Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Gabinete de transición. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 Abr 2026
146 veces
Desde San Lázaro. Gabinete de transición. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

El primer movimiento en el gabinete presidencial siempre tiene un significado mayor al que oficialmente se reconoce. No se trata únicamente de sustituir a un funcionario, sino de enviar señales políticas hacia dentro y hacia fuera del gobierno. La salida de Juan Ramón de la Fuente de la Secretaría de Relaciones Exteriores, atribuida a “motivos de salud”, representa precisamente eso: el inicio de una etapa de ajustes orientados a fortalecer la eficiencia operativa y, sobre todo, la lealtad política hacia la presidenta.

Pero más allá de nombres específicos y diversas causas de remoción, hay que considerar que el motor de los cambios será el calendario electoral. El próximo año estarán en juego 17 gubernaturas, además de la renovación completa de la Cámara de Diputados federal. Esto obligará a una reconfiguración inevitable del gabinete, pues varios funcionarios mantienen aspiraciones políticas abiertas.

Este fenómeno no necesariamente implica crisis; por el contrario, suele ser parte natural del ciclo político. Los gobiernos utilizan estos momentos para ajustar perfiles, incorporar cuadros técnicos o fortalecer operadores políticos capaces de enfrentar la siguiente etapa electoral.

Sin embargo, hay un factor adicional que pesa más que cualquier otro: la confianza presidencial. En política, la eficiencia es importante, pero la lealtad suele ser determinante. Conforme avanza el sexenio, los mandatarios privilegian colaboradores que garanticen alineación estratégica, disciplina política y capacidad de ejecución sin sobresaltos.

Algunos saldrán por resultados insuficientes; otros, porque sus proyectos personales chocan con las prioridades del gobierno; y algunos más simplemente porque la cercanía política dejó de ser suficiente para sostenerse en el cargo. El poder presidencial, aunque institucionalmente acotado, mantiene intacta su capacidad de redefinir equipos y reordenar fuerzas internas.

El relevo en la Cancillería abre la puerta a una serie de movimientos que, aunque todavía no se anuncian oficialmente, ya se comentan con insistencia en los pasillos de Palacio Nacional y, por supuesto, en el Congreso. Nombres sobran en la lista de posibles ajustes.

Rosa Icela Rodríguez en Gobernación aparece como una de las posiciones bajo evaluación permanente. La Secretaría de Gobernación no solo articula la política interior, sino que funge como operador político con el Congreso y los gobiernos estatales, una tarea que cobra especial relevancia ante la creciente complejidad legislativa y las tensiones internas dentro del propio movimiento oficialista.

La olla de presión en el país está en plena efervescencia por las inconformidades sociales que darán pie a movilizaciones  en buena parte del territorio nacional como la anunciada el día de hoy por transportistas, productores y campesinos.

En la víspera del mundial de futbol, la SEGOB debe aplicarse al máximo para evitar que las manifestaciones colapsen al país con los reflectores del mundo encima y la inconformidad social en su punto más álgido.

En la Secretaría de Educación Pública, Mario Delgado enfrenta el enorme desafío de convertir promesas educativas en resultados tangibles. Las presiones de los padres, los rezagos educativos y la necesidad de consolidar nuevos modelos pedagógicos alineados a la nueva escuela mexicana han colocado a la SEP en una zona de alta exposición política. La evaluación ya no será discursiva, sino basada en resultados medibles.

Otro caso observado con lupa es el de Zoé Robledo al frente del IMSS. Aunque ha logrado cierta estabilidad administrativa, el sistema de salud continúa enfrentando problemas estructurales que impactan directamente en la percepción ciudadana del gobierno. La corrupción corroe a ese organismo desde sus altos mandos. La salud pública suele convertirse en termómetro político, y ningún gobierno puede llegar fortalecido a elecciones intermedias con hospitales saturados o servicios deficientes.

Situación similar ocurre con Martí Batres en el ISSSTE, donde las demandas laborales y la presión financiera mantienen al instituto en constante tensión. Lo mismo sucede con Octavio Romero en el Infonavit, institución clave en la política social del gobierno y cuyo desempeño tendrá impacto directo en los trabajadores. La promesa de un millón de viviendas en este sexenio suena como un sueño guajiro.

Alicia Bárcena, en Medio Ambiente, también forma parte del análisis interno. El equilibrio entre desarrollo económico, proyectos estratégicos y compromisos ambientales internacionales se ha convertido en una ecuación políticamente delicada que exige resultados visibles y consensos complejos.

El ecocidio reciente en más de mil kilómetros de costa en el Golfo de México, por un derrame no controlado por Pemex (Víctor Rodríguez, también en la mira) habla de una Semarnat omisa y tardía en sus protocolos de actuación.

En cualquier administración, el primer año suele ser de acomodo; el segundo, de transición. Y es justo en ese tránsito donde comienzan los relevos. La presidenta ha iniciado así el inevitable proceso de construcción de un gabinete propio, uno que responda menos a inercias heredadas y más a su estilo personal de gobernar y a las exigencias políticas que se avecinan.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.