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Se tenía que decir… La venta del avión presidencial siempre ha sido una mentira. Por: Santiago Cárdenas. Destacado

15 Ene 2020
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La venta del avión presidencial Boeing 787 Dreamliner “José María Morelos y Pavón”, que fue adquirido por el entonces presidente Felipe Calderón, aunque quien le dio uso fue el presidente Enrique Peña Nieto, se encamina al fracaso previsto, y el gobierno de Andrés Manuel López Obrador empieza a tomar acciones para justificar el fiasco.

 

Oficialmente, el gobierno de México anunció que el avión regresa a México luego de permanecer más de un año en un hangar de Victorville, California. El 3 de diciembre de 2018 la aeronave salió del país con la promesa presidencial de que sería vendido. En distintas ocasiones, López Obrador aseguró que había varios postores y que la nave generaba mucho interés entre los supuestos interesados en comprarla.

 

El tiempo demostró que todo fue un engaño. El avión presidencial no se ha vendido, y el gobierno de México decidió regresarlo a México para continuar con un supuesto proceso de venta, ahora en una subasta. Es decir, la mentira continúa.

 

El presidente aseguró que en poco más de un año de permanecer detenido en California, el avión presidencial sin usarse generó gastos por más de 30 millones de pesos. si el avión se hubiera usado, los gastos durante un año habrían ascendido a 32 millones de pesos; es decir, cuesta lo mismo tenerlo detenido en un hangar que usarlo en giras presidenciales. La diferencia estriba en que el presidente López Obrador ha usado aviones comerciales para él y su comitiva durante un año, y ese gasto se podría haber evitado. Tan sólo en el primer trimestre de gobierno de López Obrador, las giras de trabajo del mandatario generaron gastos por 281 mil 566 pesos.

 

En realidad, el tema de la venta del avión presidencial siempre fue un engaño. El gobierno de México sabía de antemano que la aeronave no podría ser vendida. Las modificaciones realizadas al avión para adaptarla precisamente como un transporte presidencial hacen que no sea de interés para particulares. En la mentira, el director de Banobras, Jorge Mendoza, informó en junio pasado que había ¡36! postores de 13 países interesados en adquirir el avión. Si 36 postores se han echado para atrás, la lógica más básica indicaría que algo falla, que algo está mal, y por lo mismo no habrá venta.

 

El gobierno siempre supo que no se podría vender. La postura de López Obrador respecto de la aeronave es más ideológica que práctica. No se trata de un asunto de dinero o de despilfarro, sino de no usar un avión que fue comprado por su odiado rival político, Felipe Calderón, a quien señala como responsable de todo lo malo que hay en el país.

 

El avión presidencial debió usarse en esta administración. Nadie le habría reprochado a López Obrador su uso, tomando en cuenta que al mandatario en turno le permite desplazarse por el país sin necesidad de ocupar vuelos comerciales. Ideología y propaganda por delante, López Obrador decidió no hacerlo, y en esa decisión se llevó por delante muchos millones de pesos que se justificarán con el lugar común: “no puede haber gobierno rico, con pueblo pobre”, una más de sus frases que reflejan su pobre vocabulario, y su limitada capacidad intelectual.

 

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.