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Desde San Lázaro. La verdad que ni la diplomacia puede ocultar. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

14 Abr 2026
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Desde San Lázaro. La verdad que ni la diplomacia puede ocultar. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/volker_turk

La próxima visita a México del Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Turk, ocurre en un momento incómodo para el gobierno federal. No es una visita protocolaria ni de cortesía diplomática: llega en el contexto de un informe elaborado por un Comité de la ONU sobre desapariciones forzadas que ha puesto nuevamente en el centro del debate global la crisis de desapariciones en el país.

Y esa crisis, a diferencia de otros temas, no admite matices ni discursos evasivos.

En la Secretaría de Relaciones Exteriores, ahora con Roberto Velazco, más de uno desearía que el Alto Comisionado emita una declaración que despresurice el tema, que baje el tono, que matice el diagnóstico. En términos coloquiales, que “ayude” a contener el impacto político de un problema que se ha vuelto estructural. Pero la realidad es mucho más contundente que cualquier esfuerzo diplomático.

México vive una crisis de desapariciones que no sólo persiste, sino que se profundiza.

A diario se descubren fosas clandestinas. Cotidianamente se reportan nuevos casos. Niños, mujeres, jóvenes y adultos: la tragedia no distingue edad, género ni condición social. Las cifras oficiales, aun con sus inconsistencias, reflejan una dimensión alarmante; pero más allá de los números, lo que pesa es la evidencia cotidiana de un fenómeno que ha rebasado la capacidad del Estado.

Y cuando el Estado es rebasado, el problema deja de ser estadístico para convertirse en una crisis de derechos humanos.

El informe que detonó la atención de la ONU no hace sino recoger lo que colectivos de búsqueda, organizaciones civiles y familiares de víctimas han denunciado durante años: la desaparición en México no es un fenómeno aislado ni circunstancial, sino una práctica extendida que combina la acción del crimen organizado con la omisión —y en algunos casos la complicidad— de autoridades de los tres niveles de gobierno.

Ese es el núcleo del problema.

El discurso oficial insiste en matizar la gravedad del tema, resulta cada vez más difícil sostener la narrativa de control. Porque mientras en los informes se ajustan cifras y se afinan metodologías, en el terreno las madres buscadoras siguen excavando con sus propias manos.

La distancia entre el discurso y la realidad es abismal.

El gobierno ha optado por una estrategia que combina tres elementos: control narrativo, centralización institucional y militarización de la seguridad pública. Sin embargo, ninguno de estos componentes ha logrado contener el fenómeno de las desapariciones. Por el contrario, la evidencia sugiere que la crisis se mantiene y, en algunos indicadores, se agrava.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos, de Piedra, que debería ser una voz crítica y vigilante, ha optado por un silencio ominoso. Su papel en este tema ha sido, por decir lo menos, marginal frente a la magnitud del problema.

Y ese silencio también es político.

Porque reconocer plenamente la crisis implicaría aceptar fallas estructurales en la política de seguridad y en la capacidad institucional del Estado. Implicaría, además, asumir costos en un contexto donde la narrativa gubernamental apuesta por la estabilidad y el control.

La militarización, presentada como una solución para recuperar la seguridad, no ha logrado frenar las desapariciones. Los operativos pueden contener ciertos delitos, pero no han desmantelado las redes que permiten la desaparición sistemática de personas. Sin investigación efectiva, sin fiscalías fortalecidas y sin coordinación real entre niveles de gobierno, el problema persiste.

De hecho, la militarización conlleva la violación sistemática de los derechos humanos de la población y el abuso indiscriminado de la fuerza del Estado.

El elemento que suele quedar fuera del discurso es el presupuestal. Las políticas públicas en materia de búsqueda, identificación forense y atención a víctimas requieren recursos presupuestales, capacidades técnicas y voluntad política. Sin ese soporte, cualquier estrategia se reduce a esfuerzos fragmentados que no logran incidir en la magnitud del fenómeno.

Se pueden maquillar cifras. Se puede intentar desactivar la presión internacional. Se puede contener el debate en el ámbito interno. Pero no se pueden ocultar las fosas.

En la medida que organismos internacionales como la ONU intensifiquen su atención sobre México, la presión para adoptar medidas más contundentes aumentará. Y con ella, la necesidad de mostrar resultados reales, no sólo compromisos que se quedan en el discurso y en el papel.

Las desapariciones forzadas, las que hace el Estado (aun por omisión o por negligencia) no son un indicador más en la agenda de seguridad. Son una herida abierta que cuestiona la capacidad misma del gobierno para garantizar lo más básico: la vida y la integridad de sus ciudadanos.

Y frente a esa realidad, ninguna declaración diplomática —por más matizada que sea— podrá sustituir la urgencia de una respuesta efectiva.

La presidenta de México ha replicado la estrategia de su antecesor con los colectivos de la sociedad en el tema de desaparecidos; insultar, estigmatizar y soslayar el problema.

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.