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Desde San Lázaro. Muertes bajo la custodia de ICE. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

16 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Muertes bajo la custodia de ICE. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ElFinanciero_Mx

La muerte de mexicanos bajo custodia de autoridades migratorias en Estados Unidos ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en un patrón alarmante. A la fecha, suman al menos 15 connacionales fallecidos mientras se encontraban detenidos por el Immigration and Customs Enforcement (ICE), en circunstancias que, en varios casos, siguen sin esclarecerse con total transparencia.

No es un tema menor. Es un asunto de derechos humanos, de responsabilidad internacional y, sobre todo, de dignidad nacional.

Cada uno de estos casos representa una falla grave en la protección de personas bajo custodia del Estado. Porque cuando un individuo —sin importar su estatus migratorio— es detenido por una autoridad, esa autoridad asume la obligación plena de garantizar su integridad física y su vida. No hay matices posibles en este principio.

Sin embargo, la realidad muestra una cara macabra de ICE.

Los reportes sobre condiciones de detención deficientes, atención médica tardía o inexistente, y protocolos opacos en torno a las muertes, dibujan un panorama preocupante. Más aún cuando las circunstancias de varios de estos decesos han sido calificadas como “extrañas” o insuficientemente documentadas.

La lectura es inevitable: la respuesta institucional de ambos lados de la frontera ha sido, hasta ahora, insuficiente.

La Secretaría de Relaciones Exteriores, ahora de Roberto Velazco, ha emitido comunicados y ha solicitado información a su contraparte estadounidense. También ha activado los canales consulares y ha reiterado la necesidad de esclarecer los hechos. Pero frente a la gravedad de los casos, el tono diplomático parece quedarse corto.

Porque hay momentos en los que la diplomacia debe acompañarse de firmeza política.

La protección de los mexicanos en el exterior no puede limitarse a notas diplomáticas. Requiere una postura clara, directa y contundente desde el más alto nivel del Estado. La presidenta Claudia Sheinbaum tiene en este tema una prueba de liderazgo en política exterior: exigir explicaciones puntuales, investigaciones independientes y garantías de no repetición.

No se trata de confrontación gratuita. Se trata de legítima defensa.

Más aún cuando el contexto político en Estados Unidos añade complejidad al tema migratorio. La retórica dura y las políticas restrictivas que han marcado la agenda de figuras como Donald Trump han contribuido a un ambiente donde la migración se aborda desde la óptica de seguridad, no de derechos. 

Y en ese entorno, los migrantes —documentados o no— quedan en una zona de vulnerabilidad extrema.

Es importante subrayarlo: el respeto a los derechos humanos no depende del estatus migratorio. Es un principio universal. La legalidad de la estancia no determina la dignidad de la persona ni su derecho a la vida.

Por eso, lo ocurrido en centros de detención migratoria no puede normalizarse.

Las autoridades estadounidenses tienen la responsabilidad de investigar a fondo cada uno de estos fallecimientos, establecer responsabilidades y, en su caso, sancionar a quienes hayan actuado con negligencia o abuso. La transparencia en estos procesos no es opcional; es indispensable para mantener la confianza entre ambos países.

Pero también México debe asumir su parte.

La política migratoria no puede limitarse a la contención en la frontera sur ni a la gestión de flujos hacia el norte. Debe incluir una estrategia integral de protección consular, seguimiento puntual de casos y presión diplomática efectiva cuando los derechos de los mexicanos sean vulnerados.

Porque, de lo contrario, el mensaje es equivocado: que la vida de los migrantes vale menos.

La exigencia es clara: no basta con solicitar información; es necesario exigir resultados. No basta con expresar preocupación; se requiere acción concreta.

La relación con Estados Unidos es, sin duda, estratégica. En lo económico, en lo comercial, en lo político. Pero precisamente por esa relevancia, México no puede permitirse una postura pasiva cuando están en juego los derechos fundamentales de sus ciudadanos.

La cooperación bilateral no debe implicar silencio ante hechos graves.

Cada uno de los 15 casos connacionales fallecidos representa una historia truncada, una familia afectada y una responsabilidad pendiente. No son cifras; son vidas. Y su esclarecimiento no puede quedar sujeto a tiempos burocráticos ni a explicaciones ambiguas.

La exigencia de una investigación rápida, exhaustiva e independiente no es un gesto político; es una obligación moral y jurídica.

Porque cuando una persona muere bajo custodia del Estado, la pregunta no es si hubo responsabilidad, sino dónde y en qué nivel se encuentra.

Y esa respuesta, hasta ahora, sigue sin llegar.

La conclusión es contundente: la defensa de los migrantes mexicanos no puede ser reactiva ni limitada. Debe ser firme, constante y visible. Porque en política exterior, como en cualquier otra esfera del poder, la omisión también tiene consecuencias.

Y en este caso, esas consecuencias se miden en vidas perdidas.

Desde luego, hay que reconocer que todos esos millones de expulsados a Estados Unidos en busca del sueño americano, es por la falta de oportunidades y condiciones de seguridad en territorio nacional.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.