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‘Vías contaban con certificados de seguridad’, dice Sheinbaum

30 Dic 2025
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‘Vías contaban con certificados de seguridad’, dice Sheinbaum Imagen tomada de: https://x.com/gabysalido
  • La presidenta visitó a los afectados por el descarrilamiento del Tren Interoceánico, a quienes les prometió una ayuda inicial de 30 mil pesos

 

Las vías del Tren Interoceánico, construido y operado por la Secretaría de Marina durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, se realizaron “con todos los requisitos técnicos” y los “certificados de seguridad”, refirió la presidenta Claudia Sheinbaum, quien repudió las críticas a su gobierno por el descarrilamiento, ya que, dijo, su objetivo sólo es “denostar”.

 

Tras visitar a los heridos por el descarrilamiento, la mandataria, ante las quejas de las víctimas por la falta de medicamentos en los hospitales, prometió que “se les va a atender a todos”, aseguró “que no hay necesidad” de que los tengan que comprar por fuera y anunció un primer apoyo por 30 mil pesos.

 

En la conferencia matutina, aseguró que la Fiscalía General de la República (FGR), a cargo de su exconsejera jurídica Ernestina Godoy, y la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario, encabezada por Andrés Lajous, serán las dependencias encargadas de realizar un “análisis con rigor” para esclarecer el descarrilamiento del tren y no una institución independiente.

 

Puso énfasis en que el Tren Interoceánico, un vehículo denominado “hi-rail”, que va adelante todos los días antes de que inicie operaciones la locomotora, certificó que las vías estaban bien, información que estará a disposición de la FGR.

 

La presidenta fue además cuestionada en torno a la exigencia del dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno, de pausar de inmediato todas las obras en proceso y el funcionamiento de aquellas donde hayan participado los hijos de López Obrador y sus amigos Amílcar Olán y Pedro Salazar Beltrán, con el objetivo de someterlas a una auditoría técnica independiente.

 

“No vale la pena, la verdad, no voy a debatir con el presidente del PRI, lo que sí es decirle a la gente que (…) estas vías, estas líneas que se construyeron durante el periodo del presidente López Obrador, y las nuevas que estamos haciendo se construyen con todos los requisitos técnicos, tienen certificados de seguridad”, sostuvo.

 

La mandataria, quien aseguró que el operador del tren “no está lesionado”, delineó tres prioridades: en primer lugar, garantizar la atención a las víctimas y sus familiares, en lo cual no sólo participan la Secretaría de Marina, el IMSS, el IMSS-Bienestar y el ISSSTE, sino ella misma se trasladó a Oaxaca “para hablar con las familias”.

 

En segundo lugar, esclarecer “con mucho rigor” lo que ocurrió, para lo cual la FGR realiza todos los peritajes con todas las cadenas de custodia que se requieren, y, por último, garantizar que las vías del tren “están en condiciones para operar nuevamente”.

 

Con información de: El Financiero

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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.