Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. En riesgo la gobernabilidad. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 Mar 2026
185 veces
Desde San Lázaro. En riesgo la gobernabilidad. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/RicardoMonrealA

En toda democracia, la representación de las minorías cumple una función esencial para la estabilidad política. No se trata únicamente de repartir espacios de poder, sino de abrir canales institucionales para procesar el conflicto social. El Congreso, en teoría, es el lugar donde las tensiones políticas se transforman en debate y las diferencias encuentran cauces legales.

Cuando esos espacios se reducen o desaparecen, el riesgo es evidente: las voces que no encuentran representación dentro de las instituciones terminan buscando otras formas de expresión. Y en un país con la historia política de México, ese escenario no es menor.

A lo largo del siglo pasado, cada vez que se cerraron los canales institucionales para amplios sectores de la sociedad, las inconformidades terminaron trasladándose a las calles. Algunas de esas protestas dejaron episodios de profunda violencia, sangre y dolor que aún permanecen en la memoria colectiva.

Por eso el debate sobre la reforma electoral que finalmente llegó a la Cámara de Diputados no debería limitarse al argumento de cuánto cuesta la democracia mexicana. La discusión de fondo es otra: qué tan abiertos permanecerán los espacios de representación política y si el rediseño institucional que propone el gobierno no terminará debilitando los equilibrios que sostienen la gobernabilidad del país.

Tras meses de insinuaciones, borradores filtrados y amagos desde Palacio Nacional, la iniciativa aterrizó por fin en San Lázaro. Lo hizo, sin embargo, con menos filo del que anticipaban las primeras versiones. Un proyecto que en su concepción original prometía sacudir de raíz el sistema electoral mexicano terminó llegando algo “descafeinado”. Pero que nadie se engañe: aun en su versión moderada, la iniciativa representa el andamiaje legal que el oficialismo necesita para intentar consolidarse en el poder por varios lustros más.

La narrativa oficial ha sido clara y reiterada: el objetivo es abaratar la democracia. El argumento suena bien en tiempos de austeridad republicana. ¿Quién podría oponerse, en teoría, a reducir el costo del aparato electoral y del financiamiento a los partidos políticos?

El problema es que cuando se revisan los números con frialdad, el supuesto ahorro es marginal. La reducción de 25 por ciento en el financiamiento público a los partidos y la eliminación de los legisladores plurinominales —uno de los ejes de la propuesta— no implicarían un recorte sustancial en el gasto público. El impacto en las finanzas nacionales sería, en realidad, más simbólico que real.

Entonces, si el ahorro no es significativo, ¿cuál es el verdadero fondo de la reforma?

EL objetivo es crear un andamiaje electoral que impida la alternancia en el poder: rediseñar las reglas del juego electoral para favorecer al partido que hoy domina el mapa político del país. Morena ha demostrado capacidad para ganar elecciones en territorio, movilizar estructuras y capitalizar el arrastre de sus liderazgos, además contar con el apoyo de grupos criminales. Bajo esas condiciones, un sistema con menos contrapesos legislativos y con menor presencia de representación proporcional sería, naturalmente, más favorable al oficialismo.

La reforma plantea cambios en el Senado: la reducción del número de integrantes de 128 a 96 y el traslado a la Cámara de Diputados de la figura de primera minoría, es decir, la fórmula que permite otorgar representación a quienes quedan en segundo lugar en la contienda electoral.

Sobre el papel, el rediseño busca simplificar el modelo de representación. En la práctica, abre un debate mucho más profundo sobre los equilibrios del poder legislativo.

Porque si hay un cáncer que ha erosionado la legitimidad del Congreso mexicano es la sobrerrepresentación. Esa misma que hoy sostiene la mayoría calificada del oficialismo y que le ha permitido reformar la Constitución a una velocidad inédita. Gracias a esa ventaja legislativa, el bloque gobernante ha modificado decenas de artículos constitucionales en los últimos años, al punto de que la Carta Magna luce cada vez más distante de la que fue promulgada en 1917.

Cierto también que los privilegios y abusos de la partidocracia alimentaron durante años el descontento ciudadano. Las dirigencias partidistas convirtieron las listas plurinominales en un botín político donde los primeros lugares se repartían entre líderes, operadores y personajes cercanos a las cúpulas, garantizando escaños y curules sin necesidad de pedir un solo voto.

Pero eliminar ese mecanismo también tiene consecuencias estructurales. La representación proporcional fue creada precisamente para evitar que una sola fuerza política arrasara con el Congreso y para garantizar la presencia de minorías. Sin ese equilibrio, el sistema puede inclinarse hacia mayorías aún más dominantes.

Y ahí aparece una paradoja política interesante: quienes más podrían perder con esta reforma son los propios aliados del oficialismo.

El Partido Verde y el Partido del Trabajo han construido buena parte de su presencia legislativa gracias a la representación proporcional. Su capacidad para ganar distritos o estados completos es limitada, pero su supervivencia política se ha sostenido gracias a las listas plurinominales.

Eliminar o reducir ese mecanismo equivale, para varios partidos pequeños y medianos, a firmar su sentencia de muerte política.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.