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Desde San Lázaro. La calma antes de la tormenta. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

17 Jun 2026
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Desde San Lázaro. La calma antes de la tormenta. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/ClaraBrugadaM

Mientras millones de aficionados siguen las incidencias del Mundial y el gobierno federal apuesta a que la atención pública se concentre en la fiesta futbolera, en Washington y Nueva York se siguen moviendo piezas que podrían modificar de manera profunda la relación política entre México y Estados Unidos. La aparente calma que hoy se observa en torno al tema de los llamados narcopolíticos podría resultar tan sólo un compás de espera antes de una nueva embestida judicial de las autoridades norteamericanas.

La acusación presentada en la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York contra el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, abrió una puerta que difícilmente volverá a cerrarse. No se trata únicamente de un expediente judicial contra un personaje en particular. Lo que está en marcha es una estrategia más amplia de las agencias estadounidenses para establecer responsabilidades políticas en torno a la protección institucional que durante años permitió el fortalecimiento de las organizaciones criminales.

En los círculos diplomáticos y políticos de ambos países existe la percepción de que el caso Rocha apenas constituye el primer eslabón de una cadena que podría alcanzar a exfuncionarios, operadores políticos y personajes que durante años ocuparon posiciones estratégicas dentro del aparato gubernamental mexicano. Nadie sabe con certeza hasta dónde llegará la investigación, pero, lo que es un hecho es que las pesquisas continuarán “tope donde tope”

Por ello resulta inevitable que en los corrillos políticos comience a escucharse una frase cada vez con mayor frecuencia: “todos los caminos conducen a Palenque”.

La expresión puede parecer exagerada, pero refleja la convicción de numerosos observadores de que las investigaciones norteamericanas buscan reconstruir la red de relaciones políticas que operó durante el sexenio anterior. En ese contexto, cualquier avance judicial que involucre a exgobernadores, exsecretarios o exoperadores territoriales inevitablemente terminará generando preguntas sobre los niveles superiores de decisión política.

Y es precisamente ahí donde se encuentra el verdadero dilema para la presidenta Claudia Sheinbaum.

Por un lado, tiene la obligación de defender la institucionalidad de su gobierno y la soberanía nacional frente a cualquier intento de intervención extranjera. Ningún jefe de Estado podría actuar de otra manera. Pero, por otro, la mandataria ha decidido asumir también la defensa política y moral del proyecto que encabeza su mentor, el expresidente Andrés Manuel López Obrador.

Bajo esa lógica pueden entenderse tanto el discurso pronunciado por la mandataria en el Monumento a la Revolución, como la carta difundida por López Obrador. Ambos mensajes parecen formar parte de una misma narrativa: cerrar filas frente a una ofensiva que consideran dirigida no sólo contra determinados personajes, sino contra el movimiento político que gobierna al país.

Sin embargo, esa estrategia entraña riesgos evidentes.

La defensa de la soberanía es una obligación constitucional. La defensa de individuos específicos señalados por autoridades extranjeras es una decisión política que puede terminar comprometiendo al propio gobierno. Más aún cuando las investigaciones no parecen haber concluido.

En Washington existe la convicción de que la lucha contra los cárteles no puede limitarse a perseguir sicarios, operadores financieros o líderes criminales. La nueva doctrina impulsada por diversas agencias estadounidenses apunta hacia la identificación de las estructuras políticas que habrían permitido la expansión de las organizaciones criminales. Dicho de otra manera: la mira ya no está solamente sobre los narcotraficantes, sino sobre quienes presuntamente les brindaron protección institucional.

Por ello la pregunta que comienza a formularse en el ámbito político mexicano resulta tan inquietante como pertinente: ¿veremos durante los próximos meses nuevas acciones judiciales o solicitudes de captura contra personajes relevantes de la vida pública nacional?

Nadie tiene la respuesta.

Lo que sí parece claro es que la administración estadounidense difícilmente frenará una estrategia que ha convertido en prioridad de seguridad nacional. Tampoco parece probable que el tema desaparezca de la agenda bilateral mientras continúen acumulándose testimonios, evidencias y expedientes en los tribunales federales norteamericanos.

La coincidencia temporal con el Mundial añade un componente adicional de incertidumbre. México busca proyectar una imagen de estabilidad, gobernabilidad y capacidad organizativa ante los ojos del planeta. Cualquier noticia relacionada con investigaciones contra figuras políticas relevantes tendría inevitablemente repercusiones mediáticas internacionales.

Por ahora prevalece una extraña calma. Los reflectores apuntan hacia las canchas, los estadios y la fiesta futbolera. Pero detrás de ese escenario festivo continúan desarrollándose procesos políticos y judiciales que podrían alterar significativamente el tablero nacional.

La calma que hoy se observa es engañosa. Mientras México concentra su atención en el Mundial, en Nueva York continúan acumulándose expedientes, testimonios protegidos y líneas de investigación. La pregunta ya no es si Washington seguirá avanzando sobre la presunta narcopolítica mexicana, sino hasta dónde está dispuesto a llegar y qué costo político tendrá para un gobierno que decidió convertir la defensa de sus aliados en un asunto de Estado.

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El apunte del director

  • El quinto partido está más cerca que nunca

    La Selección Mexicana de futbol se encuentra ante una oportunidad histórica. Después de que concluya la fase de grupos como líder de su sector tras imponerse con autoridad al representativo de Corea y de República Checa, el camino hacia el anhelado quinto partido luce más despejado que en cualquier otra Copa del Mundo.

    Durante décadas, el famoso "quinto partido" se convirtió en una especie de maldición para el futbol mexicano. Generaciones enteras de jugadores se quedaron a las puertas de romper esa barrera psicológica y deportiva que ha perseguido al Tricolor desde que se instauró el actual formato de competencia. Sin embargo, el Mundial de 2026 ofrece condiciones inéditas que pueden cambiar la historia.

    Hay que considerar para este apunte que, al ser 48 selecciones, pues el quinto partido en realidad sería el cuarto con menos equipos.

    Terminar en el primer lugar del grupo no es un detalle menor. Significa evitar en la siguiente ronda a una potencia mundial y enfrentar a un tercer lugar clasificado, un rival que, al menos en el papel, tendría menor jerarquía futbolística. Pero existe otro factor que juega a favor de México y que podría resultar determinante: la localía.

    El Estadio Azteca volverá a convertirse en el escenario de las grandes gestas nacionales. El Coloso de Santa Úrsula no es un estadio cualquiera. Su historia, su ambiente y sus más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar representan una ventaja competitiva que pocas selecciones pueden presumir. Ahí han sufrido campeones del mundo, ahí se han escrito páginas legendarias del futbol internacional y ahí la Selección Mexicana suele multiplicar su rendimiento.

    Si los pronósticos se cumplen y México supera con éxito la ronda de eliminación directa frente al tercer lugar clasificado, el tan esperado quinto partido también se disputaría en el Azteca. Nuevamente, el Tricolor tendría de su lado a más de 80 mil aficionados convertidos en un auténtico jugador número doce, además de unas condiciones climáticas y geográficas que suelen incomodar a los visitantes.

    Por supuesto, a partir de los cuartos de final ya no existen rivales sencillos. Del otro lado aparecería una selección de primer nivel, una potencia acostumbrada a disputar las instancias definitivas de los mundiales. Sin embargo, incluso esos gigantes tendrían que enfrentar la presión de un estadio volcado completamente a favor del equipo mexicano y adaptarse a una altitud que históricamente ha sido un factor determinante.

    La ilusión, por primera vez en mucho tiempo, parece sustentarse en argumentos deportivos y no solamente en el entusiasmo de la afición. México ha mostrado orden táctico, personalidad y una generación de futbolistas que entiende la trascendencia de jugar un Mundial en casa. Además, el cuerpo técnico ha sabido gestionar la presión y aprovechar las ventajas que ofrece ser anfitrión.

    Por ello, no resulta exagerado pensar que el famoso quinto partido está al alcance de la mano. Más aún, existen condiciones reales para creer que el Tricolor puede ir más allá y buscar el sexto encuentro, una hazaña que colocaría a esta generación en el sitio más alto de la historia del futbol mexicano.

    El sueño ya no parece una utopía. El Azteca está listo, la afición está entregada y la Selección tiene el destino en sus manos. La oportunidad es inmejorable. Ahora corresponde al Tricolor convertir la ilusión de millones de mexicanos en una realidad que el país ha esperado durante décadas.