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Desde San Lázaro. Lo castigan fuera de México. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

22 Jul 2026
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Desde San Lázaro. Lo castigan fuera de México. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/

Ella pidió a Estados Unidos que lo repatriaran luego de su “secuestro ilegal de territorio nacional”, hoy, fue sentenciado a cadena perpetua.

La justicia puede llegar tarde, demasiado tarde incluso, pero finalmente alcanza a quienes durante décadas parecieron intocables. Ismael “El Mayo” Zambada, uno de los narcotraficantes más poderosos de la historia contemporánea de México, fue condenado a cadena perpetua por una corte federal de Brooklyn, Nueva York, y deberá entregar 15 mil millones de dólares producto de sus actividades criminales.

A sus 76 años, la sentencia significa, en los hechos, que Zambada morirá en una prisión estadounidense.

El juez Brian Cogan terminó con una carrera criminal de casi cuatro décadas durante las cuales El Mayo encabezó una organización responsable del tráfico de enormes cantidades de cocaína, heroína, metanfetaminas y fentanilo hacia Estados Unidos, además de una estructura construida mediante asesinatos, secuestros, corrupción y lavado de dinero.

Sin embargo, la sentencia deja abierta una pregunta mucho más incómoda para México:

¿Cómo pudo permanecer libre durante tantos años?

Porque El Mayo no era un fantasma.

En Sinaloa, particularmente en Culiacán y en las zonas serranas donde ejercía influencia, desde hacía décadas circulaban historias sobre sus movimientos, propiedades, reuniones y lugares frecuentados. Mientras Joaquín “El Chapo” Guzmán entraba y salía de prisión, Zambada construyó un modelo diferente: bajo perfil, corrupción, protección territorial y una extensa red de relaciones que le permitió mantenerse fuera de las cárceles mexicanas.

Y precisamente ahí aparece el verdadero problema.

Ninguna organización criminal puede convertirse en una estructura multinacional, mover toneladas de drogas, lavar miles de millones de dólares y operar durante décadas sin encontrar complicidades dentro de instituciones públicas.

El propio Zambada reconoció al declararse culpable en agosto de 2025 que durante décadas dirigió una organización criminal que utilizó corrupción y violencia para garantizar sus operaciones. El Departamento de Justicia estadounidense documentó que encabezó el Cártel de Sinaloa desde finales de los años ochenta hasta su captura en julio de 2024.

Por eso sería demasiado cómodo cerrar este capítulo diciendo simplemente que cayó El Mayo.

Falta saber quiénes lo protegieron.

Qué funcionarios recibieron dinero, quiénes permitieron sus operaciones, qué policías miraron hacia otro lado, qué autoridades conocieron sus movimientos y, sobre todo, hasta dónde llegaron sus redes de protección política durante los distintos gobiernos federales.

Ahí está la verdadera bomba de tiempo.

La justicia estadounidense ha demostrado que no pretende quedarse únicamente con los grandes capos. Washington ha endurecido considerablemente su estrategia contra los cárteles mexicanos y mantiene abiertas investigaciones contra integrantes del Cártel de Sinaloa y otras organizaciones criminales.

El mensaje que llega desde Estados Unidos resulta particularmente incómodo para la clase política mexicana: la investigación no necesariamente termina cuando el narcotraficante entra en prisión.

Puede comenzar precisamente ahí.

Porque Zambada conoce como pocos las entrañas de cuatro décadas del narcotráfico mexicano. Conoce nombres, rutas, operadores financieros, intermediarios, policías, militares, empresarios y funcionarios con quienes su organización tuvo contacto.

Ese conocimiento constituye un archivo viviente de la relación entre narcotráfico, corrupción y poder.

La caída del Mayo también exhibe otra realidad dolorosa: nuevamente fue Estados Unidos y no México donde terminó enfrentando una sentencia definitiva uno de los criminales mexicanos más importantes.

Ocurrió antes con Joaquín “El Chapo” Guzmán, condenado a cadena perpetua en 2019, y ahora ocurre con Zambada.

México debería preguntarse por qué.

¿Por qué nuestros grandes narcotraficantes terminan respondiendo ante jueces estadounidenses mientras durante décadas construyen imperios criminales prácticamente frente a las autoridades mexicanas?

La respuesta seguramente no está únicamente en la capacidad de fuego de los cárteles.

Está también en la corrupción institucional que permitió su crecimiento.

El gobierno de Donald Trump seguramente capitalizará políticamente la sentencia como una victoria dentro de su estrategia contra los cárteles mexicanos. Y habrá más presión sobre México, particularmente ahora que Washington considera al narcotráfico y al fentanilo asuntos directamente vinculados con su seguridad nacional.

Por ello nadie debería sorprenderse con la aparición de expedientes relacionados con servidores públicos, exfuncionarios o personajes políticos.

Si existen pruebas, tendrán que responder ante la justicia, la de allá, porque la de acá es irresponsablemente omisa.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.