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Desde San Lázaro. Tiempo de acuerdos en el Congreso. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

03 Sep 2026
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Desde San Lázaro. Tiempo de acuerdos en el Congreso. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Mx_Diputados

Arrancó el primer periodo de sesiones del tercer año de la LXVI Legislatura con nuevos liderazgos en ambas cámaras y, contra lo que algunos anticipaban, la jornada inaugural transcurrió sin el zafarrancho que se preparaba alrededor de la entrega del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.

El mexiquense Higinio Martínez, al frente de la Mesa Directiva del Senado, y el ecologista Raúl Bolaños, en la Cámara de Diputados, cumplieron con creces su primera prueba política al mantener los cauces institucionales, contener los ánimos de las bancadas y permitir que Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, entregara el informe presidencial sin que San Lázaro terminara convertido nuevamente en arena de insultos, empujones y descalificaciones.

No es poca cosa considerando el nivel de polarización que existe en el Congreso.

PAN y PRI preparaban una protesta política durante la ceremonia y correspondió a los nuevos liderazgos parlamentarios realizar el trabajo previo para evitar que la confrontación escalara y garantizar que se cumpliera el protocolo constitucional.

El problema es que esa capacidad para dialogar, negociar y construir acuerdos aparece generalmente cuando el oficialismo necesita que las cosas salgan bien.

Cuando Morena requiere aprobar una reforma, garantizar una ceremonia republicana, reunir votos o cuidar la imagen institucional del Congreso, entonces sí aparecen las llamadas telefónicas, las reuniones privadas, los buenos modales y las invocaciones a la pluralidad.

Pero cuando ya no necesita a la oposición, desaparece misteriosamente la vocación democrática.

Esa ha sido una de las características más preocupantes del Poder Legislativo durante los últimos años: Morena y sus aliados utilizan su mayoría como sustituto del diálogo.

Tener los votos suficientes para aprobar una iniciativa no significa tener siempre la razón.

En cualquier democracia madura, las mayorías gobiernan, pero las minorías participan, fiscalizan, proponen y obligan al poder a explicar sus decisiones. El Congreso existe precisamente para procesar diferencias, no para convertirse en una oficialía de partes del Ejecutivo.

Por ello resulta importante tomarles la palabra a Higinio Martínez y Raúl Bolaños cuando aseguran que durante sus respectivas presidencias habrá respeto, institucionalidad y diálogo con todas las fuerzas políticas.

Pero deberán demostrarlo cuando lleguen las votaciones difíciles.

La primera gran prueba será el paquete económico para 2027.

Ahí veremos si la disposición al diálogo expresada durante la instalación del periodo legislativo es auténtica o simplemente formó parte de la cortesía política necesaria para recibir el informe presidencial.

Porque discutir el Presupuesto de Egresos y la Ley de Ingresos significa decidir quién recibe recursos y quién tendrá que esperar otro año.

Hospitales, medicamentos, universidades, seguridad pública, carreteras, infraestructura hidráulica, estados, municipios, pensiones, programas sociales, Pemex, CFE y los proyectos prioritarios del gobierno competirán nuevamente por una cobija presupuestal que cada año resulta más pequeña frente al tamaño de los compromisos adquiridos.

Allí deberían escucharse las propuestas de PAN, PRI y Movimiento Ciudadano.

No porque la oposición deba imponer el presupuesto —para eso existe una mayoría surgida de las urnas—, sino porque el dinero público pertenece a todos los mexicanos y no solamente al partido gobernante.

Sería saludable que Morena permitiera incorporar propuestas opositoras viables sobre seguridad, salud, educación, infraestructura y fortalecimiento de estados y municipios.

Más importante todavía será comenzar a enfrentar el elefante dentro de la habitación: el déficit fiscal.

El gobierno de Claudia Sheinbaum recibió unas finanzas públicas extraordinariamente presionadas por los compromisos heredados del sexenio anterior, el creciente costo de las pensiones, los programas sociales, las necesidades financieras de Pemex y las inversiones requeridas para mantener operando y completar diversos proyectos de infraestructura.

Y tantos gastos más que resulta imposible atender a todos, sin embargo, hay que priorizar el gasto para atender las necesidades más acuciantes de los mexicanos y no diseñarlo bajo una visión electoral, pero bueno la última palabra la tienen en Palacio Nacional y no en el Congreso

Si Higinio Martínez y Raúl Bolaños quieren dejar huella como presidentes de sus respectivas cámaras, tendrán que demostrar que el Congreso recuperó algo de su función deliberativa.

Hay que hacer uso de la buena política, no de la grilla, la traición, la simulación y la demagogia.

Por su parte, el PAN, PRI y MC tendrán que abandonar la tentación del espectáculo permanente y presentar propuestas presupuestarias técnicamente sustentadas. Si quieren denunciar despilfarros, deberán decir exactamente dónde recortar; si exigen mayores recursos para salud o seguridad, tendrán que explicar de dónde obtenerlos; y si demandan reducir el déficit, deberán asumir el costo político que implica ajustar el gasto.

México necesita un Congreso que vuelva a discutir, negociar y corregir, no una ventanilla legislativa del Poder Ejecutivo.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.