Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. Una herida abierta en Derechos Humanos. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

24 Abr 2026
136 veces
Desde San Lázaro. Una herida abierta en Derechos Humanos. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La reciente visita a México de Volker Türk no pasó desapercibida, ni por su investidura ni por la contundencia de su diagnóstico. Sus palabras no admiten matices ni eufemismos: “las desapariciones, un reto doloroso y una herida abierta”. La frase sintetiza una de las crisis más profundas y persistentes que enfrenta el país en materia de derechos humanos.

No es un tema nuevo, pero sí uno que se resiste a desaparecer de la agenda pública por la crudeza de sus cifras y, sobre todo, por el sufrimiento que arrastra. Las desapariciones en México siguen siendo uno de los desafíos más graves y lacerantes. No solo por el número creciente de casos, sino por el impacto devastador en miles de familias que viven en una incertidumbre permanente, atrapadas entre la esperanza y la desesperación.

La visita del alto comisionado de la Organización de las Naciones Unidas cobra relevancia precisamente por el momento que atraviesa el país. A escasos meses de un nuevo ciclo político –elecciones intermedias, 2027-  y en medio de un discurso oficial que insiste en avances en seguridad, la presencia de un observador internacional con autoridad moral e institucional de carácter internacional introduce un contraste incómodo, pero necesario.

Türk no solo se reunió con la presidenta Claudia Sheinbaum. Su agenda incluyó encuentros con colectivos de madres buscadoras y organizaciones de derechos humanos, actores que, en muchos sentidos, han suplido la ausencia del Estado en la búsqueda de desaparecidos. Esa decisión no es menor: escuchar a quienes buscan con sus propias manos en fosas clandestinas implica reconocer que el problema no está resuelto y que las respuestas institucionales han sido insuficientes.

El señalamiento central del alto comisionado apunta a una herida estructural: la impunidad. No se trata únicamente de la desaparición en sí misma, sino de la incapacidad del sistema para investigar, sancionar y reparar. La impunidad, dijo, es el mayor reclamo social. Y en esa afirmación converge una realidad que rebasa este fenómeno específico: feminicidios, abusos de autoridad y el uso extendido de la prisión preventiva también forman parte de un mismo entramado de fallas institucionales.

El uso abusivo de la prisión preventiva refleja una paradoja inquietante. Mientras miles de casos graves permanecen sin resolver, el sistema penal recurre a medidas que, en teoría, deberían ser excepcionales. Es decir, se castiga sin sentencia a algunos, mientras otros delitos de alto impacto quedan en la sombra de la impunidad. Un desequilibrio que erosiona la confianza en la justicia.

No basta con reconocer el problema; es imprescindible traducir ese reconocimiento en acciones concretas. Reformas legales, fortalecimiento de fiscalías, mecanismos de búsqueda eficaces y, sobre todo, voluntad política para enfrentar redes de complicidad que, en muchos casos, involucran a autoridades locales.

La exigencia de Türk sobre procesos efectivos de rendición de cuentas y garantías de no repetición coloca el debate en un nivel más profundo. No se trata solo de atender el pasado, sino de evitar que el fenómeno continúe reproduciéndose. Y para ello, la prevención es tan importante como la sanción.

La administración de Claudia Sheinbaum recibe este mensaje en un momento clave. La transición de gobierno ha estado marcada por la promesa de continuidad con cambio, una fórmula que ahora enfrenta su prueba más compleja en el terreno de los derechos humanos. La continuidad de políticas sin resultados distintos podría perpetuar el problema; el cambio, en este caso, implica decisiones difíciles y, probablemente, costos políticos.

La relevancia de la visita también radica en su capacidad de mantener el tema en la agenda pública. En un país donde la coyuntura política y mediática suele desplazar rápidamente los asuntos incómodos, la intervención de un actor internacional ayuda a evitar que las desapariciones queden relegadas al olvido, precisamente por darle un escaparate internacional al problema en México. Y ese es, en sí mismo, un aporte significativo.

Porque detrás de cada cifra hay una historia. Un nombre, una familia, una ausencia que no se llena con estadísticas ni discursos. Las madres buscadoras lo han dejado claro una y otra vez: su lucha no es ideológica, es profundamente humana. Buscan a sus hijos, a sus hijas, a sus seres queridos. Y en ese proceso, han construido una red de resistencia que interpela directamente al Estado.

México no parte de cero. Existen leyes, instituciones y mecanismos diseñados para enfrentar este flagelo. Pero la brecha entre el diseño institucional y su implementación sigue siendo abismal. Ahí es donde radica el verdadero desafío.

Ya no hay margen para simulaciones. Las desapariciones no son solo una estadística: son, como bien lo dijo el alto comisionado, una herida abierta que México no ha logrado sanar.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.