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Desde San Lázaro. El miedo electoral del oficialismo. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

01 Jun 2026
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Desde San Lázaro. El miedo electoral del oficialismo. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Mx_Diputados

La velocidad con la que se aprobaron las reformas constitucionales para aplazar la elección judicial y establecer la intervención extranjera como causal de nulidad electoral debería encender todas las alarmas en una democracia. Por el contenido en sí mismo y por la prisa inusual con la que Morena y sus aliados decidieron modificar las reglas del juego político.

En menos de 48 horas, 22 congresos estatales dieron su aval a la reforma que pospone para 2028 la siguiente elección judicial, mientras que 21 legislaturas hicieron lo propio con la nueva causal de nulidad electoral por intervención extranjera. El trámite fue tan expedito que este lunes el Congreso de la Unión realizará la declaratoria de constitucionalidad para enviar ambas reformas al Diario Oficial de la Federación. Se trata de un proceso legislativo que difícilmente encuentra precedentes en la historia reciente del país.

La pregunta es inevitable: ¿por qué tanta urgencia?

La reforma sobre intervención extranjera establece que podrán anularse elecciones federales y locales cuando se acredite que hubo financiamiento ilícito, propaganda, manipulación digital o acciones de gobiernos extranjeros que influyan en los resultados. El problema es que nadie sabe todavía cómo se acreditará dicha intervención, qué autoridad la determinará, cuáles serán los estándares probatorios ni cuáles serán los límites de interpretación. Las leyes secundarias ni siquiera han sido aprobadas. De hecho, especialistas han advertido que la reglamentación fue retirada del proceso legislativo precisamente porque no existía consenso sobre sus alcances.

En otras palabras, primero se creó la sanción y después se discutirán las reglas para aplicarla.

La ambigüedad resulta particularmente delicada cuando el oficialismo controla amplios espacios de decisión institucional. Morena no solamente cuenta con mayoría en el Congreso de la Unión y en la mayoría de los congresos estatales; también ha consolidado una influencia determinante en los órganos encargados de organizar y calificar las elecciones.

Por eso llama la atención que, paralelamente, el mismo paquete de reformas incluya beneficios para magistrados electorales cuya actuación ha sido ampliamente cuestionada por la oposición. La modificación aprobada permitirá que magistrados como Mónica Soto, Felipe de la Mata y Felipe Fuentes puedan competir para permanecer en el Tribunal Electoral más allá de los plazos originalmente previstos. Diversas estimaciones señalan que algunos de ellos podrían extender su permanencia hasta 2033 o incluso 2034, acumulando más de una década en posiciones clave para la vida democrática nacional.

Estos mismos magistrados participaron en resoluciones fundamentales para el oficialismo, entre ellas la validación de la sobrerrepresentación legislativa que permitió a Morena y sus aliados construir una mayoría constitucional en el Congreso. Una mayoría que, según especialistas y partidos de oposición, no reflejaba de manera exacta la proporción de votos obtenida en las urnas.

La coincidencia política resulta demasiado evidente para ignorarla.

Mientras tanto, la elección judicial originalmente programada para 2027 fue trasladada a 2028 bajo el argumento de corregir errores operativos y mejorar los mecanismos de selección de candidatos. 

Las democracias sólidas construyen instituciones imparciales para garantizar la competencia política. Los gobiernos con vocación hegemónica modifican las reglas cuando perciben riesgos para su permanencia.

La velocidad con la que se aprobaron estas reformas revela una preocupación evidente dentro del oficialismo. A pesar de controlar la Presidencia, la mayoría de los gobiernos estatales, ambas cámaras del Congreso y buena parte de los organismos electorales, Morena parece actuar como si enfrentara una amenaza inminente.

Quizá porque las elecciones intermedias de 2027 comienzan a asomarse en el horizonte.

Quizá porque las acusaciones de presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han deteriorado la narrativa gubernamental.

O quizá porque, después de años de concentración de poder, el oficialismo entiende que ninguna hegemonía es eterna.

Lo cierto es que cuando un gobierno acelera reformas electorales sin reglas claras, amplía las facultades para anular elecciones y premia a quienes le han sido políticamente útiles, la sospecha deja de ser una exageración opositora para convertirse en una preocupación legítima de cualquier demócrata.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.