Contáctanos: 5546 8746
Síguenos en:
Fecha:

Desde San Lázaro. La erosión de la Doctrina Estrada. Por: Alejo Sánchez Cano Destacado

12 May 2026
109 veces
Desde San Lázaro. La erosión de la Doctrina Estrada. Por: Alejo Sánchez Cano Imagen tomada de: https://x.com/SRE_mx

La publicación del libro The Invisible Coup —traducido al español como *El golpe invisible*— ha reavivado una discusión incómoda para el gobierno mexicano y para quienes creen que la política exterior debe conducirse con responsabilidad y estricto apego al derecho internacional.

Su autor, Peter Schweizer, uno de los analistas conservadores más cercanos al entorno del presidente Donald Trump, sostiene que el gobierno de México utiliza su extensa red consular en Estados Unidos para influir en la vida política de ese país, organizar protestas y promover una agenda contraria a los intereses estadounidenses.

La acusación es tan delicada como explosiva.

Schweizer afirma que la migración ha dejado de ser únicamente un fenómeno social y económico para convertirse en un instrumento político utilizado por élites globales y gobiernos extranjeros con el propósito de alterar el equilibrio interno de Estados Unidos. En ese contexto, ubica a México como uno de los actores más activos.

De acuerdo con su tesis, los más de 50 consulados mexicanos en territorio estadounidense operan como una sofisticada estructura de movilización y presión política. No se trataría solamente de oficinas encargadas de expedir pasaportes, matrículas consulares o brindar asesoría legal a los connacionales, sino de una maquinaria con capacidad para influir en debates electorales, incentivar manifestaciones y orientar políticamente a sectores de la comunidad migrante.

El gobierno mexicano ha rechazado tajantemente estas afirmaciones. La Secretaría de Relaciones Exteriores ha reiterado que la labor diplomática y consular se rige por los principios de no intervención, respeto a la soberanía y estricto apego al derecho internacional.

Sin embargo, los hechos alimentan las dudas.

Durante los últimos años, varios consulados intensificaron sus actividades de organización comunitaria y defensa de los derechos de los migrantes. Esa tarea es legítima y forma parte de sus atribuciones. Lo cuestionable es que, en algunos casos, la línea entre protección consular y activismo político se ha vuelto demasiado delgada.

En círculos diplomáticos y políticos se comenta desde hace tiempo que existe simpatía de sectores del oficialismo mexicano con candidatos del Partido Demócrata. La afinidad ideológica con agendas progresistas en materia migratoria, medio ambiente y derechos civiles ha sido evidente.

Pero la realidad electoral estadounidense es mucho más compleja.

En las elecciones que llevaron nuevamente a Trump a la Casa Blanca, millones de latinos —incluidos cientos de miles de mexicanos y mexicoamericanos— votaron por el republicano. Lo hicieron por razones económicas, por preocupaciones de seguridad, por convicciones religiosas o por rechazo a ciertas posturas de la izquierda estadounidense.

Ese hecho demuestra que la comunidad mexicana en Estados Unidos no responde a consignas ni puede ser conducida desde una oficina consular.

Pretender lo contrario sería subestimar la madurez política de una comunidad diversa, plural y cada vez más influyente.

Lo verdaderamente preocupante es el deterioro de una tradición diplomática que durante décadas dio prestigio internacional a México.

La Doctrina Estrada, formulada por Genaro Estrada en 1930, estableció que México no debía intervenir en los asuntos internos de otras naciones ni calificar la legitimidad de sus gobiernos. Ese principio permitió que nuestro país se ganara respeto global y mantuviera una política exterior independiente y congruente.

Hoy esa doctrina parece subordinada a impulsos ideológicos y a intereses partidistas.

Y no solo de un lado del Río Bravo se envían mensajes que tensan la soberanía nacional.

Desde Washington también se han multiplicado declaraciones y propuestas que buscan intervenir en asuntos internos de México, desde la posibilidad de combatir a los cárteles bajo la denominación de organizaciones terroristas hasta planteamientos de operaciones extraterritoriales para combatirlos.

Es decir, la tentación intervencionista se manifiesta en ambos sentidos.

Por ello, México debe actuar con prudencia y recuperar la sobriedad diplomática que históricamente le permitió defender su autonomía sin caer en provocaciones.

Los consulados mexicanos en Estados Unidos cumplen una función esencial para millones de connacionales. Su misión es proteger, asistir y representar a los mexicanos, no participar en disputas partidistas ni convertirse en instrumentos de militancia ideológica.

La relación bilateral enfrenta suficientes desafíos como para agregar sospechas de injerencia política.

México necesita una política exterior profesional, neutral y apegada a los principios que le dieron prestigio internacional.

Porque cuando la diplomacia se confunde con activismo, el costo no lo paga un partido. Lo paga toda la nación.

El tema de la injerencia del gobierno mexicano en asuntos internos de varios países, es de alta preocupación, ya que el activismo ideológico ha contaminado a la diplomacia mexicana.

Valora este artículo
(0 votos)

El apunte del director

  • JUNIO 2026
    La verdadera amenaza a la soberanía mexicana 

    La relación entre los gobiernos de la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump atraviesa uno de sus momentos más complejos y delicados. Más allá de las diferencias ideológicas naturales entre una mandataria identificada con la izquierda latinoamericana y un presidente estadounidense de corte nacionalista y conservador, el punto de choque se encuentra en un tema que afecta directamente a ambas naciones: el poder del crimen organizado y la presencia de actores políticos vinculados con estructuras criminales.

    Durante años, el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de seguridad pública para convertirse en un fenómeno que permeó instituciones, gobiernos locales y estructuras de poder regional. Hoy, vastas zonas del territorio nacional se encuentran bajo la influencia o control de organizaciones criminales que desafían al Estado mexicano, imponen reglas, cobran extorsiones, controlan economías enteras y limitan el ejercicio pleno de la autoridad.

    Desde la óptica de Washington, estos grupos representan una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos por el tráfico de drogas, especialmente fentanilo, así como por sus redes financieras y de contrabando. Sin embargo, la discusión no debería centrarse únicamente en el impacto que tienen al norte de la frontera. La primera víctima de los cárteles ha sido México.

    Por ello resulta cuestionable la narrativa oficial que presenta cualquier señalamiento extranjero sobre la infiltración criminal en la política mexicana como una agresión a la soberanía nacional. La soberanía no se vulnera cuando se denuncia la presencia de criminales en las estructuras de gobierno; la soberanía se debilita cuando grupos delincuenciales sustituyen al Estado, controlan municipios enteros y condicionan la vida de millones de ciudadanos.

    En ese contexto, el discurso pronunciado por la presidenta Sheinbaum en la Plaza de la República, donde denunció supuestas intenciones de injerencia extranjera y advertencias sobre intentos de influir en los procesos electorales mexicanos, parece haber elevado innecesariamente la tensión bilateral. En lugar de privilegiar la prudencia diplomática, el mensaje adquirió un tono de confrontación que difícilmente contribuirá a mejorar una relación estratégica para ambos países.

    México y Estados Unidos comparten una de las fronteras más dinámicas del mundo, intercambios comerciales superiores a cientos de miles de millones de dólares al año y desafíos comunes en materia migratoria, económica y de seguridad. Convertir las diferencias en un conflicto político permanente no beneficia a ninguna de las dos naciones.

    La preocupación de Washington respecto a posibles vínculos entre funcionarios públicos y organizaciones criminales puede resultar incómoda para el gobierno mexicano, pero ignorarla o descalificarla mediante discursos nacionalistas no resolverá el problema de fondo. La pregunta central no es si existe presión extranjera, sino qué tan profunda es la penetración del crimen organizado en determinadas regiones y estructuras políticas del país.

    La historia reciente demuestra que los cárteles han logrado construir redes de protección política que les permiten operar con impunidad. Negar esa realidad sería tan irresponsable como aceptar sin pruebas cualquier acusación proveniente del extranjero. Lo que corresponde es fortalecer las instituciones de procuración de justicia, transparentar las investigaciones y garantizar que nadie esté por encima de la ley.

    La defensa de la soberanía nacional debe comenzar por recuperar plenamente el control territorial del Estado mexicano. Mientras existan regiones donde las organizaciones criminales ejerzan funciones que corresponden a las autoridades legítimas, cualquier discurso patriótico corre el riesgo de convertirse en una simple declaración retórica.

    La relación entre Trump y Sheinbaum será inevitablemente complicada por sus diferencias de visión política. Sin embargo, el mayor desafío no debería ser la confrontación verbal entre ambos gobiernos, sino la construcción de mecanismos eficaces para combatir a quienes verdaderamente amenazan la estabilidad de México: las organizaciones criminales y sus redes de protección política.

    Porque la soberanía no se pierde cuando un aliado cuestiona la actuación de un gobierno. La soberanía se pierde cuando el Estado deja de ejercer plenamente su autoridad sobre su propio territorio.