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Desde San Lázaro. Magistrados eternos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

29 May 2026
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Desde San Lázaro. Magistrados eternos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/TEPJF_informa

La posibilidad de permitir la reelección de magistrados electorales en México no es una simple reforma administrativa ni un ajuste técnico al sistema judicial-electoral. Se trata de una decisión con profundas implicaciones políticas que garantiza el control del oficialismo sobre el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

La propuesta que se aprobó en la Cámara de Diputados –pasará a la de senadores- permitiría que algunos magistrados de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación permanezcan hasta 17 años en el cargo. Una auténtica eternización en posiciones que deberían caracterizarse por la imparcialidad, la temporalidad y la independencia.

El tema ha generado enorme inquietud en el ámbito político y entre especialistas en derecho constitucional, no solo por la duración de los cargos, sino por los nombres que resultarían directamente beneficiados: Mónica Soto, Felipe de la Mata Pizaña y Felipe Fuentes Barrera.

Los tres magistrados jugaron un papel decisivo en una de las resoluciones más controvertidas del proceso electoral de 2024: la validación de la sobrerrepresentación legislativa que permitió a Morena y sus aliados alcanzar una mayoría calificada en el Congreso.

Aunque el oficialismo obtuvo alrededor del 54 por ciento de la votación para la Cámara de Diputados, terminó controlando cerca del 73 por ciento de las curules gracias a la distribución de legisladores plurinominales avalada por el Tribunal Electoral. En el Senado ocurrió algo similar, otorgándole al bloque gobernante una capacidad legislativa muy superior al porcentaje real de votos obtenido en las urnas.

Esa decisión fue clave para que Morena pudiera avanzar en reformas constitucionales estratégicas, particularmente en materia judicial y electoral.

Sin aquella interpretación favorable del Tribunal, el oficialismo habría enfrentado enormes dificultades para construir la mayoría requerida para modificar la Constitución.

Así que la eventual eternización en el cargo de magistrados representa una recompensa política.

El mensaje sería devastador para la credibilidad institucional del Tribunal Electoral: quienes tomaron decisiones favorables al poder reciben como premio la posibilidad de prolongar su permanencia durante casi dos décadas.

La democracia necesita árbitros electorales independientes, no funcionarios cuya permanencia dependa de la cercanía política con el gobierno en turno.

La Sala Superior del Tribunal Electoral es la última instancia encargada de calificar elecciones presidenciales, resolver impugnaciones y garantizar la legalidad de los procesos democráticos. Su autonomía resulta fundamental para preservar la confianza ciudadana en las elecciones.

Permitir que magistrados permanezcan hasta 17 años en el cargo rompe con el principio republicano de renovación institucional y abre la puerta a la captura política de los órganos electorales.

Ninguna democracia sólida puede funcionar adecuadamente cuando los árbitros parecen alineados con uno de los equipos en competencia.

Además, la propuesta llega en un contexto especialmente delicado.

La reforma judicial impulsada por el oficialismo ya generó fuertes críticas por debilitar la autonomía del Poder Judicial mediante la elección popular de jueces y magistrados. Ahora, la posibilidad de reelegir magistrados electorales profundiza la percepción de que Morena busca consolidar un control a largo plazo sobre las instituciones encargadas de organizar, vigilar y calificar las elecciones.

En otras palabras, el oficialismo no solo busca ganar elecciones; también pretende controlar a quienes las arbitran.

El argumento de quienes defienden la reforma sostiene que la experiencia y continuidad de los magistrados permitiría fortalecer la estabilidad institucional. Pero la experiencia internacional demuestra justamente lo contrario: los periodos excesivamente largos suelen generar redes de influencia política, burocracias cerradas, pérdida de independencia y corrupción.

En democracias consolidadas, los límites temporales existen precisamente para evitar la concentración prolongada de poder.

Legisladores opositores advierten que el verdadero objetivo es blindar jurídicamente al oficialismo rumbo a las elecciones intermedias y, sobre todo, hacia la sucesión presidencial de 2030.

Después de las polémicas resoluciones electorales de 2024, la confianza ciudadana en la imparcialidad del Tribunal ya presenta señales de desgaste. Una reforma que beneficie directamente a magistrados vinculados con esas decisiones solo agravaría la percepción de subordinación política.

México atraviesa un momento crítico para sus instituciones democráticas, en los hechos estamos hablando de los golpes de gracia dados por el oficialismo a la democracia mexicana

La concentración de poder en el Ejecutivo, las reformas judiciales-electorales, la cooptación sobre organismos electorales y la desaparición de organismos que fungían como contrapesos al presidente en turno, han debilitado varios de los equilibrios republicanos construidos durante décadas.

Por eso la eventual reelección de magistrados electorales no puede analizarse de forma aislada.

Forma parte de una estrategia más amplia para consolidar el predominio político del oficialismo mediante el control total del Poder Judicial.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.