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Desde San Lázaro. El pacto de silencio de Brugada. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

05 Feb 2026
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Desde San Lázaro. El pacto de silencio de Brugada. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ClaraBrugadaM

La petición de Clara Brugada a los medios de comunicación para “bajarle” a la nota roja no es un gesto ingenuo ni un llamado bienintencionado. Es un mensaje político con destinatarios claros y con una lógica profundamente autoritaria: si la realidad incomoda al poder, entonces hay que callarla. No combatirla. No corregirla. Silenciarla.

Desde San Lázaro, el tema no ha generado el menor sobresalto. La mayoría legislativa, disciplinada y sumisa, ha optado por mirar hacia otro lado. Ni la Junta de Coordinación Política, ni la Comisión de Seguridad Ciudadana, ni la de Gobernación han considerado pertinente abrir un debate serio sobre la crisis de violencia en la Ciudad de México y, mucho menos, sobre el intento de acotar la libertad de expresión bajo el pretexto de la “responsabilidad informativa”.

El silencio legislativo no es casual. Es parte del mismo pacto no escrito que hoy se pretende imponer a los medios: no incomodar al poder, no cuestionar la narrativa oficial, no exhibir los fracasos de los gobiernos emanados de Morena. En la lógica del oficialismo, la función del Congreso no es fiscalizar, sino acompañar; no es debatir, sino justificar.

La realidad, sin embargo, es terca. La capital del país enfrenta una escalada delictiva que ya no puede maquillarse con discursos ni conferencias. Homicidios dolosos, ejecuciones a plena luz del día, extorsiones sistemáticas y zonas completas bajo control criminal son hechos documentados, no invenciones periodísticas. Y frente a eso, la exigencia de un “pacto de silencio” resulta no solo irresponsable, sino peligrosa.

Porque silenciar la cobertura de la violencia no reduce el delito. Lo encubre. Le da margen de maniobra a los criminales y envía un mensaje inequívoco: el Estado está más preocupado por controlar la información que por recuperar el control del territorio. A la ya evidente inoperancia de las fuerzas policiacas se suma ahora la pretensión de que los medios se autocensuren, so pena de enfrentar represalias presupuestales, administrativas o políticas.

Así operan los regímenes autoritarios: primero desacreditan a la prensa, luego la presionan y, finalmente, buscan domesticarla. El obradorismo lo hizo desde Palacio Nacional y ahora ese mismo manual se replica en el gobierno capitalino. Cambian los actores, pero no el método.

En la Cámara de Diputados local, mientras tanto, la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México no enfrenta comparecencias de fondo, no rinde cuentas claras y no es sometida a un escrutinio real. Las comisiones dictaminadoras prefieren debatir reformas intrascendentes antes que llamar a cuentas a quienes no han podido contener la violencia. El Congreso, una vez más, renuncia a su papel constitucional.

La paradoja es brutal: un poder legislativo que debería ser contrapeso se comporta como una extensión del ejecutivo; una jefa de Gobierno que debería garantizar libertades pretende acotarlas; y un Estado que fracasa en su obligación básica de brindar seguridad exige discreción informativa para no evidenciar su incompetencia.

No es la primera vez que ocurre. Ya se vio en entidades donde la violencia se salió de control y la solución fue maquillar cifras, minimizar hechos y estigmatizar a periodistas. Los resultados están a la vista: más impunidad, más control criminal y más descomposición institucional.

La libertad de expresión no es un estorbo para la gobernabilidad; es un termómetro democrático. Cuando un gobierno pide bajar la intensidad de la cobertura, lo que en realidad confiesa es su incapacidad para enfrentar el problema. Culpar a los medios es la salida fácil de quienes no tienen resultados que mostrar.

Clara Brugada gobierna la Ciudad de México, no un comité de propaganda. Su obligación no es proteger la imagen del movimiento, sino garantizar seguridad y derechos. Entre ellos, el derecho de la sociedad a saber qué está ocurriendo en sus calles y colonias.

La mayoría oficialista en el Congreso federal y local tiene una responsabilidad que hoy elude: defender la Constitución, la libertad de prensa y el equilibrio de poderes. Callar ante este tipo de mensajes es volverse cómplice. Porque cuando el poder exige silencio, lo que está anunciando es algo mucho más grave: que ha perdido el control y que está dispuesto a sacrificar libertades para ocultarlo y esa es siempre es la principal etiqueta del autoritarismo

La tentación de quien ostenta el poder de controlar la narrativa de los medios de comunicación, la toma por completo la 4T con el ejercicio de las mañaneras, creación de AMLO y replicada por Sheinbaum, y cuyo objetivo final es precisamente imponer a la cruda realidad, un México bizarro e irreal para que sea replicado y difundido por algunos medios de comunicación. Ahora con Clarita se le agrega la “amable” petición a los medios de comunicación de “bajarle” a la cobertura mediática, lo que representa una acción de censura y cooptación de la libertad de expresión. 

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.