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Orbi 21. Cambio Climático, responsabilidad global. Por: Cristina Cardeño Gama Destacado

16 Ene 2020
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El escritor Jason W. Moore en su libro El Fin de la Naturaleza Barata aborda uno de los temas pendientes por resolver y que tanto trabajo le ha costado a la humanidad entender: éste es, sin duda, las causas del calentamiento global y el fin inminente de la relación humana con la naturaleza. Es decir, el sistema capitalista que rige a nuestro mundo. Gracias a dicho sistema nos hemos entendido ajenos a la naturaleza que nos rodea, como los ecosistemas más próximos a nosotros (la fauna y la flora citadina, como las plantas que encontramos en parques, camellones y jardineras de la ciudad). Ese desentendimiento es la gran causa del caos que enfrentamos hoy en día, sin que haya una solución fehaciente e inmediata que detenga el deterioro del planeta. A partir de ciertos momentos históricos en los que la humanidad comenzó a sentirse como un ente aparte de la naturaleza, el deterioro y el saqueo de ésta pasó a formar parte de la historia de la humanidad.

         Los ejemplos más impactantes que se pueden mencionar sobre los efectos del cambio climático han sucedido en los inicios de este año. Los incendios en Australia, que han consumido más de 15.000 hectáreas forestales y dejado víctimas mortales que habitaban las áreas afectadas, tanto humanos como miles de animales, es una consecuencia más del cambio climático tan acelerado que estamos presenciando. El año pasado fue de los más calurosos y secos registrado en Australia a lo que se le unen las condiciones meteorológicas con las que se inició el año.

         ¿Qué es lo que hace tan complejo encontrar una solución inmediata a esta crisis que hemos visto en diferentes formas y espacios? En primer lugar, el tipo de sistema consumista que seguirá velando por su propio crecimiento y producción desmedida basándose en los Four Cheaps que acertadamente define Jason Moore: trabajo, alimentos, energía y materias primas, siendo parte de éstas últimas las bien conocidas energías no renovables (petróleo, agua, fósiles, etc), por lo que si no se reestructura el mismo sistema, no se podrá llegar a una solución definitiva que ponga fin a la destrucción del planeta. En segundo lugar, entender que estos acontecimientos acarrean una responsabilidad global. No por el hecho de que se susciten en localidades específicas, como Australia en este caso o en la Amazonia de Brasil en agosto del año pasado, es responsabilidad única y exclusivamente de aquellos Estados. El mundo pertenece a todos los que lo habitamos (ecosistemas en su totalidad), por lo que el deshielo en los polos, el aumento de la temperatura global y como consecuencia el aumento del nivel del mar que ocasiona la desaparición de comunidades cercanas a las zonas costeras, así como la extinción de especies forestales o marítimas, por mencionar algunas de las muchas consecuencias que trae el gran problema del cambio climático, tienen que ser atendidas en conjunto y no aisladamente.

Con la reestructuración del sistema mencionado, llevada a cabo por acciones tanto locales como internacionales, se podrán mitigar los efectos de esta gran problemática, y por supuesto entendernos como una pequeña fracción de un todo. Entendernos parte de la misma naturaleza significa que atentar contra ella misma es como apuntarse directamente a los pies.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.