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Desde San Lázaro. Barcelona; progresismo y la molestía de Trump. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

13 Abr 2026
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Desde San Lázaro. Barcelona; progresismo y la molestía de Trump. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein

La visita que realizará la presidenta Claudia Sheinbaum a Barcelona a partir del próximo 18 de abril, a invitación del presidente del Gobierno español Pedro Sánchez, no es un viaje más en la agenda internacional del gobierno mexicano. Es, en los hechos, un movimiento político con implicaciones geoestratégicas que trascienden el simbolismo diplomático y se insertan en un momento particularmente delicado para la relación con Estados Unidos.

El encuentro reunirá a una constelación de mandatarios identificados con la agenda progresista: Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; Gustavo Petro, de Colombia y el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi. Se trata de una cumbre con claros acentos ideológicos que, más allá de su narrativa de cooperación, inevitablemente despierta recelos en Washington. Y en política internacional, las percepciones suelen pesar tanto como los hechos.

El dato no es menor: será la primera visita de un mandatario mexicano a España en ocho años, tras el distanciamiento diplomático que marcó la relación bilateral durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, a raíz de su exigencia a la corona española para que ofreciera disculpas por la conquista. Aquella petición, más simbólica que diplomáticamente viable, tensó innecesariamente una relación histórica que ahora busca recomponerse.

Los nuevos equilibrios geopolíticos han abierto la puerta para que se reestablezca la relación diplomática entre México y España y ello de suyo es un logro significativo, sin embargo, el encuentro se realiza en momentos en que la Casa Blanca en Washington blande el garrote contra sus adversarios ideológicos, políticos y económicos.

El tajante rechazo del gobierno español a recibir en su territorio a las fuerzas militares norteamericanas en guerra contra Irán, lastimó seriamente la relación entre Trump y Sánchez.

El gobierno mexicano llega a esta cita en un momento crítico. La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) está en una fase compleja, donde los intereses comerciales, energéticos y regulatorios estarán bajo una lupa cada vez más exigente. En ese escenario, cualquier señal de alineamiento ideológico que pueda interpretarse como un distanciamiento de la agenda norteamericana introduce un factor de riesgo.

No se trata de cuestionar la autonomía de la política exterior mexicana. El problema es el momento. Cuando más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas dependen del mercado estadounidense, la prudencia diplomática no es una concesión: es una obligación estratégica.

La reunión en Barcelona, sin embargo, apunta en otra dirección. La agenda que se perfila incluye temas como la postura hacia Cuba, la política energética de Brasil y México y la articulación de un frente diplomático y económico ante las recurrentes bravuconadas de Donald Trump. Es decir, no se trata de un encuentro protocolario, sino de un espacio de coordinación política con claros matices ideológicos.

Y ahí es donde la política se convierte en riesgo.

No es por ser ave de mal agüero, pero la experiencia reciente demuestra que Trump mantiene una relación particularmente volátil con México. Basta recordar cómo diferencias en materia de narcoterroristas, migratoria o comercial derivaron en amenazas arancelarias que pusieron en jaque la estabilidad económica del país. Hoy, su atención está parcialmente concentrada en otros frentes internacionales, pero ese equilibrio puede cambiar en cualquier momento.

Si eso ocurre en plena negociación del T-MEC, las consecuencias podrían ser significativas.

El punto no es la reunión en sí, sino el mensaje que proyecta. La construcción de un bloque “progresista” puede ser políticamente rentable hacia el interior, pero también puede ser interpretada como un posicionamiento que reduce el margen de maniobra de México frente a su principal socio comercial.

Más aún, México no juega en la misma liga que Brasil o incluso Colombia en términos de diversificación económica. Su dependencia estructural de Estados Unidos limita cualquier intento de reposicionamiento geopolítico basado exclusivamente en afinidades ideológicas.

La presidenta Sheinbaum enfrenta, así, un delicado equilibrio: recomponer la relación con España tras años de distanciamiento, fortalecer vínculos con gobiernos afines y, al mismo tiempo, evitar enviar señales que puedan ser leídas en Washington como un alejamiento estratégico.

No es una tarea sencilla.

La ideología puede ser un factor de cohesión política, pero en el terreno de la diplomacia económica, el pragmatismo suele ser más eficaz que la afinidad. En momentos donde la revisión del T-MEC definirá el futuro de sectores clave como energía, manufactura e inversión extranjera, cada gesto cuenta.

Y cada señal se interpreta.

Barcelona será escenario de discursos, acuerdos y fotografías que buscarán proyectar unidad entre gobiernos progresistas. Pero más allá del simbolismo, lo que está en juego es la capacidad de México para navegar un entorno internacional complejo sin comprometer su principal ancla económica.

La pregunta es inevitable: ¿puede México darse el lujo de privilegiar afinidades ideológicas justo cuando la relación con Estados Unidos entra en una etapa decisiva?

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.