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Desde San Lázaro. El caos y la inoperancia del Poder Judicial. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

17 Jul 2025
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Desde San Lázaro. El caos y la inoperancia del Poder Judicial. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SCJN

Desde hace varios días comenzó la desbandada de jueces y magistrados con motivo de la reforma judicial que alcanzó su vórtice con la elección de juzgadores el pasado 1 de junio y que, con la orquesta de acordeones, resultaron electos una nueva camada de jueces cuyos méritos jurídicos están en entredicho, no así su lealtad a la 4T.

Ante el descontento por la reforma judicial de AMLO y Sheinbaum, empleados e impartidores de justicia adelantan su retiro o presentan su renuncia lo que implica necesariamente el inicio de la crónica de la destrucción del Poder Judicial en donde los ciudadanos son los directamente afectados por la violación de sus derechos constitucionales debido al resquebrajamiento del sistema jurídico que los defienda ante abusos del poder público y en litigios ante particulares.

Tan solo en lo que va de este año, se han registrado más renuncias que en todo 2024 y como se observan las cosas, seguirá está práctica en los próximos días, además de que en buena parte de estos trabajadores judiciales recae el trabajo especializado que se hace en los juzgados, es decir, el Poder Judicial queda en el peor de los mundos; ya que por un lado, se va el personal más valioso y por otro, llegan juzgadores electos que, la gran mayoría de ellos, no tienen la experiencia ni los conocimientos para impartir justicia bajo criterios de independencia y autonomía con pleno respeto al orden constitucional.

Los cambios a la Constitución en materia de reforma judicial cancelaron el valor de los méritos para ascender a juez o magistrado y se privilegió el voto ciudadano por encima de la profesionalización y especialización.

Aunque se aprobó una nueva Ley de Carrera Judicial que establece que está continúe, sólo aplicará para llegar a ser secretarios y hasta ese nivel llega el ascenso.

La renovación de la gente de los órganos jurisdiccionales, aunado a que la gran mayoría de los jueces electos, ni siquiera tienen experiencia en la elaboración de un proyecto de sentencia y  menos en la impartición de justicia, coadyuvan a la destrucción del Poder Judicial.

Hay que sumarle a este caos, el enorme rezago que prevalece en los juzgados y a la falta de personal y si esto no fuera suficiente para presagiar la tormenta,  en la CDMX hay que agregar que, luego de un paro de labores de los trabajadores del Poder Judicial de la capital del país, por cerca de un mes, regresaron a sus faenas  hace una semana y ahora se disponen a gozar de sus vacaciones y muchos de ellos ya no regresarán a causa de su adelantado finiquito.

Las consecuencias y los daños  de las ocurrencias y  venganzas de un tabasqueño contra los ministros de la Suprema Corte y jueces,  han demolido a uno de los poderes de la Unión que fue precisamente una de las conquistas plasmadas por el constituyente en 1917

 Con una ligereza que asusta, la presidenta Sheinbaum, cada vez que puede, presume de contar con un Poder Judicial democrático, cuando per se, debe considerarse como un órgano jurisdiccional que vele por los derechos y obligaciones de todos los mexicanos.

No tienen idea del caos que se avecina y que, sin duda, compromete la misma gobernabilidad.

En momentos en que hay cerrar filas para resistir los embates del Donald Trump, la presidenta avala la destrucción del Poder Judicial y con ello asusta a las inversiones que generan la creación de empleos formales, desarrollo económico e incrementa los niveles de captación de impuestos.

Ningún país  del mundo puede crear los empleos que requiere la población sin la participación de la iniciativa privada y menos del capital, por ello, resulta un sueño guajiro apostarle a un Plan México, si se carece de un estado de derecho robusto y con pleno respeto a la Carta Magna.

Entre los aranceles de Trump y otro tipo de sanciones como el impedimento a ingresar ganado mexicano a Estados Unidos o la medida antidumping contra el jitomate; y la conformación de un nuevo entramado jurídico para vulnerar los derechos fundamentales y la destrucción del Poder Judicial; se enturbia la gestión de presidenta Sheinbaum quien tiene que enfrentar el estancamiento económica y la recesión.

Los diversos colectivos y observatorios especializados en temas jurídicos han reiterado que cerca del 60 por ciento de las candidaturas que estuvieron en juego el 1 de junio no contaba con carrera judicial y más del 70 por ciento de los aspirantes no tenían especialización en temas claves del derecho.

Si en la actualidad, cualquier individuo o persona moral que tenga la desgracia de dirimir sus diferencia en un juzgado o que pretenda que se le haga justicia, sabe que será una gran pérdida de tiempo, dinero y esfuerzo, para que, luego   después de años y amparos, se emita la sentencia respectiva, bueno, pues  a partir del 1 de agosto y por los menos en la mitad de los tribunales del país se vivirá un viacrucis más doloroso.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.