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Desde San Lázaro. Lecciones de Coahuila. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

09 Jun 2026
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Desde San Lázaro. Lecciones de Coahuila. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com

La elección para renovar el Congreso de Coahuila dejó varias lecciones que en Palacio Nacional harían bien en analizar con detenimiento. Contra los pronósticos del oficialismo, el PRI obtuvo un triunfo contundente en los 16 distritos electorales de la entidad que redujo a Morena y PT a su mínima expresión política en una de las entidades más importantes del norte del país. No se trató solamente de una derrota electoral para la Cuarta Transformación, sino de una señal de advertencia sobre lo que podría ocurrir en otras regiones del país de cara a las elecciones intermedias de 2027 y a la sucesión presidencial de 2030.

Morena mandó a sus mejores cuadros para apuntalar a sus candidatos como Andy López Beltrán, Luisa María Alcalde, Ariadna Montiel y varios legisladores federales, pero eso solo sirvió para asegurar la debacle del oficialismo.

Sin embargo, sería un error atribuir el resultado únicamente al rechazo hacia Regeneración Nacional. La victoria priista en Coahuila tiene una explicación mucho más concreta: el desempeño del gobierno estatal encabezado por Manolo Jiménez. Mientras buena parte del territorio nacional enfrenta una crisis de inseguridad que parece no tener fin, Coahuila se mantiene como una de las entidades más seguras de México. Y lo ha conseguido pese a estar rodeada de estados donde la violencia asociada al crimen organizado se ha convertido en una constante.

Sonora, Sinaloa, Tamaulipas, Nuevo León, Zacatecas e incluso Chihuahua enfrentan diversos niveles de penetración criminal y episodios recurrentes de violencia. En contraste, Coahuila ha logrado mantener condiciones de estabilidad y gobernabilidad que hoy son reconocidas por sus habitantes. La seguridad pública no es un discurso en aquella entidad, sino una política de Estado respaldada por resultados medibles y visibles para la población.

Por ello, los coahuilenses no solamente votaron en contra de Morena. También votaron a favor de un gobierno que les ha ofrecido resultados tangibles. La confianza expresada en las urnas es producto de una administración que ha privilegiado la seguridad, la atracción de inversiones, la generación de empleos y la cercanía con los ciudadanos. En política, los resultados cuentan, y en Coahuila terminaron pesando más que cualquier narrativa ideológica.

Como ocurre después de toda victoria electoral, tampoco faltaron quienes intentan apropiarse de méritos ajenos. La victoria tiene muchos padrinos y siempre aparecen voluntarios para hacer caravana con sombrero ajeno. Tal parece ser el caso de Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, quien seguramente buscará presentar el resultado como una validación de su liderazgo político. Pero la realidad es mucho más sencilla: el principal responsable del triunfo se llama Manolo Jiménez. De hecho, podría afirmarse que una de las mejores contribuciones de Alito Moreno a la campaña fue no convertirse en protagonista de ella. En una elección marcada por la evaluación ciudadana de un gobierno local, los liderazgos nacionales aportaron poco o más bien nada.

Más allá de las explicaciones locales, el resultado deja preocupaciones serias para Morena. Los números muestran que el partido gobernante no solamente perdió la elección, sino que obtuvo un respaldo menor al registrado en procesos anteriores. Es decir, lejos de consolidar su presencia, comenzó a experimentar un desgaste que seguramente se extenderá a otras entidades del norte del país.

Durante años, los estrategas del oficialismo sostuvieron que el avance de la Cuarta Transformación era irreversible. Sin embargo, Coahuila demuestra que ningún proyecto político es inmune al desgaste cuando los ciudadanos perciben problemas de seguridad, incertidumbre económica, ineptitud, corrupción, opacidad, penetración del narco y una creciente distancia entre el discurso gubernamental y la realidad cotidiana.

A ello se suma un factor que podría convertirse en una pesada losa electoral para el oficialismo en los próximos años. Las investigaciones y señalamientos provenientes de Estados Unidos contra funcionarios y políticos vinculados a Morena por presuntos nexos con organizaciones criminales amenazan con erosionar una de las principales fortalezas discursivas del movimiento gobernante: su supuesta superioridad moral frente a los partidos tradicionales.

Más allá del desenlace judicial que puedan tener esos expedientes, el daño político ya comenzó. Cuando una parte importante de la opinión pública empieza a asociar a determinados actores políticos con grupos criminales, los costos electorales suelen ser inevitables.

Coahuila es apenas el primer aviso. El norte del país históricamente ha mostrado una sensibilidad especial frente a temas como la seguridad, la inversión privada, el empleo y el Estado de derecho. Son asuntos que impactan directamente en la vida cotidiana de millones de ciudadanos y que difícilmente pueden ser sustituidos por discursos ideológicos o campañas propagandísticas.

Otra lectura de Coahuila, es la derrota del PAN, quien cayó al último lugar en las preferencias electorales, por debajo incluso, de partidos políticos locales.

(CONTINUARÁ)

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.