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Desde San Lázaro. Las desapariciones; estigma de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

07 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Las desapariciones; estigma de la 4T. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

La reacción del Estado mexicano frente al reciente pronunciamiento del Comité de las Naciones Unidas contra la Desaparición Forzada no solo encendió una controversia diplomática innecesaria; también dejó al descubierto una verdad incómoda: la profunda distancia entre el discurso oficial y el dolor cotidiano de miles de familias que buscan a sus desaparecidos en el país.

El informe del organismo internacional no apareció de la nada ni responde —como intentaron sugerir voces oficiales— a intereses políticos o a una campaña de desprestigio contra México. Surge, por el contrario, de años de documentación, testimonios, misiones técnicas y seguimiento a un fenómeno que se ha convertido en una de las crisis humanitarias más graves del continente. Las desapariciones en México no son una percepción ni una exageración: son una tragedia sistemática.

Sin embargo, la respuesta del gobierno mexicano fue inmediata y furibunda. En lugar de abrir un espacio de reflexión institucional o asumir el informe como una oportunidad para corregir políticas fallidas, la reacción fue defensiva e insensible. Se optó por desacreditar al mensajero antes que atender el mensaje.

Más sorprendente aún fue la postura de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos. La CNDH, (en donde estorba una Piedra) cuya razón de ser es precisamente acompañar a las víctimas frente al poder del Estado, decidió alinearse con la narrativa gubernamental y cuestionar el señalamiento internacional. Con ello, abandonó simbólicamente a quienes debería defender: los familiares de personas desaparecidas.

El episodio revela algo más profundo que diferencias con la ONU. Expone la soledad institucional en la que viven las madres buscadoras y los colectivos de víctimas. En México, la búsqueda de desaparecidos recae, paradójicamente, en quienes menos recursos tienen: madres, hermanas y esposas que excavan con sus propias manos mientras el aparato estatal discute cifras, metodologías y competencias administrativas, rasura padrones y oculta datos.

La imagen es devastadora. Mientras organismos internacionales advierten sobre la gravedad del problema, el Estado mexicano responde con indignación política, como si el señalamiento fuera un agravio y no un llamado urgente de atención. Esa reacción transmite un mensaje peligroso: reconocer la crisis implicaría aceptar responsabilidad.

Pero negar la realidad no termina con el problema.

Las familias llevan años denunciando la falta de investigaciones eficaces, la impunidad estructural y la indiferencia burocrática. Muchas han sido revictimizadas por autoridades que cuestionan sus testimonios, retrasan búsquedas o minimizan los casos. Otras han sido estigmatizadas bajo la sospecha implícita de que las víctimas “algo debían” o estaban vinculadas al crimen organizado.

Esa narrativa, profundamente injusta, termina normalizando la violencia y trasladando la carga moral a quienes sufren la pérdida. El informe del comité de la ONU precisamente advierte sobre este fenómeno: cuando el Estado falla en prevenir, investigar y sancionar, la desaparición deja de ser únicamente un crimen de particulares y se convierte en una responsabilidad institucional.

La reacción oficial, lejos de disipar esa preocupación, la confirmó.

Por supuesto el oficialismo cerró filas con la presidenta, mientras la oposición utilizó el tema como arma política. Entre ambas posturas, nuevamente, las víctimas quedaron fuera del centro de la discusión. Nadie habló realmente de fortalecer fiscalías, profesionalizar búsquedas o garantizar protección efectiva a los colectivos.

La politiquería volvió a imponerse sobre la solidaridad y empatía.

Lo más preocupante es que este desencuentro con Naciones Unidas podría tener consecuencias más allá del terreno diplomático. México ha construido durante décadas una reputación internacional basada en la defensa del multilateralismo y los derechos humanos. Descalificar a un comité especializado sin presentar soluciones concretas erosiona esa credibilidad y proyecta la imagen de un país reacio al escrutinio internacional.

Pero el daño más profundo no ocurre en Nueva York ni en Ginebra; ocurre en los campos, fosas clandestinas y carreteras donde familias enteras continúan buscando restos humanos con picos y palas.

Ahí es donde la ausencia del Estado se vuelve tangible.

Las madres buscadoras no piden discursos ni confrontaciones ideológicas con organismos internacionales. Piden seguridad para buscar, acceso a información, investigaciones reales y, sobre todo, empatía institucional. Piden que el Estado deje de verlas como adversarias incómodas y las reconozca como aliadas en la búsqueda de verdad y justicia.

La paradoja mexicana es brutal: mientras más crece la magnitud de las desapariciones, más se endurece la narrativa oficial para negar la crisis. Esa combinación produce un efecto devastador: invisibiliza el dolor y profundiza la desconfianza social.

Un gobierno que reacciona con enojo ante las críticas internacionales corre el riesgo de parecer más preocupado por su imagen que por sus ciudadanos. Y cuando la defensa política sustituye a la autocrítica, el Estado se vuelve, por omisión, cómplice del silencio que protege a los criminales.

El informe de la ONU no debería verse como una condena externa, sino como un espejo incómodo. México aún está a tiempo de cambiar la narrativa: reconocer la magnitud del problema, fortalecer instituciones y colocar a las víctimas en el centro de la política pública.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.