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Desde San Lázaro. El legado que Sheinbaum todavía puede construir. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

02 Sep 2026
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Desde San Lázaro. El legado que Sheinbaum todavía puede construir. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

Si los primeros dos años del gobierno de Claudia Sheinbaum estuvieron determinados en buena medida por administrar la pesada herencia de Andrés Manuel López Obrador, los cuatro restantes tendrán que servir para algo mucho más trascendente: construir su propio legado. La historia difícilmente juzgará a la primera mujer presidenta de México únicamente por las obras que inaugure, los programas sociales que mantenga o las elecciones que gane Morena, sino por su capacidad para corregir aquello que recibió, incluso cuando hacerlo implique romper definitivamente con decisiones, personajes y dogmas de su antecesor.

El tiempo de responsabilizar a la herencia como maldita comienza a agotarse. A partir del tercer año, cada problema que permanezca sin solución será responsabilidad directa de Sheinbaum. La precariedad de las finanzas públicas, Pemex, la insuficiencia de recursos para infraestructura, salud y educación, la inseguridad, las desapariciones, los apagones en extensas regiones del país, la debilidad del Estado de derecho, la deuda pública y la incertidumbre que frena nuevas inversiones ya no podrán cargarse indefinidamente a López Obrador o administraciones pasadas.

El primer gran reto será fiscal. México necesita discutir seriamente una reforma que fortalezca los ingresos públicos sin convertirse simplemente en una maquinaria para cobrar más impuestos a los mismos contribuyentes. La OCDE insiste en que el país requiere fortalecer sus ingresos, mejorar la calidad del gasto y construir espacio presupuestario para inversiones productivas.

Una reforma fiscal responsable tendría que ensanchar la base de contribuyentes, combatir realmente la informalidad, perseguir la evasión y el contrabando, revisar privilegios fiscales y, sobre todo, garantizar que cada peso adicional termine en infraestructura, salud, educación, seguridad y desarrollo. Cobrar más para mantener un aparato gubernamental ineficiente sería políticamente suicida; recaudar mejor para construir un Estado capaz de cumplir sus obligaciones sería una reforma de Estado.

El segundo gran desafío está en el Poder Judicial. A un año de la entrada en operación del nuevo modelo persisten tensiones administrativas, cuestionamientos sobre su imparcialidad y problemas derivados de su reorganización. Además, la incertidumbre institucional ya aparece entre los factores que inquietan a potenciales inversionistas. Reuters reporta que las dudas sobre el futuro del T-MEC y sobre el sistema judicial están frenando nuevas inversiones, precisamente cuando México debería aprovechar como nunca su posición geográfica frente al mercado norteamericano.

Sheinbaum tendría entonces que impulsar una corrección de fondo a la reforma judicial. No para regresar al viejo sistema con todos sus vicios, sino para garantizar algo elemental en cualquier democracia: que un juez no le deba el cargo al gobierno, al partido dominante, a intereses económicos ni a grupos criminales. Independencia, autonomía presupuestaria, profesionalización, carrera judicial y mecanismos rigurosos de selección deben convertirse nuevamente en pilares del sistema. La justicia no puede ser oficialista ni opositora; simplemente tiene que ser justicia.

El tercer reto será económico. México conserva enormes ventajas competitivas, pero la ventana de oportunidad no permanecerá abierta eternamente. La inversión extranjera directa alcanzó cifras históricas durante el primer semestre de 2026, pero buena parte correspondió a reinversión de utilidades, mientras la inversión nueva cayó 13 por ciento. Esa señal debería encender todas las alarmas en Palacio Nacional.

Por eso la relación con Donald Trump será determinante. Sheinbaum ha descubierto que frente al presidente norteamericano sirven más el pragmatismo, la comunicación directa y la negociación que la retórica nacionalista. México no puede darse el lujo de convertir a Estados Unidos en enemigo político cuando más de 80 por ciento de sus exportaciones tienen como destino ese mercado. La revisión del T-MEC, los aranceles, migración, seguridad, fentanilo y las investigaciones norteamericanas sobre políticos mexicanos obligarán a mantener un diálogo permanente, incluso cuando resulte incómodo.

Aquí aparece quizá la decisión política más difícil del sexenio: si desde Washington surgen acusaciones sustentadas contra funcionarios, gobernadores o dirigentes vinculados con organizaciones criminales, la presidenta tendrá que escoger entre proteger lealtades heredadas o defender al Estado mexicano. No puede haber soberanía utilizada como refugio de impunidad. La mejor defensa frente a las presiones extranjeras es que México investigue, procese y castigue a sus propios delincuentes, tengan o no fuero, partido o padrino político.

Claudia Sheinbaum ya tiene asegurado un lugar en los libros de historia por haber sido la primera mujer en ocupar la Presidencia de la República, pero su verdadera dimensión histórica dependerá de algo mucho más complicado: demostrar que llegó a Palacio Nacional no para custodiar al obradorato, sino para gobernar México conforme a las circunstancias de su tiempo y al orden constitucional

La emancipación política deberá ser total. No necesariamente mediante una confrontación pública con AMLO, sino recuperando plenamente las facultades presidenciales, alejando a personajes que representen costos para el país, reconstruyendo contrapesos institucionales, garantizando una justicia independiente y colocando la relación con Estados Unidos por encima de filias ideológicas.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.