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Desde San Lázaro. El tren Peña. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

06 Feb 2026
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Desde San Lázaro. El tren Peña. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/TrenInsurgente

De las poquísimas decisiones acertadas que tomó Andrés Manuel López Obrador a lo largo de su sexenio, por encima del cúmulo de ocurrencias, improvisaciones y vendettas políticas que marcaron su gobierno: fue continuar con la construcción del tren interurbano Ciudad de México–Toluca, una obra heredada de la administración de Enrique Peña Nieto y que, apenas hace una semana, fue finalmente inaugurada por la presidenta Claudia Sheinbaum, la gobernadora del Estado de México, Delfina Gómez, y la jefa de Gobierno capitalina, Clara Brugada.

El llamado Tren El Insurgente —o, como  se le conoce en tierras mexiquenses como el Tren  Peña— representa una de las obras de infraestructura más relevantes construidas en el centro del país en la última década. No sólo por su dimensión técnica y financiera, sino porque conecta dos de las zonas metropolitanas más importantes del país y atiende una demanda histórica de movilidad que ningún gobierno había querido enfrentar con seriedad.

El proyecto inició durante la administración de Peña Nieto, fue abandonado, politizado y ralentizado durante años, y aun así logró sobrevivir al vendaval ideológico de la llamada Cuarta Transformación. Hoy, con una extensión de 57.7 kilómetros, siete estaciones, 20 trenes de 100 metros de longitud y capacidad para 719 pasajeros cada uno, el Tren Interurbano CDMX–Toluca se perfila para atender una demanda estimada de 140 mil usuarios diarios. Además, cuenta con una conectividad estratégica: líneas 1 y 12 del Metro, la línea 3 del Cablebús, RTP, el CETRAM Observatorio y la Terminal de Autobuses del Poniente.

El contraste con otras decisiones tomadas bajo el mismo gobierno es brutal. Si el criterio de continuidad institucional, racionalidad técnica y responsabilidad patrimonial se hubiera aplicado al Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco, hoy el país contaría con una terminal aérea de clase mundial, con capacidad para mover más de 50 millones de pasajeros anuales y convertirse en un hub regional. En lugar de ello, López Obrador decidió cancelar una obra con más del 30 por ciento de avance, destruirla a un costo multimillonario y sustituirla por el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, un elefante blanco que sobrevive gracias a subsidios públicos, opera en números rojos y no ha logrado despegar ni en conectividad ni en competitividad.

El caso del tren interurbano deja una lección incómoda para el oficialismo: cuando se gobierna con el estómago y no con la cabeza, el daño no es político, es patrimonial. Cancelar obras por resentimiento, por fobia a los sexenios anteriores o por simple cálculo electoral no sólo frena el desarrollo, sino que condena al país a repetir errores costosos.

Las grandes obras transexenales —infraestructura ferroviaria, aeropuertos, presas, sistemas de transporte masivo— no son propiedad del presidente en turno. Son activos estratégicos de la Nación y deben respetarse, concluirse y evaluarse con criterios técnicos, no ideológicos. Cada obra abandonada es dinero público tirado a la basura, empleos perdidos y oportunidades desperdiciadas.

Hoy, la presidenta Sheinbaum presume —con razón— la inauguración del Tren El Insurgente como un logro de su administración. Sin embargo, convendría no olvidar su origen ni las resistencias que enfrentó. Porque la continuidad de esta obra no fue la regla, fue la excepción. Y eso es precisamente lo preocupante.

El Tren  Peña es prueba de que cuando se deja de lado la ideología y se privilegia el interés nacional, las cosas funcionan. Lástima que esa lección haya costado tanto aprenderla… y que, en otros casos, siga sin entenderse.

 Uno de los gobernadores que más obra pública impulsó en el Estado de México fue, precisamente, Enrique Peña Nieto. Durante su gestión en la entidad mexiquense dejó una huella clara en materia de infraestructura carretera, vialidades urbanas y proyectos de conectividad que transformaron regiones completas y sentaron las bases de su proyección nacional. Ya como presidente de la República mantuvo ese mismo criterio a escala federal, apostando por grandes proyectos de infraestructura con una visión de largo plazo. Su sexenio tuvo claroscuros, sin duda, pero también un sello personal para gobernar que se reflejó en nuevas carreteras y autopistas a lo largo del país, la modernización de puertos, obras logísticas estratégicas y el propio Tren Interurbano CDMX–Toluca.

El broche de oro de esa estrategia de infraestructura era, sin lugar a dudas, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco, concebido como un proyecto emblemático para colocar al país en la primera línea de la conectividad aérea global. Su cancelación por parte de López Obrador no sólo significó la destrucción de una obra avanzada, sino la ruptura con una lógica de Estado que entendía la infraestructura como palanca de desarrollo y no como botín político. El Tren Peña logró sobrevivir a esa lógica de demolición; Texcoco no. Y esa diferencia explica, mejor que cualquier discurso, por qué México avanza cuando hay continuidad institucional y retrocede cuando el poder se ejerce desde el rencor y la falacia.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.