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Desde San Lázaro. Una herida abierta en Derechos Humanos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

24 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Una herida abierta en Derechos Humanos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La reciente visita a México de Volker Türk no pasó desapercibida, ni por su investidura ni por la contundencia de su diagnóstico. Sus palabras no admiten matices ni eufemismos: “las desapariciones, un reto doloroso y una herida abierta”. La frase sintetiza una de las crisis más profundas y persistentes que enfrenta el país en materia de derechos humanos.

No es un tema nuevo, pero sí uno que se resiste a desaparecer de la agenda pública por la crudeza de sus cifras y, sobre todo, por el sufrimiento que arrastra. Las desapariciones en México siguen siendo uno de los desafíos más graves y lacerantes. No solo por el número creciente de casos, sino por el impacto devastador en miles de familias que viven en una incertidumbre permanente, atrapadas entre la esperanza y la desesperación.

La visita del alto comisionado de la Organización de las Naciones Unidas cobra relevancia precisamente por el momento que atraviesa el país. A escasos meses de un nuevo ciclo político –elecciones intermedias, 2027-  y en medio de un discurso oficial que insiste en avances en seguridad, la presencia de un observador internacional con autoridad moral e institucional de carácter internacional introduce un contraste incómodo, pero necesario.

Türk no solo se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum. Su agenda incluyó encuentros con colectivos de madres buscadoras y organizaciones de derechos humanos, actores que, en muchos sentidos, han suplido la ausencia del Estado en la búsqueda de desaparecidos. Esa decisión no es menor: escuchar a quienes buscan con sus propias manos en fosas clandestinas implica reconocer que el problema no está resuelto y que las respuestas institucionales han sido insuficientes.

El señalamiento central del alto comisionado apunta a una herida estructural: la impunidad. No se trata únicamente de la desaparición en sí misma, sino de la incapacidad del sistema para investigar, sancionar y reparar. La impunidad, dijo, es el mayor reclamo social. Y en esa afirmación converge una realidad que rebasa este fenómeno específico: feminicidios, abusos de autoridad y el uso extendido de la prisión preventiva también forman parte de un mismo entramado de fallas institucionales.

El uso abusivo de la prisión preventiva refleja una paradoja inquietante. Mientras miles de casos graves permanecen sin resolver, el sistema penal recurre a medidas que, en teoría, deberían ser excepcionales. Es decir, se castiga sin sentencia a algunos, mientras otros delitos de alto impacto quedan en la sombra de la impunidad. Un desequilibrio que erosiona la confianza en la justicia.

No basta con reconocer el problema; es imprescindible traducir ese reconocimiento en acciones concretas. Reformas legales, fortalecimiento de fiscalías, mecanismos de búsqueda eficaces y, sobre todo, voluntad política para enfrentar redes de complicidad que, en muchos casos, involucran a autoridades locales.

La exigencia de Türk sobre procesos efectivos de rendición de cuentas y garantías de no repetición coloca el debate en un nivel más profundo. No se trata solo de atender el pasado, sino de evitar que el fenómeno continúe reproduciéndose. Y para ello, la prevención es tan importante como la sanción.

La administración de Claudia Sheinbaum recibe este mensaje en un momento clave. La transición de gobierno ha estado marcada por la promesa de continuidad con cambio, una fórmula que ahora enfrenta su prueba más compleja en el terreno de los derechos humanos. La continuidad de políticas sin resultados distintos podría perpetuar el problema; el cambio, en este caso, implica decisiones difíciles y, probablemente, costos políticos.

La relevancia de la visita también radica en su capacidad de mantener el tema en la agenda pública. En un país donde la coyuntura política y mediática suele desplazar rápidamente los asuntos incómodos, la intervención de un actor internacional ayuda a evitar que las desapariciones queden relegadas al olvido, precisamente por darle un escaparate internacional al problema en México. Y ese es, en sí mismo, un aporte significativo.

Porque detrás de cada cifra hay una historia. Un nombre, una familia, una ausencia que no se llena con estadísticas ni discursos. Las madres buscadoras lo han dejado claro una y otra vez: su lucha no es ideológica, es profundamente humana. Buscan a sus hijos, a sus hijas, a sus seres queridos. Y en ese proceso, han construido una red de resistencia que interpela directamente al Estado.

México no parte de cero. Existen leyes, instituciones y mecanismos diseñados para enfrentar este flagelo. Pero la brecha entre el diseño institucional y su implementación sigue siendo abismal. Ahí es donde radica el verdadero desafío.

Ya no hay margen para simulaciones. Las desapariciones no son solo una estadística: son, como bien lo dijo el alto comisionado, una herida abierta que México no ha logrado sanar.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.