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Desde San Lázaro. No destruyan la unidad de los mexicanos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Jul 2026
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Desde San Lázaro. No destruyan la unidad de los mexicanos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/julian_quiones3

Durante varias semanas México vivió un fenómeno poco común. La Selección Nacional de futbol consiguió lo que ningún partido político ha podido lograr en los últimos años –desde el triunfo de FOX, en 2000-: unir a millones de mexicanos bajo una misma bandera. En las plazas públicas, en las casas, en los centros de trabajo y en las calles desaparecieron, aunque fuera por unos días, las diferencias ideológicas. No había chairos ni fifís; tampoco conservadores ni progresistas. Había simplemente mexicanos apoyando al Tricolor.

Pero la fiesta terminó y regresó la cruda realidad.

La agenda política vuelve a ocupar el centro del debate nacional y, con ella, la narrativa de confrontación que ha dominado la vida pública desde hace varios años. De nueva cuenta aparecen los discursos que dividen a la sociedad entre buenos y malos, entre pueblo y élites, entre patriotas y traidores, entre quienes respaldan al gobierno y quienes lo cuestionan.

La polarización se ha convertido en un instrumento de competencia política.

Desde la óptica del oficialismo, mantener movilizada a su base electoral requiere construir adversarios permanentes. Es una estrategia que diversos analistas han identificado en gobiernos populistas de distintas latitudes: fortalecer la identidad política mediante la confrontación constante. En América Latina, ese modelo fue desarrollado ampliamente durante los gobiernos de Hugo Chávez y posteriormente de Nicolás Maduro en Venezuela, donde la división política terminó permeando prácticamente todos los ámbitos de la vida nacional.

La pregunta es si esa estrategia sigue siendo funcional para México.

Porque mientras el discurso interno insiste en profundizar las diferencias, el país enfrenta desafíos externos que demandan exactamente lo contrario: unidad nacional.

La relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá no produjo los resultados que esperaba el gobierno mexicano y la incertidumbre comercial comienza a reflejarse en las decisiones de inversión, en la generación de empleos y en las expectativas de crecimiento económico.

La economía difícilmente podrá mantenerse al margen de ese escenario.

Los organismos nacionales e internacionales han venido ajustando sus expectativas de crecimiento para México, mientras la inversión privada mantiene una actitud de cautela frente al entorno internacional y a diversos factores internos relacionados con el Estado de derecho, la seguridad pública y la certidumbre regulatoria.

En ese contexto, el país necesitaría construir consensos mínimos para enfrentar una etapa económica que no luce sencilla.

Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario.

Desde Palacio Nacional continúa privilegiándose una narrativa de confrontación política que, lejos de contribuir a la reconciliación nacional, profundiza las diferencias entre los distintos sectores de la sociedad.

Paradójicamente, esa estrategia podría terminar convirtiéndose en un auténtico harakiri político.

Porque ningún gobierno puede aspirar a consolidar el crecimiento económico mientras mantiene permanentemente enfrentados a empresarios con autoridades, inversionistas con reguladores, oposición con gobierno y ciudadanos entre sí.

Las inversiones no sólo observan indicadores macroeconómicos; también evalúan estabilidad política, gobernabilidad, fortaleza institucional, estado de derecho, certidumbre y capacidad para construir acuerdos.

A ello deben sumarse los problemas estructurales que siguen sin encontrar solución.

La inseguridad y los narcoterroristas continúan siendo uno de los principales obstáculos para el desarrollo económico y social. El sistema de salud enfrenta carencias en infraestructura, medicamentos y personal especializado. El rezago educativo se profundizó después de la pandemia y aún persisten importantes desafíos en calidad y cobertura. Las finanzas públicas enfrentan crecientes presiones derivadas del costo financiero de la deuda, del aumento del gasto social y de las necesidades de apoyo a empresas estratégicas como Pemex y la Comisión Federal de Electricidad.

Ninguno de esos problemas se resolverá con discursos polarizantes.

Por el contrario, todos requieren acuerdos políticos, diálogo institucional y una visión de largo plazo que coloque los intereses nacionales por encima de las ventajas electorales de corto plazo.

La administración de Claudia Sheinbaum será evaluada por sus resultados, no por su capacidad para mantener movilizada a una base política.

Mientras tanto, Morena ya tiene puesta la mirada en las elecciones intermedias del próximo año y, desde ahora, también en la sucesión presidencial de 2030. Es una estrategia políticamente comprensible, pero que corre el riesgo de anteponer los objetivos electorales a las necesidades inmediatas del país.

México acaba de demostrar, gracias al futbol, que cuando existe una causa común los mexicanos son capaces de dejar de lado diferencias ideológicas y caminar en la misma dirección.

Ningún país construye un futuro de prosperidad enfrentando permanentemente a sus propios ciudadanos. La unidad nacional no debería ser un recurso reservado para los estadios; tendría que convertirse en el principal activo para enfrentar los enormes desafíos económicos, sociales y políticos que hoy tiene México.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.