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Desde San Lázaro. Frena gobierno regular abuso de aseguradoras. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

29 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Frena gobierno regular abuso de aseguradoras. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Hacienda_Mexico

En el tablero legislativo, lo que no se discute también cuenta. Y hoy, el silencio en torno a las reformas para frenar los abusos de las aseguradoras en los seguros de gastos médicos mayores dice más que cualquier discurso. La decisión de la mayoría oficialista de congelar estas iniciativas —mandarlas a un eventual periodo extraordinario o, en el peor de los casos, hasta noviembre— revela una prioridad incómoda: recaudar más, aunque eso implique dejar desprotegidos a millones de usuarios.

Desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de Edgar Amador, la lógica es clara, aunque difícil de justificar públicamente. El mercado de seguros representa una fuente relevante de ingresos fiscales, tanto por el cobro del IVA como por las restricciones a la deducibilidad del ISR en el pago de primas. Abrir la puerta a una regulación más estricta que limite incrementos desmedidos, prácticas opacas o negativas de cobertura implicaría, en los hechos, tocar ese flujo de recursos.

El problema es que, del otro lado de la ecuación, están los ciudadanos. Usuarios que han visto cómo, en los últimos años, el costo de sus pólizas se ha disparado sin una correlación clara con mejoras en el servicio. Incrementos anuales de dos dígitos, deducibles más altos, exclusiones más amplias y procesos de reclamación cada vez más complejos forman parte de una realidad que ha erosionado la confianza en el sistema.

En este contexto, la inacción legislativa no es neutra: favorece a un sector en detrimento de otro. Y aquí es donde entra el papel de la bancada mayoritaria en la Cámara de Diputados, encabezada por Ricardo Monreal. Morena ha optado por patear el tema, evitar el desgaste y posponer una discusión que, inevitablemente, implica confrontar intereses económicos poderosos.

La justificación puede encontrarse en la precariedad de las finanzas públicas. El gobierno necesita recursos y cualquier medida que implique reducir la recaudación se enfrenta a resistencias internas. Pero esa visión, centrada exclusivamente en el corto plazo, omite un efecto colateral de gran calado: el impacto en el sistema de salud pública.

Mantener los seguros de gastos médicos mayores en rangos económicamente accesibles no es solo una cuestión de justicia para quienes los contratan; es también una válvula de escape para un sistema público que se encuentra, en muchos casos, rebasado. Cada persona que pierde su seguro privado por no poder pagarlo es, potencialmente, un nuevo usuario del sistema público. Y ese sistema ya opera al límite de su capacidad.

La ecuación es sencilla, aunque parezca que no se quiere ver: si se encarecen o se vuelven inaccesibles los seguros privados, aumenta la presión sobre hospitales públicos, clínicas y centros de salud que ya enfrentan carencias de personal, insumos y capacidad instalada. Es, en términos prácticos, trasladar un problema del ámbito privado al público, con un costo mucho mayor para el Estado.

El gobierno de Claudia Sheinbaum parece no estar calibrando del todo este efecto. O, en su defecto, está privilegiando la urgencia recaudatoria sobre la sostenibilidad del sistema en su conjunto. En ambos casos, el resultado es preocupante.

La relación entre Hacienda y el Congreso en este tema deja ver una alineación que no sorprende, pero sí inquieta. Cuando el interés fiscal se impone sobre la protección al consumidor, el equilibrio institucional se rompe. El Congreso, que debería fungir como contrapeso y defensor de los ciudadanos, termina actuando como extensión de la política hacendaria.

No se trata de satanizar al sector asegurador ni de desconocer su papel en la economía. Se trata de establecer reglas claras, justas y transparentes que eviten abusos y garanticen condiciones equitativas para los usuarios. La regulación no es un castigo; es una herramienta para ordenar el mercado.

Posponer esta discusión no hará que el problema desaparezca. Por el contrario, lo agravará. Los costos seguirán subiendo, la inconformidad crecerá y la presión sobre el sistema público se intensificará. En algún momento, la factura política llegará, y entonces ya no será posible esquivar el debate.

Desde San Lázaro, el mensaje que se envía es contradictorio. Por un lado, se habla de justicia social y de poner al ciudadano en el centro de las decisiones. Por otro, se congelan reformas que buscan precisamente proteger a ese ciudadano frente a prácticas abusivas. La narrativa y la acción no están alineadas.

El dilema es claro: ¿recaudar a toda costa o construir un sistema de salud más equilibrado y sostenible? La respuesta, hasta ahora, parece inclinarse por la primera opción. Y eso, más allá de cálculos fiscales, tiene implicaciones profundas en la vida cotidiana de millones de mexicanos.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.