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Desde San Lázaro. Nace muerta o más viva que nunca. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

04 Mar 2026
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Desde San Lázaro. Nace muerta o más viva que nunca. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/GobiernoMX

La anunciada reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum avanza a paso cansino. Y no es por falta de voluntad política, sino por cálculo político fino. En Palacio Nacional han decidido pisar el freno mientras se afinan los puntos más delicados de una iniciativa que, de presentarse en sus términos más ambiciosos, podría configurar un sistema electoral a modo del oficialismo, con la sospecha de cerrar posibilidades reales de alternancia para la oposición.

El eje más disruptivo es la intención de eliminar las listas plurinominales elaboradas por los partidos políticos. Es decir, desaparecer el mecanismo mediante el cual las dirigencias confeccionan, en orden de prelación, las listas de representación proporcional que garantizan escaños sin pasar por las urnas en un territorio específico. El argumento presidencial es claro: terminar con las “cuotas de cúpula” y devolver al ciudadano el poder de decidir directamente quién llega al Congreso.

En este punto, la mandataria tiene razón: sería plausible que todos los diputados y senadores accedieran al Congreso por méritos en campaña y no por compadrazgos o acuerdos cupulares.

Eliminar o rediseñar las plurinominales afecta directamente a los partidos aliados del oficialismo, particularmente al Partido Verde Ecologista de México y al Partido del Trabajo, cuya supervivencia legislativa ha descansado en buena medida en la representación proporcional. Para estas fuerzas, las listas no son un accesorio: son el corazón de su presencia parlamentaria.

La reforma, en ese sentido, podría dinamitar la alianza legislativa que ha permitido al bloque gobernante construir mayorías amplias. Y aquí radica el verdadero motivo del retraso: sin los votos del Verde y del PT, la reforma electoral simplemente no alcanzaría la mayoría calificada requerida para modificar la Constitución. La cifra mágica de las dos terceras partes no se consigue sin ellos.

El cálculo es delicado. Presionar demasiado en la eliminación de plurinominales puede tensar la coalición; ceder en exceso puede diluir el espíritu transformador que la presidenta quiere imprimirle a la reforma.

Otro frente es la reducción del costo de la democracia. Se plantean ajustes presupuestales al Instituto Nacional Electoral, una disminución de las prerrogativas a los partidos políticos, la reducción del número de senadores y la revisión de los sueldos de diputados locales. El mensaje es potente: austeridad real en el sistema electoral.

Sin embargo, la experiencia muestra que abaratar la democracia no siempre la fortalece. La autonomía y la capacidad técnica de la autoridad electoral dependen, en buena medida, de recursos suficientes y reglas claras.

La iniciativa también contempla prohibiciones más estrictas en materia de nepotismo y el fin de la reelección legislativa. Este último punto implicaría revertir una reforma que buscaba profesionalizar el trabajo parlamentario y fortalecer la rendición de cuentas mediante la posibilidad de refrendar el mandato.

En San Lázaro el ambiente está caldeado. No se trata solo de presentar una iniciativa ambiciosa, sino de garantizar que pueda aprobarse. Y para ello no basta con la disciplina de la mayoría; se requiere cohesión en la coalición.

La paradoja es evidente: la reforma que busca transformar el sistema de representación podría alterar primero el equilibrio interno del bloque gobernante. En política, las sumas de voluntades mandan. Y hoy, la aritmética constitucional pasa inevitablemente por el Verde y el PT.

Por eso la reforma corre el riesgo de nacer muerta. No es falta de convicción; es conciencia de que, sin aliados, no hay reforma posible.

A ello se suma un factor que no puede ignorarse: cualquier modificación de gran calado al sistema electoral inevitablemente será leída bajo la sombra de la polarización política que marcó el sexenio anterior. La oposición no concederá el beneficio de la duda y denunciará un intento de concentración de poder; el oficialismo, por su parte, insistirá en que se trata de una corrección histórica para democratizar la representación. En ese clima, el debate corre el riesgo de trasladarse del terreno técnico al campo de la confrontación ideológica, donde los matices suelen desaparecer.

La presidenta enfrenta, así, una decisión estratégica: optar por una reforma de máximos que satisfaga a su base, pero que fracture alianzas y complique su aprobación, o construir un acuerdo gradual que, sin desmontar por completo el sistema vigente, introduzca cambios viables y sostenibles. En política, a veces no gana quien empuja más fuerte, sino quien sabe hasta dónde puede llegar sin romper el equilibrio que le da sustento al poder.

En cualquiera de los casos, el reloj corre en contra, ya que las elecciones intermedias están a la vuelta de la esquina y hacer reformas a la medida compromete la imparcialidad y el piso parejo, o a lo mejor está es la intención final, dinamitar la democracia para darle entrada a la autocracia.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.