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Desde San Lázaro. Pemex se diluye en las manos de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

20 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Pemex se diluye en las manos de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Pemex

La discusión ya no versa si Petróleos Mexicanos está en crisis. El debate real es otro: qué tan profunda es la debacle y cuánto más puede resistir el erario antes de colapsar junto con la empresa. Porque hoy la ruina de Pemex no solo es evidente, es medible, documentada y, sobre todo, cada vez más costosa para el país.

Los números son el primer golpe de realidad. En 2025, la producción de hidrocarburos líquidos promedió apenas 1.63 millones de barriles diarios, una caída cercana al 7% respecto al año previo y muy lejos de la meta oficial de 1.8 millones.  Más aún, la propia empresa reconoce que su producción se mantiene estancada en niveles de entre 1.6 y 1.65 millones de barriles diarios, sin capacidad real de crecimiento. Es decir, la narrativa de “rescate” se estrella contra una realidad operativa de declive estructural.

A este deterioro productivo se suma una deuda que sigue siendo monumental. Aunque el gobierno presume reducciones, Pemex cerró 2025 con pasivos financieros por alrededor de 85 mil millones de dólares —más de 1.8 billones de pesos—. A ello se agregan otros 24 mil millones de dólares en adeudos a proveedores.  En los hechos, se trata de la petrolera más endeudada del mundo, sostenida artificialmente por transferencias públicas que en 2025 superaron los 395 mil millones de pesos.

Pero si la deuda es escandalosa, la sangría por corrupción resulta igual de alarmante. El robo de combustibles —el llamado huachicol— generó pérdidas por 23 mil 491 millones de pesos en 2025, un incremento de 14.4% respecto al año anterior.  Y eso es apenas la superficie. El llamado “huachicol fiscal”, un sofisticado esquema de contrabando y evasión de impuestos, provoca pérdidas estimadas de hasta 600 mil millones de pesos anuales para el Estado mexicano. Es decir, no solo se roban el combustible: también se evade el ingreso fiscal que debería financiar al propio país.

La ordeña de ductos —más de 10 mil tomas clandestinas detectadas en un solo año— confirma que el problema no está contenido, sino institucionalizado. Hablar de combate al robo de combustibles, frente a estas cifras, raya en la simulación.

En paralelo, los pasivos ambientales y operativos siguen acumulándose. Los derrames de petróleo en el Golfo de México, recurrentes en los últimos años, no solo representan daños ecológicos incalculables, sino costos económicos crecientes por remediación, sanciones y pérdida de activos. Aunque las cifras oficiales suelen fragmentarse, distintos reportes internos y legislativos han advertido que cada incidente implica pérdidas millonarias y evidencia fallas graves en mantenimiento e infraestructura.

La responsabilidad de esta crisis tiene nombres y apellidos. Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la gestión de Octavio Romero Oropeza apostó por la simulación sobre la eficiencia, con resultados que hoy están a la vista: caída productiva, endeudamiento y opacidad. Con Víctor Rodríguez Padilla al frente bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, el diagnóstico no cambia. La estrategia sigue centrada en sostener a Pemex con recursos públicos, sin corregir sus fallas estructurales.

La mea culpa del titular de la petrolera de haber sido engañado por sus colaboradores, habla de una total ineptitud.

El caso más emblemático del fracaso de la 4T es la refinería de Dos Bocas. Concebida como el eje de la autosuficiencia energética, ha implicado más de 20 mil millones de dólares y contando, retrasos constantes y una cadena de accidentes laborales que la colocan como una de las obras más cuestionadas del sector. A la fecha, su impacto en la producción nacional de combustibles sigue siendo marginal frente al costo invertido.

La llamada “soberanía energética” terminó convertida en otra falacia. Apostar por los combustibles fósiles, en un contexto global de transición energética, no solo es anacrónico, sino financieramente inviable. Mientras el mundo invierte en energías limpias, México sigue apostando recursos públicos a una empresa que pierde dinero, contamina más y produce menos.

El efecto en las finanzas públicas es directo. Pemex no solo dejó de ser palanca de desarrollo: se convirtió en un barril sin fondo. Cada peso destinado a sostenerla es un peso que se le resta a salud, educación o infraestructura. El costo de oportunidad es brutal.

El debate no puede seguir atrapado en consignas ideológicas. Los datos ya demolieron el discurso. Pemex produce menos, debe más, pierde recursos por corrupción y depende crecientemente del presupuesto público para sobrevivir.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.