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Desde San Lázaro. El desgaste de defender a narcopolíticos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

22 May 2026
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Desde San Lázaro. El desgaste de defender a narcopolíticos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

La historia de la narcopolítica en México ha tenido episodios oscuros, escandalosos y vergonzosos. Gobernadores prófugos, alcaldes vinculados con cárteles, mandos policiacos coludidos y funcionarios convertidos en operadores del crimen organizado. Pero lo que hoy ocurre con el caso de Sinaloa representa un capítulo inédito y profundamente delicado para el país y la autollamada Cuarta Transformación: la defensa política abierta desde el poder presidencial hacia personajes señalados por cortes estadounidenses de presuntos vínculos con organizaciones criminales.

El epicentro de esta tormenta es el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, acompañado de otros nueve funcionarios y exfuncionarios de esa entidad que han sido colocados bajo la lupa de autoridades norteamericanas. Entre ellos destacan el senador Enrique Inzunza Cázares, Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública estatal, Enrique Díaz Vega, extitular de Finanzas y Administración, así como el presidente municipal de Culiacán.

Lo verdaderamente sorprendente no es solamente la gravedad de las acusaciones, sino la estrategia política de defensa adoptada desde Palacio Nacional.

En lugar de tomar distancia, abrir investigaciones y permitir que las autoridades actúen, el oficialismo ha optado por cerrar filas y encabezar una defensa política que luce innecesaria, desgastante y cada vez más insostenible.

Porque una cosa es defender la soberanía y el debido proceso y otra muy distinta es convertir al aparato gubernamental en escudo de personajes bajo sospecha.

El costo político comienza a ser enorme.

La narrativa anticorrupción de la 4T se erosiona cada vez que la presidenta sale públicamente a desacreditar investigaciones extranjeras, minimizar señalamientos o exigir pruebas adicionales, mientras dos de los implicados ya optaron por entregarse a las autoridades estadounidenses para acogerse a la figura de testigos protegidos.

Ese “pequeño detalle” cambia completamente el escenario.

Cuando funcionarios señalados prefieren negociar con fiscales de Estados Unidos antes que enfrentar a la justicia mexicana, el mensaje es devastador para las instituciones nacionales. Significa que son culpables y que consideran más viable salvarse colaborando con cortes extranjeras que confiando en la protección política interna.

Y eso explica la creciente preocupación en Morena.

Porque el problema ya no es mediático. El problema es judicial, político y social.

Desde hace años existían versiones sobre la presunta connivencia entre actores políticos de Sinaloa y estructuras criminales. Incluso se hablaba abiertamente de la intervención del crimen organizado en procesos electorales, particularmente en la elección que llevó a Rocha Moya a la gubernatura.

Nada de eso parecía importar mientras el poder político se mantenía intacto.

Hoy, sin embargo, la situación es distinta. Las investigaciones avanzan, los expedientes crecen y las autoridades estadounidenses parecen decididas a profundizar en las redes financieras, políticas y operativas que permitieron la expansión criminal bajo protección institucional.

Tarde o temprano, los diez señalados terminarán compareciendo ante una corte de Nueva York.

Las rutas son varias: extradición por parte del gobierno mexicano, entrega voluntaria para negociar beneficios judiciales o incluso operaciones encubiertas de captura, como ha ocurrido en otros momentos con objetivos prioritarios del narcotráfico.

La entrega de Gerardo Mérida y Enrique Díaz confirma que algunos involucrados han entendido que la protección política tiene fecha de caducidad.

Y lo más delicado para el oficialismo es que todo apunta a que vienen nuevas listas.

En Washington y Nueva York existen investigaciones abiertas sobre presuntos vínculos entre actores políticos de Morena y organizaciones criminales. Si esos expedientes comienzan a judicializarse, la presión sobre el gobierno mexicano podría crecer de manera explosiva.

Por eso resulta tan desgastante la defensa cerrada que encabeza la presidenta.

Porque inevitablemente surge la sospecha de que detrás de esa protección no solo existe solidaridad política, sino también temor a que las declaraciones de los implicados alcancen niveles más altos del poder.

El “tufillo de sospechosismo”, como dirían en el viejo lenguaje político mexicano, ya comenzó a inundar las cloacas de la 4t.

Resulta difícil creer que durante el sexenio pasado nadie estuviera enterado de las presuntas trapacerías cometidas por colaboradores, gobernadores y operadores políticos cercanos al régimen. Más aún cuando Sinaloa era considerado uno de los territorios estratégicos para Morena.

La pregunta que comienza a recorrer los pasillos de San Lázaro y del Senado es inevitable: ¿hasta dónde podrían llegar las revelaciones de los testigos protegidos?

Porque si uno cae, podrían caer muchos más.

Esa parece ser hoy la lógica defensiva del oficialismo: proteger a uno para evitar que se abra la caja de Pandora

Y mientras más se aferre el oficialismo a defender lo indefendible, mayor será el desgaste para un movimiento que llegó al poder prometiendo combatir precisamente aquello que hoy se le acusa de encubrir.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.