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Desde San Lázaro. Valentía y entereza de la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Feb 2026
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Desde San Lázaro. Valentía y entereza de la presidenta. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

La aprehensión de Diego Rivera, presidente municipal de Tequila, Jalisco, no es un episodio menor ni un hecho aislado que deba leerse solo en clave policiaca. Se trata de una decisión política de alto calibre que envía un mensaje contundente desde Palacio Nacional: en el nuevo ejercicio del poder no habrá intocables, ni siquiera cuando el implicado sea un alcalde emanado de Morena. El costo político existe y es evidente, pero la presidenta Claudia Sheinbaum decidió asumirlo. Ese es, quizá, el dato más relevante del caso.

Durante años, la narrativa de la llamada Cuarta Transformación estuvo acompañada de una crítica recurrente: la protección implícita a los suyos, la tolerancia selectiva frente a señalamientos graves y la renuencia a tocar a cuadros propios para no dañar la imagen del movimiento. La detención del alcalde de Tequila rompe con ese molde y marca un punto de inflexión en la relación entre poder político y Estado de derecho. No se trató de una acción cómoda ni políticamente rentable, pero sí necesaria.

El mensaje es claro: la presidenta gobierna con la convicción de que los intereses de la ciudadanía y la vigencia del orden constitucional están por encima de cualquier interés de grupo, alianza partidista o cálculo electoral. En un país lastimado por la impunidad, la corrupción y la infiltración del crimen organizado en estructuras de gobierno local, la señal no podía ser más directa. La consigna es inequívoca: “caiga quien caiga”.

La figura de Diego Rivera, hoy bajo proceso por presuntos nexos con el narcotráfico, extorsión a empresas y otros delitos graves, no es solo la de un alcalde más. Es el símbolo de una práctica que se extendió en diversos partidos y regiones del país: candidaturas construidas con prisas, sin filtros reales, impulsadas por estructuras locales que muchas veces responden más a intereses económicos o criminales que a proyectos políticos. Que esta detención alcance a Morena no es una debilidad del sistema, sino una prueba de que se está dispuesto a corregirlo.

Desde San Lázaro, el golpe se resiente. Legisladores oficialistas saben que este tipo de acciones abren flancos, generan ruido mediático y ofrecen municiones a la oposición. Sin embargo, también reconocen —aunque sea en privado— que el mayor riesgo para el gobierno no es exhibir a un mal servidor público, sino protegerlo. La presidenta optó por el camino más difícil, pero también por el único que puede sostenerse en el largo plazo.

No es menor que, tras el escándalo, Morena haya anunciado que endurecerá los filtros para definir candidaturas rumbo a 2027. El reconocimiento implícito es contundente: algo falló y debe corregirse. La pregunta no es si habrá resistencias internas —las habrá—, sino si el partido está dispuesto a acompañar con hechos el discurso de depuración y autocrítica. De lo contrario, la narrativa presidencial quedaría aislada frente a las prácticas partidistas.

Este episodio también envía un mensaje a todas las franquicias políticas del país. No se trata solo de Morena. PAN, PRI, MC y aliados deben “poner sus barbas a remojar”. El combate a los malos servidores públicos no distingue colores ni siglas, y quien crea que la protección partidista es un blindaje permanente, se equivoca. La presidenta ha dejado claro que su ejercicio del poder no estará subordinado a acuerdos inconfesables ni a chantajes políticos.

En un contexto donde los gobiernos municipales suelen ser el eslabón más débil frente al crimen organizado, la detención del alcalde de Tequila adquiere una dimensión nacional. Es una advertencia a quienes, desde lo local, creen que pueden operar con impunidad amparados en el poder del cargo o en la cercanía con estructuras partidistas. Hoy, el mensaje es que no hay cargo menor cuando se traiciona la confianza pública.

La presidenta ha demostrado que tiene los tamaños políticos suficientes para no dejarse amedrentar ni por los criminales ni por aliados incómodos. En un país acostumbrado a la simulación, esa determinación no es menor. Falta ver si este será un hecho aislado o el inicio de una política sistemática de limpieza institucional. Por lo pronto, desde Palacio Nacional se ha enviado una señal que no admite interpretaciones: el poder se ejercerá con apego a la ley y compromiso con el pueblo, aun cuando el costo político sea alto.

La lectura es inevitable: el margen de tolerancia se terminó. Y eso, para bien o para mal, cambia las reglas del juego.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.