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Desde San Lázaro. Futbol y política. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

31 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Futbol y política. Por: Alejo Sánchez Cano Captura de pantalla de: https://x.com/@feravilalozano

La reinauguración del Estadio Azteca —hoy llamado Banorte y mañana, quién sabe— no solo marcó el regreso de uno de los recintos más emblemáticos del fútbol a nivel mundial, sino que también ofreció una radiografía precisa del momento que vive el país. Desde la logística gubernamental hasta el ánimo de la afición, lo ocurrido en el Coloso de Santa Úrsula es mucho más que un evento deportivo: es un espejo social, político y cultural. Cuellos de botella al ingresar al estadio, calles cerradas sin suficiente señalización, rutas alternas poco claras y una evidente descoordinación entre cuerpos de seguridad generaron molestias entre los asistentes. La organización de un evento de esta magnitud exige precisión quirúrgica, especialmente cuando se trata de un estadio que aspira a ser protagonista en una Copa del Mundo. Sin embargo, lo observado dejó dudas razonables sobre la capacidad operativa de las autoridades frente a lo que viene a partir del 11 de junio.

Por otro lado, la reacción de la afición hacia la Selección Nacional fue contundente. Aunque algunos expertos calificaron el empate ante Portugal como un resultado decoroso, en las gradas la percepción fue distinta. Un sector del público no se guardó nada: silbidos, abucheos y, lamentablemente, el regreso del grito homofóbico que tanto daño ha causado a la imagen del fútbol mexicano a nivel internacional. Este comportamiento no es nuevo, pero sí preocupante, especialmente en un contexto en el que México estará bajo el escrutinio global.

La desconexión entre el equipo nacional y su afición es cada vez más evidente. El proyecto encabezado por el “Vasco” Aguirre no termina de convencer, pese a que su estilo es ampliamente conocido. Su planteamiento táctico, muchas veces conservador, sigue generando división entre quienes valoran la disciplina y quienes exigen mayor propuesta ofensiva. A ello se suma su aparente inclinación hacia ciertos jugadores, como Charly Rodríguez o hacia los naturalizados, decisiones que han sido cuestionadas por amplios sectores del público y la crítica.

Esta falta de consenso en torno al funcionamiento del equipo complica el panorama rumbo al Mundial. La Selección no solo necesita resultados, sino también reconciliarse con su gente. El fútbol, en esencia, es un vínculo emocional, y cuando ese lazo se fractura, ni los resultados alcanzan para sostener la ilusión.

En contraste, la remodelación del estadio fue, sin duda, un acierto. Poner al día un inmueble con más de seis décadas de historia no es tarea sencilla. La modernización respetó la esencia del recinto, al tiempo que lo adaptó a las exigencias actuales en materia de infraestructura, tecnología y experiencia del espectador. Mantenerlo como uno de los estadios más importantes del mundo no solo es un logro arquitectónico, sino también simbólico. No hay que olvidar que este escenario ha sido testigo de momentos históricos y ha albergado la inauguración de dos Copas del Mundo, con la tercera en puerta.

Sin embargo, el brillo del estadio (con un espectáculo de medio tiempo, insuperable) contrasta con los retos que enfrenta el país. A poco más de dos meses del Mundial, México tiene por delante desafíos mayúsculos en materia de seguridad, conectividad y gobernabilidad. La llegada masiva de turistas exigirá un sistema de transporte eficiente, aeropuertos funcionales y, sobre todo, condiciones de seguridad que garanticen una experiencia positiva para los visitantes.

El tema de la gobernabilidad no es menor. Diversos grupos inconformes con las políticas del actual gobierno han anunciado movilizaciones y protestas. En un país donde la manifestación social es parte de la vida pública, el reto no es evitarlas, sino gestionarlas de manera que no escalen ni afecten el desarrollo del evento. La imagen internacional de México estará en juego, y cualquier episodio de violencia o descontrol podría tener repercusiones significativas.

La reinauguración del estadio, en este sentido, fue un ensayo general. Lo que ahí se vio —tanto lo bueno como lo malo— debe ser tomado como un llamado de atención. Hay tiempo para corregir, pero no margen para la improvisación. El Mundial no solo es una fiesta deportiva; es una vitrina global en la que se proyecta la capacidad de un país para organizar, coordinar y ofrecer hospitalidad.

En medio de este panorama, la Selección Nacional también carga con una responsabilidad simbólica. Más allá de los resultados, representa una narrativa de identidad. En un momento de tensiones internas y cuestionamientos, el equipo podría convertirse en un punto de encuentro, en un motivo de unidad. Pero para ello necesita recuperar la confianza de su afición, mostrar compromiso y, sobre todo, ofrecer un estilo de juego que conecte con el sentir de la gente.

La cuenta regresiva ya comenzó. México está a punto de colocarse, una vez más, en el centro del escenario mundial. La pregunta es si estará a la altura del reto o si, como en la reinauguración, las luces del estadio terminarán exhibiendo más de lo que se quería mostrar.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.