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Desde San Lázaro. La alianza oficialista se pertrecha rumbo al 2027. Por: Alejo Sánchez Cano. Destacado

15 May 2026
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Desde San Lázaro. La alianza oficialista se pertrecha rumbo al 2027. Por: Alejo Sánchez Cano. Imagen tomada de: https://x.com/PartidoMorenaMx

La política mexicana lleva semanas en girar en torno a la elección intermedia de 2027. Aunque todavía faltan meses para que arranque formalmente el proceso electoral, el anuncio de que Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México competirán nuevamente en coalición confirma que el oficialismo tiene un objetivo claro: conservar la mayoría calificada en la Cámara de Diputados y conquistar las 17 gubernaturas que estarán en disputa.

La decisión es relevante. Se trata de la continuidad de una estrategia que le ha permitido al bloque gobernante acumular poder como ninguna otra fuerza política en la historia reciente del país. Con esa mayoría, Morena y sus aliados han reformado la Constitución a conveniencia, desmantelando contrapesos institucionales y concentrando facultades en el Poder Ejecutivo.

Durante meses, algunos analistas y no pocos opositores apostaron a que las tensiones derivadas de las reformas electorales conocidas como Plan A y Plan B provocarían la ruptura entre Morena y sus aliados. El PT amagó con marcar distancia y el Verde, fiel a su pragmatismo, elevó el precio de su respaldo.

Sin embargo, resulta difícil imaginar que el Partido del Trabajo y el Verde decidan abandonar una alianza que les garantiza acceso al presupuesto público, posiciones estratégicas, candidaturas y toda clase de canonjías políticas. Ambos partidos han encontrado en Morena una fuente inagotable de supervivencia y rentabilidad electoral.

En términos coloquiales, sería ingenuo pensar que dejarán de “mamar del presupuesto”.

La coalición no solo seguirá viva, sino que llegará fortalecida. Los tres partidos anunciaron que establecerán filtros y candados más estrictos para impedir la postulación de candidatos presuntamente vinculados con el crimen organizado, un reconocimiento tácito de que la infiltración del narcotráfico en la política ya no puede ocultarse debajo de la alfombra.

¿Estas oyendo Rubén Rocha Moya?

La medida busca contener el daño reputacional provocado por las investigaciones y señalamientos que han surgido en torno a figuras relevantes del oficialismo.

Entre los nombres que más ruido han generado se encuentran el gobernador con licencia de Sinaloa, así como el senador Enrique Inzunza, ambos señalados por una Corte de Nueva York por supuestos vínculos con grupos del crimen organizado.

A estos nombres podrían sumarse otros mandatarios estatales de Morena.

Más allá de la solidez o debilidad jurídica de esas acusaciones, el tema representa una amenaza política real para el partido gobernante, que por primera vez enfrenta cuestionamientos internacionales sobre la integridad de algunos de sus cuadros más visibles.

Frente a ese escenario, la coalición oficialista decidió cerrar filas.

Primero en torno al narcogobernador –craso error- y segundo, para evitar que los malosos se les cuelen por la puerta de atrás.

Con el respaldo conjunto de Morena, PT y Verde, la 4T mantiene amplias posibilidades de retener la mayoría calificada en la Cámara de Diputados. Si eso ocurre, la Constitución seguirá siendo modificada al antojo del grupo en el poder, sin necesidad de negociar con la oposición y con la intención evidente de consolidar un proyecto político de largo aliento.

En otras palabras, la llamada Cuarta Transformación busca extender su hegemonía durante muchos años más.

Del otro lado del tablero, la oposición continúa extraviada.

PAN, PRI y Movimiento Ciudadano no logran construir una narrativa convincente ni una estrategia común. Cada partido parece más preocupado por temas de coyuntura que por ofrecer una alternativa real de gobierno.

Lo más preocupante es que han desaprovechado temas que pudieron convertirse en poderosos instrumentos de desgaste para el oficialismo, particularmente los señalamientos internacionales sobre nexos entre morenistas y el narcotráfico.

La falta de coordinación, liderazgo y visión estratégica mantiene a la oposición en estado de irrelevancia.

Así, mientras el oficialismo se organiza con disciplina y pragmatismo, sus adversarios siguen atrapados en divisiones, mezquindades y cálculos personales.

La paradoja es que el gobierno enfrenta problemas mayúsculos: inseguridad desbordada, crecimiento económico insuficiente, crisis en el sistema de salud, deterioro educativo, finanzas públicas presionadas y una empresa petrolera en franco declive, entre muchos otros problemas.

A pesar de ello, la presidenta de la República y buena parte de la estructura gubernamental dedican una cantidad considerable de tiempo y recursos a tareas eminentemente partidistas orientadas a preservar el poder.

La prioridad parece no ser resolver los problemas que más aquejan a los mexicanos, sino asegurar que el movimiento mantenga el control del Congreso, de los estados y de las instituciones.

Se blindarán frente al desgaste, cerrarán el paso a perfiles incómodos y utilizarán toda su maquinaria territorial para mantenerse en la cima.

La pregunta de fondo es si la ciudadanía seguirá otorgando un cheque en blanco a un proyecto que concentra cada vez más poder y con vínculos con criminales o si, finalmente, exigirá una limpia a fondo y resultados.

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El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.