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‘Para que México esté preparado para cualquier pandemia’: Farmacéuticas invertirán 12 mil mdp

07 Ago 2025
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‘Para que México esté preparado para cualquier pandemia’: Farmacéuticas invertirán 12 mil mdp Imagen tomada de: https://x.com/Claudiashein
  • Empresas farmacéuticas invertirán más de 12 mil millones de pesos en México para construir nuevas plantas y ampliar sus operaciones para fortalecer la producción e investigación

La industria farmacéutica que opera en México invertirá más de 12 mil millones de pesos en los próximos años con el objetivo de ampliar capacidades productivas, desarrollar ingredientes activos, generar empleos de alta especialidad y fortalecer la soberanía sanitaria del país.

El anuncio, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum durante su conferencia matutina desde Palacio Nacional, forma parte de las inversiones que el país busca atraer como parte del Plan México, así como de los esfuerzos de la administración federal para impactar de manera positiva en la salud y en la resiliencia ante futuras crisis sanitarias.

“Lo que se presenta el día de hoy es una inversión relevante, alrededor de 12 mil millones de pesos del sector farmacéutico de México, que es una alta prioridad para la presidenta, primordialmente por su impacto en el mundo, en la salud de las y los mexicanos, y la previsión de estar siempre listos para cualquier pandemia o cualquier circunstancia”, comentó Marcelo Ebrard, secretario de Economía, desde Palacio Nacional.

El paquete de inversiones incluye cuatro proyectos de expansión industrial, innovación tecnológica y fortalecimiento del ecosistema farmacéutico en diferentes regiones del país. Desde Xochimilco hasta Orizaba, donde empresas nacionales y multinacionales invertirán, en promedio, 3 mil millones de pesos.

Boehringer Ingelheim anunció una inversión de 3 mil 500 millones de pesos para convertir su planta de tabletas en Xochimilco en una de las más grandes del mundo. Esta inversión reforzará la capacidad de exportación de México.

“Estamos realizando una inversión multianual de 3 mil 500 millones de pesos, que hará que nuestra planta de producción de tabletas en Xochimilco sea la más grande del mundo”, explicó Augusto Muench, director general de la firma en México.

Por su parte, Carnot Laboratorios informó que destinará otros 3 mil 500 millones de pesos en los próximos cinco años para construir su nueva planta en Villas de Tezontepec, en Hidalgo. Esta planta permitirá exportar productos a más de 30 países.

Bayer México, con más de un siglo de operaciones en territorio nacional, también se suma al esfuerzo con una inversión de 3 mil millones de pesos, destinada a ampliar la producción de APIs (ingredientes farmacéuticos activos) en su planta de Orizaba, Veracruz.

“La idea es cumplir otros 100 años (en México). Tenemos planeado invertir 3 mil millones de pesos en los siguientes cinco años para expandir nuestra capacidad para producir ingredientes activos farmacéuticos”, señaló Manuel Bravo, director general de Bayer en México.

AstraZeneca reafirmó su compromiso con el país mediante una inversión superior a 2 mil millones de pesos en dos años, enfocada en fortalecer sus operaciones y contribuir al Plan México.

“Durante más de 65 años AstraZeneca ha tenido presencia y ha sido un aliado estratégico en México. Hoy reafirmamos nuestro compromiso con el Plan México”, dijo Julio Ordaz, director general de la farmacéutica en el país.

Con información de: El Financiero
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El apunte del director

  • Agosto 2026

    NO A LA CENSURA

    La libertad de expresión y el derecho a la información no son concesiones graciosas del gobierno ni privilegios de periodistas, concesionarios, conductores o propietarios de medios. Son derechos fundamentales de los ciudadanos y pilares indispensables de cualquier régimen que pretenda llamarse democrático.

    Por eso, desde todos los frentes debemos decir con absoluta claridad: no a la censura.

    El debate sobre los derechos de las audiencias puede parecer, en principio, una discusión técnica relacionada con las obligaciones de los medios electrónicos y las facultades regulatorias del Estado. No lo es. Cuando desde el poder se pretende establecer criterios sobre cómo deben presentarse los contenidos, diferenciar información de opinión o determinar qué puede considerarse adecuado, equilibrado o veraz, aparece inevitablemente una pregunta: ¿quién vigila al vigilante?

    Porque una cosa es defender legítimamente los derechos de las audiencias —recibir información plural, distinguir publicidad de contenidos informativos, proteger a niñas, niños y adolescentes o contar con mecanismos de réplica— y otra muy diferente abrir la puerta para que una autoridad administrativa termine convertida en árbitro de la verdad.

    La Constitución protege la libre manifestación de las ideas y el derecho a buscar, recibir y difundir información. Bajo ninguna circunstancia la defensa de las audiencias debe convertirse en el caballo de Troya para imponer controles editoriales, inhibir opiniones críticas o generar mecanismos de autocensura entre periodistas y medios de comunicación.

    La libertad de expresión también protege las opiniones incómodas, las investigaciones que molestan al poder y las preguntas que los funcionarios preferirían no responder.

    Si el oficialismo pretende elevar el estándar de responsabilidad de los medios de comunicación, debería comenzar por casa.

    Todos los días, desde las conferencias matutinas del gobierno federal, se utiliza una formidable plataforma de comunicación financiada con recursos públicos. Desde allí se informa, se fija agenda, se responde a cuestionamientos y se construye la narrativa gubernamental. Pero también se descalifica a críticos, periodistas, empresarios, organizaciones civiles y adversarios políticos.

    Las conferencias gubernamentales no son espacios privados ni programas partidistas. Son ejercicios oficiales de comunicación pública y, precisamente por ello, deberían encontrarse entre los primeros obligados moral y políticamente a respetar el derecho ciudadano a recibir información verificable, completa y diferenciada de la propaganda.

    Si se exige rigor a una televisora o radiodifusora, el mismo principio tendría que aplicarse a quien habla desde un atril oficial.

    Si se demanda distinguir claramente entre información y opinión, habría que preguntarse cuántas veces en las mañaneras se mezclan datos oficiales con apreciaciones políticas, acusaciones, interpretaciones partidistas y señalamientos contra terceros.

    Si se reclama información veraz a los medios, el gobierno tendría que asumir exactamente la misma responsabilidad cuando presenta cifras, estadísticas o versiones de acontecimientos que después pueden ser confrontadas con información pública.

    Y si verdaderamente se pretende proteger a las audiencias, entonces habría que comenzar por reconocer que los millones de ciudadanos que diariamente reciben información desde Palacio Nacional también son audiencia y poseen exactamente los mismos derechos.

    No puede existir un derecho de las audiencias para los medios privados y otro para la comunicación gubernamental.

    Tampoco puede existir una verdad oficial certificada por el Estado.

    La historia latinoamericana está llena de gobiernos que comenzaron hablando de democratizar la comunicación, combatir abusos mediáticos o garantizar información responsable y terminaron construyendo instrumentos para presionar económicamente, sancionar administrativamente o silenciar políticamente a las voces incómodas.

    México no puede recorrer ese camino.

    Los excesos de los medios deben combatirse con derecho de réplica, códigos de ética, defensorías de audiencias, transparencia y mecanismos jurídicos claramente delimitados. Las falsedades deben confrontarse con hechos. Los abusos deben someterse a la ley. Pero las opiniones no pueden quedar sujetas al criterio político de funcionarios o burócratas.

    Mucho menos cuando el propio gobierno es uno de los principales actores de la disputa pública.

    La libertad de expresión pierde sentido si solamente protege a quienes coinciden con el poder. Su verdadera importancia aparece cuando garantiza el derecho a cuestionarlo.

    Por eso resulta indispensable que periodistas, medios, organizaciones civiles, universidades, especialistas y ciudadanos permanezcan atentos ante cualquier disposición que pueda transformarse en una herramienta de control editorial.

    Defender la libertad de expresión no significa defender los errores, excesos o intereses de los medios. Significa defender el derecho de los ciudadanos a escuchar todas las voces y decidir por sí mismos en quién creer.

    La democracia necesita mejores medios, pero también necesita mejores gobiernos y una comunicación pública sometida al mismo escrutinio que pretende imponer a los demás.

    Si desde el poder quieren hablar seriamente del derecho de las audiencias, adelante.

    Pero que empiecen por casa.

    Que transparenten, documenten y sustenten lo que se afirma desde las tribunas oficiales. Que respeten la crítica. Que respondan las preguntas incómodas. Que distingan información pública de propaganda política.

    Y, sobre todo, que entiendan algo elemental: El gobierno no es propietario de la verdad ni puede convertirse en censor de quienes lo cuestionan.

    Frente a cualquier intento de controlar la información, venga de donde venga, la respuesta de una sociedad democrática debe ser inequívoca:

    No a la censura. Sí a la libertad de expresión. Sí al derecho de los ciudadanos a estar informados.