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Desde San Lázaro. El nuevo mapa político del continente. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Mar 2026
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Desde San Lázaro. El nuevo mapa político del continente. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/WhiteHouse

Por décadas, el combate al narcotráfico ha sido uno de los grandes temas pendientes del continente. Pero lo ocurrido este fin de semana en Miami parece marcar algo más profundo: el nacimiento de un nuevo alineamiento político en América Latina impulsado desde Washington.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reunió a doce mandatarios latinoamericanos en la cumbre denominada “Escudo de las Américas”, una iniciativa que pretende coordinar acciones regionales contra el narcotráfico, las pandillas transnacionales y el crimen organizado. La reunión se celebró en Florida y congregó a gobiernos ideológicamente cercanos al trumpismo, como los de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador y Daniel Noboa en Ecuador, además de los mandatarios de Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Honduras, Panamá, Paraguay, Guyana y Trinidad y Tobago.

La narrativa del encuentro es clara: formar una coalición hemisférica para enfrentar lo que Washington denomina narcoterrorismo. Trump incluso ha comparado la estrategia con la coalición internacional que combatió al Estado Islámico en Medio Oriente, sugiriendo que la amenaza de los cárteles exige un nivel similar de cooperación militar.

Pero detrás de la retórica de seguridad hay también una jugada política de gran escala.

Porque el Escudo de las Américas no es solo un frente antinarco. Es también un intento por reordenar el mapa ideológico del continente. Los doce países presentes comparten algo más que la preocupación por el crimen organizado: pertenecen, en su mayoría, a gobiernos de derecha o conservadores alineados con Washington.

Las ausencias son tan reveladoras como las presencias.

No fueron invitados tres de los países más grandes y estratégicos de América Latina: México, Brasil y Colombia. Los tres gobernados por líderes vinculados al progresismo latinoamericano: Claudia Sheinbaum, Luiz Ignácio Lula da Silva y Gustavo Petro.

En otras palabras, el nuevo frente hemisférico parece trazar una línea divisoria que recuerda viejas batallas ideológicas del continente. De un lado, los gobiernos que orbitan alrededor de Washington; del otro, los que se identifican con la tradición política que muchos ubican en el Foro de São Paulo, el espacio que durante décadas ha articulado a la izquierda latinoamericana.

Así, el combate al narcotráfico se convierte también en un instrumento de presión política.

Y en ese tablero, México aparece en el centro de la tormenta.

Durante la cumbre, Trump volvió a lanzar críticas directas contra el gobierno mexicano, afirmando que los cárteles “gobiernan México” y que Estados Unidos está dispuesto a hacer “lo que sea necesario” para erradicarlos. Incluso relató públicamente una conversación con la presidenta Sheinbaum en la que —según su versión— le habría pedido permiso para intervenir contra los grupos criminales en territorio mexicano.

Desde hace meses, la Casa Blanca ha venido escalando el tono al calificar a los cárteles mexicanos como organizaciones narcoterroristas. Ese concepto no es menor: abre la puerta jurídica, política y de intervención militar para justificar operaciones extraterritoriales bajo el argumento de seguridad nacional.

Y ese escenario, que hasta hace poco parecía una exageración retórica, empieza a tomar otra dimensión.

Sobre todo, después de las recientes operaciones militares estadounidenses fuera de su territorio —como la intervención en Venezuela que culminó con la captura de Nicolás Maduro— y las acciones contra líderes del crimen organizado en la región. En Washington ya no hablan de cooperación policial, sino de coaliciones militares.

Por eso, cuando Trump habla de erradicar a los cárteles “de una vez por todas”, no es una frase casual, sino una advertencia.

México ha sostenido históricamente una doctrina de soberanía que rechaza cualquier intervención extranjera en su territorio. Esa posición no ha cambiado con el nuevo gobierno. Pero las tensiones con Washington han escalado a un nivel que empieza a incomodar incluso a sectores que durante años defendieron una relación pragmática con Estados Unidos.

Porque una cosa es la cooperación en seguridad y otra muy distinta es la insinuación permanente de una intervención militar.

Las declaraciones de Trump hacia su contraparte mexicana han sido tantas y tan reiteradas que empiezan a calar en la relación bilateral. No solo por el tono, sino por el mensaje implícito: que la crisis de seguridad en México se ha convertido en un asunto de seguridad nacional para Estados Unidos.

Y cuando Washington coloca un problema en ese nivel de prioridad, la historia muestra que suele actuar.

Por eso, aunque hoy el “Escudo de las Américas” se presente como una alianza contra el narcotráfico, lo cierto es que estamos ante algo más amplio: un nuevo esquema de poder hemisférico donde la seguridad, la ideología y la geopolítica se entrelazan.

¿Habrá quedado el gobierno de Sheinbaum del lado incorrecto de la historia?, eso lo sabremos muy pronto.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.