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Supervisa Mara Lezama avances del nuevo Hospital General de Chetumal; abriría este mismo año Destacado

13 Abr 2026
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Supervisa Mara Lezama avances del nuevo Hospital General de Chetumal; abriría este mismo año Imagen tomada de: https://cgc.qroo.gob.mx/
  • La obra, impulsada por el IMSS-Bienestar y el Gobierno Federal, contará con 272 camas y múltiples especialidades médicas

 

La gobernadora Mara Lezama Espinosa realizó un recorrido de supervisión en la obra del nuevo Hospital General de Chetumal, proyecto que se construye a través del esquema IMSS-Bienestar con respaldo del Gobierno Federal.

 

“La primera etapa está completamente concluida, vamos en la segunda etapa y gracias al apoyo del IMSS Bienestar y lo digo una y otra vez, gracias, gracias, gracias. Y así es como trabajamos en este gobierno humanista, en el gobierno de la transformación profunda”, explicó la titular del Ejecutivo.

 

Durante la visita, la Gobernadora destacó que este hospital representa una de las principales apuestas en materia de infraestructura de salud para la capital del estado, con el objetivo de garantizar atención médica digna y especializada. Subrayó el respaldo de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, así como la coordinación con el titular del IMSS-Bienestar, Alejandro Svarch, para concretar el proyecto.

 

Mara Lezama destacó que este nuevo hospital contará con 272 camas en total -120 censables y 152 no censables destinadas a urgencias y terapia-, además de 5 quirófanos, 4 consultorios, 2 salas de expulsión, laboratorio, en una superficie superior a los 25 mil metros cuadrados.

 

El hospital ofrecerá especialidades como neurología, nefrología, traumatología y ortopedia, ginecobstetricia, oftalmología y cardiología, con la previsión de ampliar la cobertura médica conforme avance su operación. “Tenemos muy claro, y lo dice la Presidenta Claudia Sheinbaum, la salud es un derecho, no un privilegio”.

 

Durante el recorrido, Mara Lezama resaltó que, a diferencia de gobiernos anteriores, el proyecto contempla desde su planeación el equipamiento adecuado, en coordinación con personal técnico especializado, lo que permitirá que el hospital opere con tecnología suficiente desde su apertura. “Somos un gobierno que no improvisa y trabajamos de la mano con el gobierno federal”, citó.

 

Asimismo, anunció que, una vez concluido el traslado de servicios al nuevo inmueble, el actual Hospital General de Chetumal será reconvertido en una sede de la Universidad Rosario Castellanos, con el propósito de ampliar la oferta educativa para jóvenes interesados en estudiar medicina.

 

Estuvieron presentes en este recorrido la arquitecta Rina Faviola Balvanera Ortiz, encargada del despacho de la Unidad de Infraestructura del IMSS-Bienestar; Jorge Hermida Reséndez, coordinador de equipamiento para establecimientos de salud IMSS-Bienestar; el secretario estatal de Salud, Flavio Carlos Rosado, y el director de Infraestructura de la SESA, Isai González.

 

Con información de: https://cgc.qroo.gob.mx/

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.