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Desde San Lázaro. El derecho de las audiencias sobre la mañanera. Por: Alejo Sánchez Cano

05 Ago 2026
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Desde San Lázaro. El derecho de las audiencias sobre la mañanera. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

Ahora que el gobierno federal abrió la consulta pública sobre el llamado derecho de las audiencias, valdría la pena ampliar el debate y colocar en el centro a los ciudadanos, no al poder. Si de verdad se pretende fortalecer los derechos de las audiencias, éstos no pueden limitarse exclusivamente a los medios de comunicación concesionados; también deben alcanzar a la comunicación gubernamental.

Los mexicanos tenemos derecho a recibir información veraz, verificable y completa, independientemente de quién la emita. Ese principio debe ser exigible tanto para un noticiario de radio o televisión como para las conferencias matutinas del gobierno, que hoy constituyen uno de los principales instrumentos de comunicación política del Estado. Cuando desde cualquier instancia pública se difundan datos inexactos, afirmaciones sin sustento, mentiras, o información que posteriormente resulte incorrecta, debería existir un mecanismo institucional ágil que permita su aclaración o rectificación oportuna. No se trata de censurar al gobierno ni de limitar la libertad de expresión de los servidores públicos, sino de garantizar el derecho de los ciudadanos a recibir información confiable.

En una democracia, el derecho de las audiencias también debe traducirse en el derecho de la sociedad a exigir transparencia y rendición de cuentas. La desaparición del INAI dejó un vacío institucional que aún genera interrogantes sobre la eficacia de los mecanismos disponibles para garantizar el acceso a la información pública. La confianza ciudadana depende, precisamente, de que toda autoridad esté obligada a explicar y documentar el destino de los recursos públicos y las decisiones que adopta.

Por ello, cualquier decisión de reservar información pública debe estar plenamente justificada dentro de los supuestos previstos por la ley y sujetarse a controles efectivos. La ciudadanía tiene un interés legítimo en conocer cómo se administran los bienes públicos, cómo se celebran los contratos gubernamentales y cuáles son los fundamentos de las decisiones que comprometen recursos de todos los mexicanos. La transparencia no puede depender únicamente de la voluntad política del gobierno en turno, sino de instituciones sólidas y reglas claras.

Si, como se ha señalado, el Ejecutivo federal prepara un decreto para ampliar el acceso a la información pública, preservando únicamente las reservas que legalmente correspondan por razones de seguridad nacional u otras excepciones previstas en la ley, esa decisión deberá traducirse en mecanismos efectivos que permitan a cualquier ciudadano obtener información pública de manera oportuna y verificable.

La democracia se fortalece cuando el poder acepta el escrutinio, responde con datos comprobables y corrige los errores cuando éstos ocurren. Por el contrario, la polarización, la descalificación permanente de quienes piensan distinto y el predominio de la propaganda sobre los hechos erosionan la confianza pública y debilitan la calidad del debate democrático.

El verdadero derecho de las audiencias no consiste únicamente en regular a los medios de comunicación. También implica que los gobernantes asuman el compromiso de comunicar con rigor, rectificar cuando sea necesario, rendir cuentas de sus decisiones y respetar el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad. Sólo así la información pública dejará de ser un instrumento de confrontación política para convertirse en un auténtico bien al servicio de la democracia.

AMLO en su sexenio acumuló miles de mentiras vertidas tanto en las mañaneras como en sus declaraciones públicas, tan absurdas como estúpidas, como es el caso de que tendremos un sistema de salud como Dinamarca, el litro de gasolina a 10 pesos, se terminó el huachicoleo, que se acabó la corrupción y que no se endeudó al país o que, con la construcción del tren Maya, no se cortó ningún árbol.

Buena parte del espacio de propaganda gubernamental en tiempos de El Peje fue utilizada también, para despotricar contra los que no pensaban como él y en gobernar en base a mentiras.

Esta práctica se retomó en el actual gobierno con una retahíla de falacias cotidianas y que, por ello, pierde total credibilidad su ejercicio de comunicar

Para el gobierno de la 4T solo existe una verdad y es la de ellos y por ello ahora se piensa regular la libertad de expresión y el derecho a la información, bajo la tutela de un censor gubernamental que sancione a los medios electrónicos que no se alineen al mensaje del oficialismo.

En esa misma lógica debería haber un censor ciudadano que sancione a los funcionarios públicos que mienten sobre el ejercicio de recursos públicos y sobre asuntos de interés general.

¿Dónde está el derecho de las audiencias sobre la mañanera?

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.