el oficialismo pretende fortalecer estructuras que le otorguen mayor control sobre la calificación de las elecciones y sobre las investigaciones vinculadas con financiamiento ilícito o narcopolítica.

Entre las propuestas destaca la creación de una comisión especial para detectar a candidatos ligados al crimen organizado.

Nadie podría oponerse, en principio, a limpiar la política mexicana de la infiltración criminal. El problema es que la iniciativa aparece precisamente cuando diversos señalamientos por presuntos vínculos con organizaciones criminales golpean directamente a figuras de Morena, particularmente en Sinaloa.

Ahí están los casos relacionados con el gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y otros funcionarios y exfuncionarios bajo investigación de cortes estadounidenses.

La contradicción es evidente.

El oficialismo propone mecanismos para combatir la narcopolítica mientras al mismo tiempo encabeza una férrea defensa política de personajes señalados por autoridades norteamericanas como criminales.

Eso genera una percepción inevitable: que las nuevas estructuras podrían utilizarse selectivamente contra opositores mientras se protege a aliados políticos.

Diversos legisladores de oposición advierten que las reformas no buscan fortalecer la democracia, sino construir un blindaje institucional para Morena rumbo a los próximos procesos electorales.

Y existen razones para la sospecha.

Cuando un gobierno controla el Congreso y al Poder Judicial y todavía impulsa cambios electorales para invalidar elecciones, el equilibrio democrático queda totalmente fragmentado.

La experiencia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos.

Regímenes como los de Hugo Chávez y Nicolás Maduro utilizaron reformas institucionales para consolidar mecanismos de control político bajo la apariencia de legalidad democrática.

Primero reformaron tribunales. Después modificaron reglas electorales, instituyeron la revocación de mandato y finalmente construyeron sistemas donde el oficialismo siempre tenía herramientas para conservar el poder.

La democracia no se destruye necesariamente mediante golpes de Estado. Muchas veces se erosiona gradualmente desde las propias instituciones, utilizando reformas legales aparentemente legítimas.

El país necesita combatir el dinero ilícito, la injerencia extranjera y la infiltración del narcotráfico. Pero también necesita preservar la certeza jurídica, la autonomía de las autoridades electorales y la imparcialidad de los tribunales.

Porque si las nuevas causales de nulidad terminan siendo utilizadas discrecionalmente, cualquier elección podría quedar bajo sospecha permanente.

Y cuando el gobierno tiene la capacidad de anular resultados adversos apelando a conceptos ambiguos de soberanía o presión extranjera, la democracia deja de sustentarse en la voluntad ciudadana y comienza a depender de los fallos de los tribunales electorales cooptados por el Ejecutivo federal.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.