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TEPJF refrenda compromiso para erradicar la violencia política de género y fortalecer la democracia incluyente Destacado

28 Abr 2026
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TEPJF refrenda compromiso para erradicar la violencia política de género y fortalecer la democracia incluyente Imagen tomada de: https://www.te.gob.mx/

Al advertir que la violencia política en razón de género no es un fenómeno aislado, sino una de las expresiones más persistentes de exclusión en nuestro sistema democrático, el magistrado presidente del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), Gilberto Bátiz García, aseguró que ni el Estado ni este organismo jurisdiccional pueden ser neutrales. “Tenemos que ser garantes, debemos ser acompañantes, debemos ser entes de transformación”, dijo.

 

Al encabezar la conmemoración por el segundo aniversario de la Defensoría Pública Electoral Especializada para Mujeres, en conjunto con las magistradas de la Sala Superior, Mónica Aralí Soto Fregoso y Claudia Valle Aguilasocho, sostuvo que la democracia a la que aspiramos es aquella que se construye cuando somos capaces de garantizar que todas las personas, sin excepción, puedan ejercer sus derechos en condiciones de igualdad, sin simulación y sin violencia.

 

Bátiz García afirmó que la justicia electoral tiene una responsabilidad específica: “No se trata solo de resolver controversias; se trata de contribuir a que la participación política sea efectiva y no excluyente. Cuando una mujer es excluida, intimidada, violentada en el ejercicio de sus derechos políticos, no se afecta solamente a una persona, se afecta la calidad y los alcances de la democracia misma”.

 

En ese sentido, dijo que el fortalecimiento de mecanismos como la de Defensoría Especializada es una agenda democrática del TEPJF, porque es apostar por una justicia aún más cercana, más sensible y más comprometida con las realidades de todas las personas en sus distintas latitudes.

 

Bátiz García advirtió que no basta que los derechos existan si no pueden ser ejercidos en condiciones de igualdad, sin violencias, sin simulaciones. Por ello consideró que la democracia no se puede medir únicamente por la presencia de las mujeres en los espacios públicos, sino también por las condiciones en las que asumen y participan sus roles sin violencia ni obstáculos estructurales. “Y eso implica, además de normas y leyes, instituciones que sean capaces de acompañar, de proteger, pero sobre todo de generarles confianza”, subrayó.

 

Durante su intervención, la magistrada Soto Fregoso dijo que la Defensoría es espacio institucional que no solo representa una innovación en el diseño de la justicia electoral en México, sino también “una respuesta concreta a una deuda histórica: garantizar que las mujeres puedan ejercer plenamente sus derechos político-electorales libres de violencia y con acceso efectivo a la justicia”.

 

Destacó que la participación de las mujeres no es opcional ni accesoria, sino una condición indispensable para la legitimidad de la democracia. El liderazgo de las mujeres tiene efecto transformador, cada avance individual se convierte en colectivo, expuso. Agregó que, en la actualidad, las mujeres en el poder o que aspiran a desempeñar cargos públicos aún son violentadas por el simple hecho de atreverse a ejercer poder públicamente.

 

Explicó que la instauración de la Defensoría en mayo de 2024 fue una respuesta clara y contundente a los mandatos de convenciones internacionales, pero también a la demanda de la sociedad civil organizada y de las mujeres en redes de apoyo. Dijo que hasta ahora se han atendido 228 casos en todo el país, con un modelo que, además de dar asesoría jurídica, ofrece una atención integral, cercana, in situ, empática y profesional, con una capacidad de respuesta inmediata ante cualquier alerta que recibe por chat o por llamada las 24 horas los 365 días del año.

 

En tanto, la magistrada Claudia Valle destacó el rol de la Defensoría en los últimos dos años, pero aclaró que prevalece el reto de “vernos como iguales en todos los sentidos”, de vivir sin violencia, sin discriminación por ejercer un derecho como es la participación en los asuntos públicos en el ámbito nacional y estatal.

 

“No ha sido fácil, y no lo será si no estamos convencidos que la violencia política en razón de género sigue siendo un efecto discriminante por el solo hecho de ser mujeres, porque seguimos teniendo retos para vernos como iguales en todos los sentidos. La igualdad sustantiva, la igualdad en los hechos es una construcción de todas y de todos”, precisó.

 

Aseguró que la asesoría, la representación jurídica y la orientación que brinda es gratuita y una política pública que —planteó— debe replicarse a nivel nacional. "Es tiempo de generar un pacto nacional para establecer una red de defensorías públicas para erradicar la violencia política por razón de género, para construir una nueva cultura de los derechos, y para defender a quienes no han tenido la oportunidad de una defensa especializada y profesional por un lastre y una barrera que duele: La pobreza, la falta de recursos económicos para ejercer los derechos”, expuso.

 

En el evento también participaron el titular del Instituto Federal de Defensoría Pública, Benjamín Rubio Chávez; la directora regional de IDEA para América Latina y el Caribe y exministra de justicia de Chile, Marcela Ríos Tobar; el representante residente adjunto del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en México, Daniel Vargas; la magistrada de la Sala Regional Toluca, Marcela Elena Fernández Domínguez y la titular de la Defensoría Pública Electoral Especializada en la Atención de Asuntos de Violencia Política en Razón de Género del TEPJF, Aidé Macedo Barceinas.

 

También estuvieron presentes la presidenta del Tribunal de Disciplina Judicial del Poder Judicial de la Federación, Celia Maya García; la titular de la Fiscalía Especial para Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas de la Fiscalía General de la República, Maribel Bojorges Beltrán; así como magistraturas y consejerías electorales federales y locales de diversas entidades del país.

Con información de: https://www.te.gob.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.